Ante el vitoreado «regreso» del género por parte de los medios, una larga y discutible hipótesis sobre el sesgado relato oficial de la “capital del rock” y la omnipresente mirada porteña.
El rock and roll está de regreso. Eso dicen. Las páginas institucionales del agonizante periodismo especializado lo afirman con bombos (guitarras) y platillos. La Rolling Stone –fiel a su nombre- acuña términos como “neorolinga” y medios más pequeños replican conceptos, enumeran bandas o trazan puntos en común a fines de conformar una escena o movimiento. Está claro que el rock no había muerto, como cíclicamente suele sentenciarse desde lo alto de una nueva ola. Pero…¿el rock & roll? Con ese “roll” que tanto gusta enfatizar a su deidad Keith Richards y esa dimensión metafísica inasible para una partitura o la cuantización digital.
¿El rock & roll está de regreso? Lo dicen los medios pero también las redes, con jóvenes y adolescentes que ya no solo revisitan-como hemos dicho en notas anteriores- la tradición del rock nacional (para el deleite de Spotify & amigos), sino que se adentran en sonoridades más sucias y desprolijas que el pop o el trap de Disney, más suburbanas y callejeras que centroamericanas o palermitanas. Con mayor o menor criterio, fortuna o entendimiento, reinterpretan clásicos de bandas que escuchaban sus padres y tratan de adaptar la estética y lenguaje a su propia era, idiosincrasia y canciones.
¿El rock & roll está de regreso? Tendría mucho sentido. Esa pulsión que trasciende la lírica y que emerge en un sonido dialoga o comulga poderosamente cuando el paraíso de Balenciaga, Cartier y Gucci se mira desde un Uber o tu vieja se endeuda con la tarjeta de crédito para comprar arroz y un poco de carne. Una pulsión ontológicamente colectiva, ya que suele nacer de garajes o salas o sotanos donde el cuerpo y la mente escapan al disciplinamiento digital. El rock&roll surge de las bandas. Es decir, de personas que se juntan y deben lidiar con el otro en pos de una finalidad. Todo un desafío en tiempos de fragmentación y autoafirmación individualista. Toda una invitación para una edad en la que el apetito por el riesgo y la aventura deberían estar a flor de piel.
El rock&roll surge de las bandas. Es decir, de personas que se juntan y deben lidiar con el otro en pos de una finalidad. Todo un desafío en tiempos de fragmentación y autoafirmación individualista.
¿El rock & roll está de regreso? Así lo aseguran también los mismos que supieron despreciarlo e inclusive sumaron motes como “barrial” entendiendo que tal cosa fuera mala. Desde la parodia, la crítica o el desconocimiento, se señalaba a las bandas de rock & roll como copias de copias, solo por tener influencias menos específicas y selectas que los subsidiarios vernáculos de supuestas vanguardias internacionales. Peor aún, se presupone a veces que el rock & roll y la innovación son antónimos o universos disímiles. Una idea tan absurda que omitiremos desarrollar. O solo un poco.
Es solo rock&roll, pero ya es mucho para vos
Desde los inicios, este género que devino en cultura fue sinónimo de libertad y cambio. Lírico, sonoro y compositivo. Pero como todo lenguaje creativo, implicaba algunas reglas o recursos. Cualquiera con un mínimo de conocimiento al respecto, sabe que el verdadero desafío de la innovación es hacerlo dentro de límites y terrenos que otros ya han explorado . Así como las líneas de la cancha en un juego, esos límites no atentan contra la creatividad sino que la incentivan. Contrariamente y -parafraseando al poeta Robert Frost- sería como jugar al tenis con la red baja. Es decir que los famosos “tres acordes” no son una restricción sino una oportunidad. El problema no reside en esos tres acordes sino de lo que hacemos con ellos como músicos y lo que estás dispuestos a descubrir como oyentes.
Y como siempre, el goce estético está mediado menor o mayormente por estructuras culturales. El rock&roll, que fue y será siempre vanguardia, responde -como toda verdadera vanguardia- a una tradición, a una raíz. Y esa raíz es negra (o azul): el blues. El hecho maldito de la música burguesa. Un lenguaje donde la expresión y la autenticidad son más determinantes que la amplitud armónica, cromática o tonal. Un espacio donde la virtud no responde a la cantidad de acordes sino lo que se hace con ellos.
