La bandera de la paz

“Las Malvinas son argentinas”. La bandera sostenida por los jugadores frente a una de las vibrantes cabeceras del estadio no puso fin al histórico conflicto bélico y territorial pero sí a un episodio dialéctico: no era solo un partido. “Son y siempre serán argentinas”, reforzó Paredes en una entrevista. “No podíamos fallarle al pueblo argentino”, declaró Lisandro Martínez ante otro medio.  Y el modo en que se entonó el himno. Y la manera en que se ganó. Y una cadena infinita de imágenes que no hace falta repetir porque ya se han instalado en la memoria colectiva de todos.

Previo al partido entre Argentina e Inglaterra por una de las semifinales del Mundial,  la FIFA aplicó su reglamento general, que prohíbe la exhibición de mensajes políticos, religiosos o personales en las competiciones, y que ese criterio fue el utilizado por las autoridades del operativo para impedir el ingreso de banderas o remeras con referencias a las islas. Y Alejandra Monteoliva, ministra de Seguridad de la Nación, defendió públicamente el operativo acordado con la FIFA y las autoridades estadounidenses.

Desde entonces, los jugadores y el cuerpo técnico habían evitado expresarse al respecto. Pero la bandera desplegada y su afirmación dejó tan en claro que el fútbol no es un guerra ni define la historia de un país, como que el fútbol no es ajeno a una guerra ni a la historia de su país. La posición equilibrada del equipo de Scaloni-enfocados en otra hazaña deportiva que este artículo no analizará- no le impidió interpretar y hasta en algunos jugadores hacer carne viva la sensibilidad de un pueblo.

El siglo XXI infiere múltiples cambios de paradigmas y uno es el del pueblo o lo popular. Miles de hojas de teoría se han escrito para distinguirlo de lo masivo y miles de hojas o de gigas almacenarán diferencias ontológicas con lo digital. La idea de pueblo puede ser una abstracción para algunos, pero es algo más concreto que “mucha gente” o “muchos likes” o “muchas ventas”. Para simplificar: la Coca-Cola es masiva, pero no es popular.

Y el fútbol es popular. Maradona, a quién todos los jugadores recordaron ayer y especialmente Messi (“para mi siempre será el más grande”, declaró tan humilde como genuino) es la exégesis del ídolo popular. Entre otras cosas y a diferencia de lo masivo o lo digital, lo popular vive en las calles. O en la tierra. Hay un cuento de Borges y Bioy Casares en el que imaginan un mundo donde el fútbol ya no se juega más y que en verdad es un relato armado a través de las radios y los medios. Que los estadios están vacíos y que se construye esa ficción como entretenimiento. Todo un presagio de la posverdad y este mundo donde la soberanía perceptiva y cognitiva tiene más dudas que la defensa inglesa en el minuto noventa. Un mundo en el que se puede gobernar desde el relato virtual. Pero el fútbol no se terminó un 24 de junio, como relata el cuento, sino que con VAR y apuestas online y todo, sigue suciendo en la realidad tangible.

Messi-que curiosamente nació un 24 de junio y que es una figura masiva y también digital- no deja de ser ante todo otro ídolo que está en las calles. Porque es el máximo ídolo de un deporte que cuyos eventos consisten en más que un partido. Y que cuando nos hacen felices, salimos a la calle. Y pobres, ricos, peronistas, gorilas, libertarios, viejos, jóvenes y sume aquí una previsible e infinita lista de variedades celebran como algo que aunque parezcan evitar en sus rencillas y diferencias cotidianas no pueden evitar: ser un pueblo.

Pues bien: al gobierno de Milei le molesta el pueblo. Y sobre todo a su felicidad. Pero mucho más le incomoda su dolor. Y Malvinas es un dolor muy grande. Una herida transversal que va de derecha a izquierda y desde el sur hasta un influencer en Miami que paga miles de dólares para ver un partido. Nadie, por más o menos comprometido con nuestra realidad social, es indemne a ello si un ADN comprueba una gota de sangre argentina.

LEER «EL QUE NO SALTA»

Escribió en este medio Roberto Álvarez Mur: “Cuando alguien querido falta en la mesa, el corazón está rengo. Mientras las Malvinas estén secuestradas, el país está incompleto”. Así es y será. Pero mientras tanto y por siempre, no dejarán de ser argentina. Los jugadores, además de las medallas y trofeos que vienen acumulan gloriosamente, lograron con un simple gesto algo tan difícil como anhelado: la paz. Pero no la paz con Inglaterra (jamás, mientras sigan ocupando lo que no les pertenece) sino estar en paz con nosotros mismos como pueblo. Con los pibes de Malvinas, si, y con el Diego también. Con el dolor de un país que desde sus inicios reniega de ser una colonia. Y aunque a veces parecemos olvidarlo, eso que emergió en el último cuarto de partido no podemos evitarlo. Porque es más que fútbol: es nuestra historia. Y nadie puede escapar de ella.

Artículo anterior

ARTÍCULOS RELACIONADOS

SEGUINOS EN REDES

7,526FansMe gusta
1,707SeguidoresSeguir
4,085SeguidoresSeguir
ESPECIALspot_img

ÚLTIMOS ARTÍCULOS