POV| «Mainstreaming»: la misma historia, distinto canal

Por R.G.M.

Fin. El latiguillo o remate en manos del infame vocero sintetiza de manera considerable la era de los “basados” y los cancheros, esa suerte de zeitgeist digital que hizo de la éstética una ética. La vida devenida en twitter.  El espejito virtual proliferando fragmentadas y a la vez reiteradas formas de autoafirmación: lo que yo digo es así y fin. No hace falta rigor ni argumentos. El bait, la fake new y todo eso que llaman posverdad no se imponen solo de arriba hacia abajo ni salen de la nada, como si un mundo nuevo hubiera sido hallado en un pendrive. ¿Pero cuál es el fin del fin?

Hablando de ética, Aristóteles inicia “Ética a Nicomaco” afirmando:  “Toda actividad humana tiene un fin”. Y luego desglosa aquellos que es un fin y aquello que es un medio. Pues bien: los medios cambiaron.  ¿O no? ¿Y el fin?  Hace unos pocos años se decretaba el fin de los medios tradicionales, afiebrados por las nuevas plataformas. Sin embargo, los últimos eventos son más que lapidarios para confirmar que los nuevos medios conservan el mismo fin.  El vaciamiento despiadado de Blender, con despidos, conflictos internos y una fuerte discusión sobre su modelo de financiamiento, volvió a poner bajo la lupa al ecosistema del streaming argentino. Un ámbito donde los empresarios siguen operando con fondos secretos y fines políticos. A esa situación se sumó días antes la polémica protagonizada por Florencia Peña en Luzu TV, cuando anunció al aire como verdadera una información falsa vinculada a la familia de Lionel Messi, un episodio que abrió un debate sobre los criterios editoriales, la verificación de la información y la ausencia de rutinas periodísticas en buena parte de estos espacios.

El caso expuso una característica del streaming local: muchos de sus programas fueron concebidos como espacios de entretenimiento, conducidos por actores, influencers, humoristas o figuras de las redes sociales, donde la lógica de la espontaneidad suele imponerse sobre los protocolos tradicionales del periodismo profesional. Si bien existen excepciones con periodistas de trayectoria, buena parte del fenómeno prescinde de editores, productores periodísticos especializados o instancias de chequeo de la información antes de su difusión.

Aun así, el crecimiento del streaming en Argentina es extraordinario. Canales como Luzu, Olga, Blender, Gelatina o Bondi reúnen diariamente decenas de miles de espectadores simultáneos y acumulan cientos de millones de reproducciones mensuales entre emisiones en vivo, programas completos y clips distribuidos en redes sociales. Luzu y Olga, por ejemplo, superaron individualmente los 180 millones de visualizaciones en un semestre, cifras que rivalizan con las de muchos medios tradicionales y que convirtieron al país en uno de los mercados más desarrollados del mundo en este formato.

El fenómeno argentino, además, tiene pocos equivalentes internacionales. Mientras en Estados Unidos predominan grandes creadores individuales —como streamers o podcasters— y en España existen proyectos de gran alcance vinculados a figuras específicas, en Argentina surgieron verdaderas «emisoras digitales» con programación diaria, estudios propios, conductores estables, tandas publicitarias y una lógica similar a la de los viejos canales de televisión o las radios. Esa singularidad explica tanto su enorme influencia cultural como los desafíos que enfrenta un modelo donde la masividad creció más rápido que la profesionalización de muchas de sus prácticas informativas.

Los pibes de la casa

“Chicos, me cuesta un montón. No me gusta. Yo creo que hay contenidos y hay incontinencias, y que el streaming se basa en incontinencias, en hablar boludeces todo el tiempo”. El verano pasado , en medio del proyecto veraniego de Guille Aquino cuando aún estaba en Blender (hoy en Vorterix), el músico Andy Chango renunció al aire sorpresivamente. Pero el cuestionamiento, sintético y claro, hizo eco en las redes, consumidores y productores del soporte que llegó para desplazar a la tele. Y que terminó pareciéndose bastante.

No hace tanto tiempo, cuando Twitch parecía ser el territorio natural de los streamers, el debate a través de referentes como Coscu o Momo tenía que ver con algunas ciertas premisas que promovían la cooperación y , si se quiere, nuevos valores. En sintonía con cierta escena llamada urbana –hermanadas en lo afectivo y también en lo comercial- se alzaban banderas de unión y “hazlo tu mismo” que auspiciaban un cambio de paradigma contra la vetustas y viciadas televisión y radio. No solo por sus contenidos sobreproducidos pero mayormente vacios sino por el vernáculo star system así como las gerencias y productoras. Si la nueva ola trapera y rapera eran “los pibes de la plaza”, estos eran “los pibes de su casa”.