El blues es el hecho maldito de la música burguesa
Y para los estándares eurocentristas, eso supone un rango menor de complejidad. Al día de hoy, cuando queremos justificar o enaltecer un músico de rock decimos que tiene formación clásica o sabe tocar una pieza de Bach. Pero claro…el rock, a secas, es un maravilloso universo gestado precisamente en Europa cuando importaron y reconfiguraron los viejos discos norteamericanos para luego expandirlo al resto del globo. Aparentemente más complejo,más sustancioso y sin embargo, tan parecido a su padre, el rock& roll. Y es que sí, se parecen pero no son exactamente lo mismo. El rock es una cultura infinitamente diversa en sonoridades y estéticas que no sólo incorporó ritmos de todo el mundo sino que precisamente se erigió como un lenguaje para abordar esos ritmos. Pero esencialmente se sumó al estudio de grabación como herramienta esencial de la producción y composición (como profundizó luego el hip hop o la electrónica). El rock & roll siguió representando la esencia urgente de la sala, donde el audio suele lograrse no tanto desde los pedales o las consolas o los daws sino desde el toque mismo. El sonido está en la mano, no en la guitarra.
Somos los negros, somos los grasas
Si decimos que el blues es el hecho maldito de la música burguesa, podemos entonces hablar del aluvión zoológico que tuvo lugar en los ´90 cuando los barrios, las esquinas y un montón de gente que no formaba parte de los circuitos under, arties o paraculturales tomaron por asalto no solo los shows de la banda existentes sino que armaron las propias. En contraposición a Miami y la promesa del primer mundo, la realidad reclamaba voces y sonidos que no eran replicados en las grandes cadenas pero tampoco en los nichos alternativos. Todo bajo un ímpetu tan vital e incontenible que la inteligentzia musical necesitó clasificar y acotar bajo conceptos como “futbolización” o “chabon”. Quizá no tanto por malicia sino por incapacidad de analizar las obras celebradas o creadas por gente diferente.
No somos gente fina…tampoco lo peor. Los Ratones Paranoicos, originalmente más punkies, encarnaron quizá ese advenimiento y fundaron la llamada “patria stone”. No es que no hubiera habido banda de rock& roll y menos de esencia blusera. De hecho no se puede hablar de todo esto sin mencionar grupos como Manal, padres del rock nacional pero también pioneros en eso de mezclar elementos del blues con una lírica suburbana y casi tanguera. ¿Los padrinos del rock barrial? No, al menos en los términos de aquellos detractores del “género”. Y es que Javier Martinez & cía pertenecían a una élite cultural que no encajaría con lo que se supone que representan sus posibles herederos. ¿Pappo? Bueno, ahí deberíamos ver como su reivindicación llegó con el tiempo, pero durante muchos años fue mirado de reojo.
¿Por qué dicen que me fui, si siempre estoy llegando?
¿El rock& roll está de regreso? ¿Adónde se había ido? Es sabido también que esa conjunción trágica que fue Cromañón, aceleró el proceso de mercantilización del rock en nombre de la seguridad y el cuidado a manos de grandes corporaciones y asépticos festivales ATP. Sumado a las nuevas sonoridades, el exilio al universo digital y consabidos cambios antropológicos, el rock & roll y sus distintas ramificaciones locales comenzaron a perder protagonismo mediático. Excepto por figuras que trascendieron lo musical, como Piy, quien fue apropiado como una curiosa celebridad y devino también en el “permitido” de paladares más sofisticados. El Pity era el músico rollinga que sí se podía escuchar.
Muchos años después-y algún episodio criminal en el medio- su figura representaría también la referencia icónica de un supuesto resurgimiento del género. La gentrificación de su obra -citada por artistas de géneros urbanos o cantantes de Instagram- amplificaría un “retorno” que mencionamos en las primeras líneas. Desde influencers como Lisandro Isakar a nepo rock&roll babys como La Grecia, el mercado volvió a poner los ojos en ciertos sonidos. Y los medios también.

¿Lo hacen por La Plata?
