Las viralizadas compentecias de «aura farming» puede que sean una moda pasajera o quizá constituyen la consumación del arte y la expresión humana. No sabemso qué significa pero este copete farmea aura…
“Oh cuerpo mecido por la música, oh mirada brillante,/¿cómo podemos distinguir al bailarín de la danza?”. El célebre poema de William Butler Yeats concluye, como corresponde al viejo concepto arte, sembrando un interrogante. ¿Somos lo que hacemos o esencialmente somos más allá de lo que hacemos? Lo cierto es que las redes no están debatiendo -al menos de modo explícito- sobre monismo o dualismo, pero se ha instaurado el término del momento quizá de manera no tan inocente: aura.
Hace tiempo que el slang (street language, tal es su significado) fue desplazado por una jerga que podría llamarse d-lang (digital language). Hace tiempo que la virtualidad no ha desplazado del todo pero sí se ha apropiado de gran parte de un dispositivo que se disputaba y generaba en la calle: el vocabulario. Y no solo somos lo que hacemos: somos lo que decimos y cómo lo decimos. Pues bien: la terminología de X o streamer o gamer o intastagramer deviene en lenguaje y en estética para finalmente concluir en ética. Un buen ejemplo que hemos citado en estas páginas ha sido la estética del “basado” (domar, doxear, trollear, etc) y todo un cúmulo de canchereos y sobrados y agresiones que terminaron constituyendo un clima de época que tuvo impacto en las instituciones y hasta las elecciones.
Mucho más ingenuo pero no menos interesante resulta esto de “farmear aura” (farmear es un término gamer que hace referencia a acumular). Lo que comenzó como un elogio al carisma natural concluyó en un culto a la actitud consciente. O mejor dicho, a su performance. De 0 a 99 años, como los juegos de antes, personas de cualquier edad no solo replican el término sino que tratan de ejercerlo desde ese dispositivo de castigos y premios llamado celular. El aceleracionismo individualista en simultáneo a la estandarización de la subjetividad promueven estos fenómenos en los cuales todos buscamos destacar y distinguirnos pero haciendo lo mismo que resto.
Lo que comenzó como un elogio al carisma natural concluyó en un culto a la actitud consciente
Pero antes de indagar, ¿qué significa aura? Según las definiciones originales es un céfiro, un hálito, un aire, un soplo. Un viento. En griego antiguo las palabras viento y alma eran homónimas. Lejos de la teología y la religión, pero mucho más lejos de lo que luego propondría Descartes, Aristóteles consideraba el alma algo indivisible del cuerpo y propio de la vida. Todo aquello que vivía, debía tener alma. Alma como ánima. O sea, animado. Es decir que todos tenemos aura.
Pero claro, algunos sobresalen. Y es que ese hálito que expiden los distingue. Y no está muy claro que es. Como San Agustín con el tiempo o Louis Armstrong con el swing, si se tiene que explicar no se entiende (fundamento suficiente para dejar de leer esta nota). La respuesta, entonces, está soplando en el viento. O en el aura.
Quizá podríamos hablar de carisma y de actitud. Que no son lo mismo. El carisma sería ese magnetismo innato y no forzado que atrae; la actitud representa una voluntad que avanza sobre el resto. Ambas potencian un discurso o una disciplina o una obra, pero de maneras distintas. Sin actitud no se puede, pero solo con actitud no alcanza. En cambio, con carisma todo es posible: inclusive no poseer una obra sustanciosa o desarrollar la disciplina perfectamente. El carisma sería, claramente, el aura. Lo dado. Por lo cual podríamos decir que el aura no se farmea: se tiene o no.
Una batalla tras otra
En las últimas horas se ha viralizado una incipiente disciplina urbana: las batallas de aura. En algunas plazas de Brasil y otros paises se ha visto a adolescentes y jóvenes competir casi como su fuera una compe de freestyle o quizá más cerca de los enfrentamientos de b-boys. Pero aquí no surge de la algo desvirtuada pero originalmente sólida cultura hip hop. El origen es, como hemos mencionado, digital. Pero coincide en algo casi coreográfico donde a veces implica movimientos intensos (que pueden incluir el tan mentado six seven) y otros una sencilla inflexión facial (“servir rostro”) casi como la mirada de acero azul de Zoolander. Posiblemente las presentaciones mundialistas de los jugadores hayan contribuido.
