A veinte años de la segunda desaparición de Jorge Julio López, una diminuta semblanza personal
Hace unos años daba clase en la cárcel a ex policías presos y a denominados “presos comunes.” La misma materia y aula, unos detrás de otros. Al menos en mi presencia, guardaban sus formas pero siempre deslizaban en sus comentarios las diferencias entre ambos. “Diferencias” es un modo sutil de llamar a las razones por la cual las unidades penitenciarias clasifican a los pabellones para evitar males mayores (para el peor de los males está el sistema penitenciario en sí). También se peleaban de modo jocoso, como aquella vez que disputaban ambos cursos la autoría de un retrato ilustrado de mi persona. Lo claro es que sus distintos enfoques sobre los mismos temas era evidente y aquella visita de Miguel Graziano para hablar sobre su libro sobre Julio López no fue la excepción. Algo interesante es que a fines de los ´70 López había estado en ese mismo lugar: la Unidad 9 de La Plata.
Los muchachos que no habían trabajado para la gorra –cuyas procedencias y delitos no me incumbían a menos que ellos mismos necesitaran contarlos-, se interesaban más en las presiones u obstáculos que podría haber recibido Miguel en su investigación. En cambio, los ex “trabajadores de la fuerza” miraban con mayor distancia. Si bien se pronunciaban en favor de los valores democráticos básicos, se interesaban más en detalles concretos del caso que las dimensiones simbólicas. Por supuesto, fueron muy respetuosos con Miguel y todo resultó muy bien. Los alumnos debían tomar aquella charla como una conferencia de prensa y después escribir su cobertura. Roberto –quien siempre fue muy amable conmigo, al punto de invitarme a comer asado con ellos los sábados o ir a verme cantar cuando lo hice a pesar de ser ajeno al núcleo de presos que organizaban- se me entregó dos hojas: “Una es del trabajo que pidió. Y la otra es una opinión personal. Que el resto no se entere”.
No quise mirar esa hoja en toda la semana, hasta la mañana previa de la clase siguiente. No es que yo idealizara a mis alumnos pues nunca lo haría, ni dentro ni fuera. No idealizo hombres: solo empatizo con ellos. Pero por primera vez me vencía el prejuicio que nunca había tenido con aquel grupo que había trabajado para la institución que menos afecto me produce en el mundo. Temía que el pacto de omisión y convivencia se rompiera. Temía que esa carta dijera que barbaridades sobre López, y sobre Miguel y sobre los que piensan así.
Pero no. En su carta-que ahora no encuentro- me agradecía. Aseguraba que siempre había sido un trabajador honesto de la policía y que no había podido ver una parte de la historia. Y que gracias a la charla de Miguel había cambiado su pensamiento sobre López y sobre el asunto en general. El agradecido fui yo, por supuesto.
Lo que intento decir es que no creo que las cosas sean esencialmente buenas o malas sino que pueden ejercerse o utilizarse bien o mal. Algo así pasa con los oficios. Hace unos días fue el día del profesor y yo trabajo de eso. No sé si soy bueno. Pero aquella vez entiendo que lo ejercí bien. El día del periodista es en junio y me saludan aunque me cueste reconocerme en este oficio. No tengo nada contra el periodismo, pero sí con hacerlo yo y mucho más con los malos periodistas. Aquel evento demostró que es un oficio maravilloso si se ejerce bien, tal como Miguel con su libro.
Y con la memoria pasa lo mismo. Recordarlo todo podría ser enfermizo, inútil y hasta idiota, como aquel cuento de Funes. Olvidarlo todo es decididamente peligroso. Siempre hay que elegir: qué se olvida, qué se recuerda. Y qué se hace, pero sobre todo cómo. La memoria se ejerce y se elige el modo. Hace veinte años desaparecía por segunda vez Julio López y algunos elegimos recordarlo para que no desaparezca por tercera. Es decir, de la memoria misma.
