Melingo: Adiós al último bohemio

¿Qué era Melingo? ¿genio creativo, músico habilidoso, “artista loco” de lo que venga? ¿rockero clásico o tanguero futurista? Pop y empedrado. Genio y figura.   

Último testigo de una bohemia rioplatense en vías de extinción, mezcla de bandoneón y new-wave, canción popular y raros peinados nuevos. En algún lugar entre Tom Waits y Discépolo, Melingo hizo con el rock nacional una novela de misterio, con un capítulo en cada década, sin perder la intriga.

“Él tenía quizás 16, 17 y él me había hecho la música para una película en súper 8 que yo había hecho, vino y me dijo que estaba haciendo un grupo y querían inaugurar el lugar”, es el recuerdo de Omar Chabán en una de las tantas entrevistas archivadas en la web, donde menciona el debut de Los Twist en el mítico Café Einstein, en los inicios de ese zoológico musical al que luego llamarán “under”.      

Cuando todo era nada y era el principio, Melingo ya estaba ahí: un jovencito subiéndose al barco lisérgico de Miguel Abuelo y sus iniciáticos Abuelos la Nada, después inaugurando la euforia pop de los ochentas al cranear Los Twist, casi de la mano con lo que luego sería la etapa moderna y glam de los Abuelos, para continuar luego en solitario rumbeando el folklore, el jazz y el tango.

Elige tu propio Melingo: De niño prodigio de conservatorio musical, a rockero mod ochentoso, hasta tradicionalista cyber-punk de fin de siglo. Actor, musicólogo, experimentador de teatro y televisión, deambulando entre personajes como Pipo Cipolatti, Fernando Noy, Rodolfo Palacios o Enrique Symns, multifacético e inclasificable a la manera de un Boris Vian o un Nick Cave con olor a cafetín.  

Miguel Abuelo, Fito Páez, Calamaro, Pablo Lescano, Julieta Laso, Malandro. La mano ¿invisible? de Melingo a través de los tiempos, el gurú al que todos en algún momento acudieron para pedirle una cucharada de elegancia y calle, tan distinguible como indescifrable. Hoy su fórmula de la Coca-Cola musical se va con él. Con los años, por las noches alguien dirá que ha visto su fantasma con un sombrero de Chaplin, tocando el clarinete en algún tejado de San Telmo. Quién sabe.   

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