Pero detrás de esto hay años y años de profundizar una cultura de la aprobación por la aprobación misma. Más que nunca, el éxito pasó a ser el fin y los medios importaron quedaron relegados. La trampa de la supuesta democratización de contenidos y la autoafirmación promovida por la fragmentación digitada, hizo que todos ambicionamos una pequeña porción de fama. Y aunque Dargelos sostiene que el “camino a la fama no significa nada si no hay una misión” o el Pity hablaba de los que aspiran “sin un gramo de arte, tener fama dinero o salir en televisión” , la fama es la misión en sí.
Y eso no ocurre solo con jovencitos que están descifrando su propio futuro sino que desde hace años se trasladó al estado del arte en general. En su línea histórica hacia la síntesis (de recursos, de herramientas, de extensión y de narrativas) se comenzó a tratar cada vez más de su efecto que de su esencia, del mensaje que de su misterio, de representatividad que de representación. Las narrativas sintetizadas y sintéticas no dan tiempo para mayores complejizaciones.
El huevo o la gallina, los dispositivos adaptaron o condicionaron la producción. Queremos decir que el arte, incluso profundo o sustancioso, debe adaptarse a las reglas de Tik-tok o Spotify o Meta para divulgarse. Pues, ¿de qué sirve una obra si no es apreciada? ¿Cae un árbol en el bosque si no hace ruido? ¿Se mide un artista por el volumen de su obra o por su circulación y recepción? ¿Se puede de veras decir que una obra es buena sino es aprobada por el resto? ¿Demasiadas preguntas?¿Adónde va, señor?
Vamos a esto: las batallas de aura son, posiblemente, la instancia definitiva del arte. Porque, ¿qué es lo que nos conmueve de un artista en el siglo XXI? ¿Su canción, su cuadro, su poema? Pensemos un segundo en esa melodía sin ese rostro, sin ese poster, sin ese clip, sin esa historia, sin ese personaje. Tratemos de distinguir, como Yeats, el baile del bailarin. ¿Realmente podemos? ¿Y qué pesa más? “El cantante, no la canción”, cantaba hace décadas un epítome del aura llamado Mick Jagger.
¿qué es lo que nos conmueve de un artista en el siglo XXI? ¿Su canción, su cuadro, su poema? Pensemos un segundo en esa melodía sin ese rostro, sin ese poster, sin ese clip, sin esa historia, sin ese personaje…
Hace años que se imponen las celebridades y las figuras más allá de su desempeño. O quiza ocurre así desde el renacentismo. Casi como una empresa que realiza un branding exitoso más allá de lo que venda, la última década intensificó la idea de hacerse un nombre y luego desarrollarse en la disciplina que fuera: cantante, actor, conductor. ¿Y eso está mal?¿Hay mucha diferencia de lo sucedido con la “alta cultura”? ¿Realmente Picasso o Dalí hubieran llegado sin la construcción de un personaje? ¿Veríamos de igual manera sus cuadros? ¿Gozaríamos igual de la música de Elvis sin ese jopo y ese labio superior levantado y esa idea de rebeldía? ¿Valoraríamos a la brillante Rosalía sin su tremenda campaña de promoción? Así sucesivamente, la respuesta es no.
Entonces las batallas de aura eliminan todo el artificio: lo tenés o no lo tenés. Nos eximen de el resto del camino, sinuoso y sinceramente insoportable en esta era de resultados inmediatos. No quiero escuchar tu canción o leer tu poema porque si no tenés eso, no me va a servir ni vos vas a funcionar. Y no me vengas con peroratas: si fueras tan bueno, la gente te aprobaría. Y yo tampoco voy a aprobarte del todo si el resto no te aprueba. Hacela corta y mostrá lo tuyo: ¿tenés aura o no?
Aristóteles decía que la clave de la felicidad no podía hallarse en los honores y en la fama porque eran algo que no podemos controlar nosotros mismos. Pero el siglo XXI lo pone en duda no solo desde lo ético sino desde lo ontológico o constitutivo: el éxito se puede performar. El aura se puede farmear.
Aura es algo que funciona, no importa cómo. Ni siquiera dentro de slang mantiene su forma y se parece más bien al “god” de hace no tanto. Algo que está bien es una forma de Dios. Tiene sentido. Y a Dios no se lo discute.
Entonces ya no se celebra el abstracto carisma, ángel, magnetismo, porque ni eso distinguimos: éxito y fundamento, causa y efecto, se entremezclan en la puesta en escena. La aprobación es un círculo vicioso o virtuoso, como un monstruo que se muerde la cola o se lame deliciosamente.
Y antes de que lo digan: esta nota tiene menos mil de aura.