¿El rock & roll está de regreso? ¿En La Plata también? Cuando se habla de nuestra ciudad, el relato suele hacer hincapié en una destacada tradición que la erige como posible capital nacional del rock. No es para menos: nombres como Patricio Rey o Virus solventan tal afirmación, y una narrativa que traza una línea desde La Cofradía hasta El Mató pasando por diversos nombres que cualquier lector interiorizado estará ya mismo enumerando por dentro. ¿Ya está? ¿Repitieron la lista en voz alta? Una retahíla de artistas que una y otra vez han sido mencionados en documentales y textos que retratan el fenómeno local.
Y esos nombres, de mérito incuestionable, suelen estar vinculados y fundamentados esencialmente al también incuestionable rol de la universidad en esta ciudad. Siempre desde una perspectiva asociada con una formación y criterios estéticos cuyo anclaje geográfico se ubicaría en un radio reducido de la ciudad, cercano a facultades y nuestra amada Radio Universidad de La Plata. Inclusive Patricio Rey,que encarna como nadie el clamor popular y la transversalidad social, se inscribe en ese relato por su origen de corte intelectual y “artie”. Porque desde el relato dominante, esos son los rasgos distintivos de la identidad musical platense. Y cabe preguntarse, respetuosamente, si esa narrativa es una construcción autoconsciente y autónoma o es más bien un texto compatible con la mirada aprobatoria de Capital Federal.
Porque desde la perspectiva porteña o centralista, la tan mentada identidad platense parece acotarse a un registro que excluye, generalmente, bandas asociadas al rock&roll o afines. Patricio Rey es un caso aparte-en todo, claro- pero aún así tiene un origen afín a ese enfoque. No es que no haya excepciones, como Guasones, pero siempre a fuerza de muchos años y un éxito difícil de obviar.
la tan mentada identidad platense parece acotarse a un registro que excluye, generalmente, bandas asociadas al rock&roll o afines.
Sin embargo cuando se hace foco en el under y la independencia, se advierten vacíos que se replican una y otra vez en documentales, notas, recopilaciones. Talentosos artistas indies de alcance medio tienen un lugar que no logran bandas de rock&roll o rock barrial o rock chabón o etcétera con mayor convocatoria. Y no siempre se suscita a un control de calidad artística sino a un recorte estético…y hasta social. ¿Acaso Sueño de Pescado es menos «platense» que Peces Raros? (solo por citar dos bandas muy convocantes). Está claro que no es culpa de las bandas incluidas ni de los realizadores de esos documentales, notas, recopilaciones. Se advierte un asunto mayor, que trasciende a todos.
Civilización y barbarie
“Parecen dos sociedades distintas, dos pueblos extraños uno del otro”, señalaba un pasaje del “Facundo”, de Sarmiento. Lo cierto es que el ámbito musical local nunca ha sido un bloque monolítico-nada lo es- pero en su variedad siempre ha presentado dos grandes círculos: uno central y otro periférico. Una imágen que además de gráfica podría ser geográfica. Dos ámbitos que circunstancialmente se tocan o cruzan límites, pero que primordialmente funcionan de modo paralelo. Y no sin distancia, desconocimiento y hasta recelo. Una ciudad pequeña o un pueblo grande que oscila entre una mirada cosmopolita que se ve cerca de Manchester o Brooklyn y otra que se siente más cerca de Avellaneda o de Wilde.
Las bandas que irónicamente llamamos “bárbaras” (nada en este texto se propone ser solemne ni absoluto; por lo contrario, este texto parte de una broma que esconde alguna pregunta), ha sabido construir su camino de manera casi paralela, confiando más en el papel afiche que en el papel prensa, en la calle que en la pantalla. Y si bien muchas han logrado lo más difícil (el cariño o acompañamiento del público) es reducida la cantidad que obtiene el “prestigio” para sumar su nombre a la lista de notables.
Hagan la prueba: cuanto más porcentaje de blues-por ende de rock& roll- tiene un artista local en su propuesta, menos prestigio o reivindicación mediática obtiene. ¿Existen razones? Solo ideas, pero no fundamentos certeros. ¿Se pueden señalar culpables? Tampoco. ¿Es importante? Depende para quién. El prestigio y la aceptación no son esenciales en la actividad artística como tampoco es el dinero…¡pero cómo ayudan!