El tiempo expuso que “los pibes de la plaza” cedieron –legítimamente- al ambición profesional por sobre el camino artístico, con un impacto internacional inédito que más allá del innegable talento solo es posible con grandes flujos empresariales. Sin embargo la narrativa se sostiene e inclusive llenando estadios se promueve un aura de independencia, autogestión y sobre todo “auto superación”.  El emblema es el verdadero genio del marketing- y buen productor musical, por supuesto- Bizarrap, que sigue reproduciendo la imagen de su cuarto…el mismo en el que producía cuando ya trabajaba en Warner e hizo muchos de sus contactos.

¿Qué tiene que ver con los streamers? Zeitgeits, quizá. Espíritu de época, en criollo. Tecno liberalismo, en teórico contemporáneo. Obviando que el 90% de los streamers del mundo apenas si generan centavos (la estadística no es rigurosa, pero no es tan distante) y un porcentaje ínfimo vive de prender la cámara en su casa, los que se impusieron se vieron inevitablemente forzados a expandirse. Algunos de un modo más orgánico y medido como el humorista Lucas Rodríguez, otros como el mismo Coscu y toda su “armada”. Pero lo que esencialmente ocurrió fue que entre nepo-babys y productores radiales o televisivos mutados, se obtuvo el apoyo financistas y auspiciantes ya sea para adaptar medios tradicionales al formato o directamente construir ya no estudios de streaming sino medios de ese soporte.

De pronto, ya fuera una “radio” como Urbana Play o la pionera Vorterix (Pergolini, con pros y contras, un visionario absoluto), proyectos más de nicho como “Gelatina” así como poderosos emprendimientos tales como Luzu TV u Olga, todo se orientó hacia el formato.

Y como suele ocurrir, el formato determina el contenido. Por un lado, desde la fórmula repetida que no está ni bien ni mal : gente hablando. IRL se decía en Twicht, radio se decía en el barrio. Pero incurrir en el eterno retorno o el “ya lo vi” para analizar la historia, es un gran error. Sobre todo en tiempos de posthumanismo.

Y aquí linkeamos nuevamente con la música. Lo que verdaderamente determina el contenido en este soporte son los canales de divulgación del mismo. Es decir los recortes, clips, reels, memes, etc.

Y allí radica el espíritu de época, que no es generacional y tampoco es solo de chetos palermitanos: narrativas breves. La gran paradoja es que están lleno de gente hablando mucho, mucho, mucho, para que funcione en recortes que duren poco, poco, poco,  pero que impacten mucho, mucho, mucho. Y entonces es entendible la sensación de que es “lo mismo de siempre”, con un montón de gente linda y/o canchera hablando sin saber mucho, “basados”, hypeados y ávidos de viralización.

Alrededor de ellos, grandes egos y grandes campañas, mercado de pases, inversiones, números, celos, repetición, vacío…¿Cómo en la tele? Cuando la premisa es pegarse, ¿Quién quiere despegarse y hacer algo distinto? Cuando lo que vale es el fandom, ¿qué importa lo que tenés para decir o si la canción es buena o si hiciste inferiores para debutar en primera?

La pregunta que surge es: ¿es solo incontinencia y gente hablando boludeces? Para nada. Hay muchísimos contenidos de calidad y sustanciosos. ¿Hay demasiada incontinencia y gente hablando boludeces? Sí. ¿Puede cambiar? No lo sabemos. ¿El streaming va a durar para siempre? Tampoco.

Lo que queda en evidencia, concluimos, es que ni la historia se repite completamente ni varía absolutamente. El formato impuso más bien un cambio de actores que de fines. La plata, la fama, el oro y drama, siguen siendo el motor principal de un negocio en el que si indagábamos, quizá tampoco sea tan cierto el cambio de actores.

La ilusión del “selfmade” es solo otro engaño de la realidad fragmentada del liberalismo tecnológico. Infinidad de audiencias y contendidos on demand que suponen una ilusión de comunidad. Ya no hay un mainstream sino muchos mainstreams. Y por eso nos animamos a decir que los streamers, fuera lo que fueran, existían hace años en sus habitaciones. Esta gente es mainstreamer. Y al parecer, a Andy le aburrió tanto como a ustedes esta nota. Fin.

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