Uno mismo con otro cuero. Así respondía Atahualpa Yupanqui cuando le preguntaban qué es un amigo. Y hoy es el día del amigo en Argentina, posiblemente uno de los más tristes que recordemos. Es que la mejor selección argentina de la historia jugó ayer su peor partido y perdió apenas 1 a 0 la final de un mundial. La tercera que juega nuestro combinado de la última cuatro ediciones. Apenas 1 a 0 jugando, repetimos, el peor partido de un ciclo que excede deportiva y éticamente los calificativos.
Y la tristeza, que hoy hará que las mesas y reuniones entre amigos no se parezcan a esas publicidades de cerveza, no tiene tanto que ver con un resultado sino con algo más profundo: el final de un ciclo. Durante todo este extraño y fascinante mundial, estuvimos empujando por algo más que una copa: peleábamos para que esto no se terminara, que es distinto. Para que no se termine ese prodigio inclasificable que es Messi ni una generación que –inclusive en la tierra del talento- difícilmente se repita. Messi no jugaba para ganar sino por algo más profundo: para no dejar de ser. Y en la carrera contra el tiempo, esa que todos perdemos, el capitán logró ese imposible reservado a muy pocos: la eternidad.
Pero para los mortales, nada es para siempre. Y este lunes húmero y frío nos trae de vuelta a la realidad. Aunque ayer el obelisco fue copado y el monumento a la bandera (la única) de Rosario y distintos puntos del país se vieron colmados de gente que no festejó, pero sí celebró. ¿Qué hay para celebrar en un país que pierde un título que supuestamente estaba arreglado y que -como dijo un inglés- “no tenemos nada más que fútbol”?
Podríamos enumerar nuestros premios Nobel o campeones en otros deportes, la importancia de nuestros próceres como San Martin o el impacto de figuras como Eva o la lucha en Derechos Humanos o Borges o Piazolla o Quino o el cine o Favaloro o toda esa infinidad de nombres, conquistas y patrimonios que no cabrían en miles y miles de páginas. Tan frondoso tesoro cultural y social poseemos que solo alguien con un parche en el ojo no podría verlo, dado que su único ojo está apuntado al oro que pueda robar. Y es que lo que tenemos los argentinos, a diferencia de otros países que se creen civilizados, no solo es admirable sino que es nuestro. No se lo afanamos a nadie.
Tan frondoso tesoro cultural y social poseemos que solo alguien con un parche en el ojo no podría verlo, dado que su único ojo está apuntado al oro que pueda robar. Y es que lo que tenemos los argentinos, a diferencia de otros países que se creen civilizados, no solo es admirable sino que es nuestro. No se lo afanamos a nadie.
Al contrario: tuvimos que defenderlo una y otra vez. A veces, con valor y destreza, como en los mejores partidos de la selección de Scaloni. Otras, con los restos, como en la final de ayer. Pero siempre con orgullo.
A los españoles no les molesta ese orgullo desde hace un mes, cuando comenzó la Copa Mundial. Hace más de doscientos años que les duele. Inclusive cuando los recibimos escapando de sus guerras. A los ingleses, igual. A los mexicanos…vaya uno a saber qué les molesta. Quizá, lo mismo que a todos.
Sarmiento-hombre controversial pero esencial de nuestra historia- escribió en el Facundo: “Los argentinos, de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como nación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia. Creo que el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. ¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo! ¡Para ése no se han hecho las grandes cosas! ¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia de una parte de la América la arrogancia de estos gauchos argentinos que nada han visto bajo el sol mejor que ellos, ni el hombre sabio ni el poderoso? El europeo es, para ellos, el último de todos, porque no resiste a un par de corcovos del caballo».
Los europeos hicieron sus museos y su castillos robando prepotentemente a otros países, pero nosotros deberíamos ser humildes; los mexicanos ampulosamente hablan de fútbol sin haberle ofrecido nada a la historia del deporte, pero nosotros deberíamos ser humildes.
Nietzsche cuestionó la humildad como virtud cuando esta nace de la renuncia a la propia potencia. En obras como La genealogía de la moral y Así habló Zaratustra, sostuvo que la exaltación de la humildad fue una inversión de valores impulsada por la moral cristiana: los débiles transformaron en virtudes aquello que surgía de su impotencia —la obediencia, la resignación y la modestia— y presentaron como vicios la fuerza, el orgullo y la afirmación de sí. Desde esa perspectiva, la humildad puede convertirse en un engaño moral, porque disfraza de bondad la incapacidad de desplegar las propias capacidades y termina premiando la negación de la vida antes que su afirmación creadora.

Por eso, lo que otros países llaman arrogancia es en verdad orgullo. Algo que, cabe reconocer, a veces olvidamos cuando dejamos nuestro destino en manos de tipos como Milei. Todo lo contrario: un sumiso que por tal condición, sobreactúa prepotencia. Pero los Milei pasan y el pueblo queda. El mismo que clamó por Malvinas esta semana y que lo obligó a cambiar la agenda política. El mismo que es signo de una era de la humanidad donde la regla es deshumanizar. Y con la estética del “basado” devenida en ética, burlarse y ofender las lágrimas del otro.
Y ahora es tiempo de llorar. No cacarear y quejarse como impuso la campaña de odio de redes protestando por ayudas invisibles y cuestionando a la estrella deportiva más criteriosa, educada y humilde que se ha conocido. Es tiempo de llorar de veras. Como lo ha hecho este equipo cada vez que ganó y las pocas veces que perdió. Es curioso que el fútbol, que siempre fue considerado un espacio en el cual se reprimía la sensibilidad, haya sido –a contramano de un mundo en el que el vulnerable se considera débil- el espacio en el cual nos permitimos llorar. Y es una de las tantas cosas que le agradecemos a Scaloni y este plantel.
Es curioso que el fútbol, que siempre fue considerado un espacio en el cual se reprimía la sensibilidad, haya sido –a contramano de un mundo en el que el vulnerable se considera débil- el espacio en el cual nos permitimos llorar. Y es una de las tantas cosas que le agradecemos a Scaloni y este plantel.
Y va de la mano de otra idea fundante de nuestra patria que este siglo y que muchos quieren erradicar: jugársela por el otro. Uno mismo con otro cuero. Desde San Martín al Diego, sí. No es un lugar común: es una identidad. Llena de contradicciones, sí. Pero una certeza: los argentinos tenemos más que fútbol, más que cultura, más que arte, más que ciencia, más que educación. Tenemos la gloria. Coronados vivamos, porque aquí- que sabemos bien lo que es la muerte- no ha muerto nadie. Aquí nacemos cada día, para envidia y dolor de mediocres, bajo la estrella más brillante que pueda iluminarnos: la de ser argentinos.

