POV | Misma lógica, distinto canal

La protesta del Sindicato Argentino de Televisión, Servicios Audiovisuales, Interactivos y de Datos (SATSAID) frente a OLGA volvió a poner en primer plano una discusión que excede el conflicto puntual entre el gremio y el canal de streaming: quiénes son los trabajadores que producen esos contenidos y bajo qué condiciones trabajan. El sindicato reclama desde hace más de tres años que OLGA regularice a su personal y lo encuadre en el Convenio Colectivo de Trabajo 634/11, correspondiente a la actividad audiovisual.

La movilización se realizó durante una transmisión en vivo de OLGA, en la esquina de Humboldt y José A. Cabrera, donde funciona el canal de los hermanos Luis y Bernarda Cella y de Miguel Granados. SATSAID exige la apertura de una mesa de diálogo para discutir la regularización de los trabajadores y sostiene que las tareas técnicas, operativas y de producción que se realizan allí forman parte de la actividad audiovisual, independientemente de que el contenido sea distribuido por internet y no por una señal de televisión tradicional.

Según el gremio, ya fueron regularizadas empresas como Luzu TV, Vorterix, Gelatina, Futurock, Urbana Play, La Canchita TV, DGO, El Destape, República Z y otras señales. El sindicato sostiene que el crecimiento de estos nuevos medios no debería implicar que las nuevas formas de producir contenidos supongan también nuevas formas de precarización.

Y allí aparece una paradoja interesante del fenómeno. El streaming argentino creció justamente alrededor de la idea de que venía a romper con las formas tradicionales de hacer medios. Frente a la televisión y la radio, asociadas con grandes estructuras, gerencias, productores, horarios, estudios y estrellas, los primeros relatos alrededor del streaming reivindicaron la espontaneidad, la cercanía, la informalidad y cierta idea de autogestión: los contenidos hechos por gente común desde sus propias habitaciones, sin intermediarios y en contacto directo con sus audiencias.

Pero algunos de los proyectos que se consolidaron dejaron hace tiempo de funcionar como simples transmisiones caseras. OLGA, Luzu, Blender (responsable de despidos masivos no hace tanto) y otras señales desarrollaron estudios, programación diaria, equipos técnicos, productores, conductores estables, publicidad, grandes audiencias y estructuras empresariales. El soporte cambió; buena parte de las lógicas de producción y comercialización, en cambio, comenzó a resultar bastante conocida.

La protesta de SATSAID agrega ahora otra capa a esa transformación. Detrás de las cámaras hay trabajadores que realizan tareas audiovisuales y que reclaman ser reconocidos como tales. De hecho, el propio sindicato convocó para el martes 29 de septiembre, a las 18, a una charla destinada a trabajadores y trabajadoras del streaming, tanto quienes ya están regularizados como quienes todavía no, con el objetivo de discutir la realidad laboral y la organización colectiva de la actividad.

La escena tiene algo de cierre de círculo. La discusión laboral no demuestra que streaming y televisión sean lo mismo. Sí muestra que, cuando un formato deja de ser una experiencia marginal y se convierte en una estructura empresarial, la novedad tecnológica no necesariamente elimina las viejas relaciones de trabajo.

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