Quizá sea cierto que la historia la gana el que la escribe. ¿Qué ganan? Visibilidad para llegar a escenarios más grandes, ya sea desde los sellos como también de los programadores de festivales privados. Y estatales: hace años que en estas latitudes las carteleras de conciertos privados y públicos no distan mucho entre sí cuando de rock se trata. Y no solo por la injerencia cada vez más directa de poderosas productoras privadas sino por el registro de los curadores de la gestión pública. No es una acusación de tono libertario sino una observación descriptiva.

Que digan quiénes son y de qué viven…
Pero es justo decir que esa patria “bárbara” tampoco supo imponer su relato o inscribirse como corresponde en esa gran historia. También aclarar que otros géneros (metal y punk, por ejemplo) son históricamente postergados pero quizá exijan otros análisis. Lo llamativo y que tratamos de señalar con toda esta perorata pseudo reflexiva y proto ensayística es cómo una ciudad puede generar tantas bandas vinculadas a una corriente y sin embargo no ser considerada parte constitutiva de su identidad musical.
Solo por enumerar algunas de ayer, hoy y siempre, con obbivas diferencias y mixturas pero englobadas bajo cierto ímpetu rocanrolero, mencionaremos algunas para constatar la presencia histórica en la “escena”: Adoquines RnR, Aeroslip, Alienados, Aristogatos, Ataúd, Autopista 61, Blues Oil, Bosnia la Fortina, Botellas Vacías, Caballo Loco, Cachetes Rock & Roll, Clandestinos, Chicos de Chalina, Chinos RnR, Cirugía, Delirio, Despejados, Diesel’s, Don Lunfardo, El Circo de Andy Warhol, El Duende, El Espejo, Elvira Rock, Encías Sangrantes, Esquina Marginal, Estás Loco, Fieras Lunáticas, Flores Muertas, Gamulanes, Gringo, Guasones, La 82, La Banda del Bao, La Banda del Parque, La Colifa, La Caverna, La Cruz, La Cumparsita, La Divina Rock & Roll, La Jaula, La Jaula del Rey Elvira, La Noche de Garufa, La Ñata, La Pelada, La Turra, La Valvular, La Vieja Bis, La Telecaster, Los Barriales, Los Búfalos Mojados, Los Chiquitos, Mariskales de Andrómeda, Moradores, Negro Lobo, Paralizados, Pamela Jones, Patada en la Boca, Perro Feroz, Perros de Presa, Pirañas Lunáticas, Pocker, Punto Rojo, Rico Piturro, Ruedas de Acero, Ruta 36, Se Va el Camello, Serenos Navegantes, Siemprelibres Blues Band, Smith & Wesson, Sueño de Pescado, Sucio Buedel, Tallando el Elefante, Vamos de Vuelta, Vidrios Rotos, Viejos Sucios y Feos, Zarajuana. (N.de R.: al ser digital, este párrafo fue editarse y completarse a pedido del lector).
¿Decimos que todas son geniales y destacables? No, claro. Pero posiblemente muchas de ellas no hayan tenido la atención y consideración que merecían por razones no necesariamente musicales. ¿Cuántas habremos olvidado? Muchas, seguramente. Y desde Cluster´s Four o La Cofradía, ¿habrán existido bandas en los albores del rock platense que por razones similares tampoco se consideraron al escribir la historia?
Pero sí, nuevamente:¿a quién carajo le importa? A nadie quizá. Ni a quien escribe, a decir verdad. Las bandas de rock & roll no deberían buscar la aprobación o al menos no depender de ella. Cien personas viendo un grupo “desconocido” no valen menos que cien personas viendo a “la nueva gran cosa”. No existe el voto calificado. Tampoco existe una sola historia.
Ahora, ¿el rock & roll está de regreso? Para nada, amigos: el rock& roll nunca se fue. El rock& roll siempre estuvo acá. En La Plata y en miles de lugares lejos de Palermo o Chacagiales. Los que se fueron y ahora vuelven son bienvenidos -como siempre- con los brazos abiertos, una birra en la mano, tres acordes y la pura verdad. Porque está todo bien, amigos: es solo rock & roll. Y si te lo tengo que explicar, jamás lo vas a entender.
