Por Ramiro García Morete
Tras la encíclica del Papa, algunas reflexiones sobre Dios y la Humanidad (espejos acaso) en tiempos de Inteligencia Artificial
«¿Podría una máquina escribir una obra maestra?», pregunta un personaje en la película basada en la novela de Isaac Asimov. «¿Podría usted?», le responde la máquina. «¿Podría la máquina divertirse o frustrarse por el mero hecho de escribir?», me pregunto yo.
Pero James Dikey escribió e imaginó con maestrìa a través de un poema, allá por 1968: «Me gusta pensar/(¡tiene que ser así!)/en una ecología cibernética/donde nos liberamos de nuestras labores/y nos reconciliamos con la naturaleza,/con nuestros/hermanos y hermanas mamíferos,/y todos velados/por máquinas de amorosa gracia”. Watched by machines of loving grace. En inglés watching bien puede ser “velados” como también “vigilados”. Una nueva pregunta no sería tanto si velan o no por nosotros sino si debemos ser vigilados.
Y al parecer, animalitos del futuro que también fuimos en el pasado, sí. Porque esa gracia amorosa que en el retro-futurismo del poema y en el presente futurista que recibimos de las máquinas, se antoja casi como una necesidad inherente a nuestra bendita especie.
Claro que originalmente supo provenir de los dioses y luego de Dios, en singular y con mayúsculas. Pero un día, confirmó el bigotón, Dios murió y créanme que el más antricristiano no confundió la noticia con celebración. Al contrario, era una advertencia: ese vacío sería ocupado por otro fanatismo y-en cierto modo- forma de fe: la ciencia.
Pero ahora que la ciencia también se subordina a la máquina (sobre todo la computar dígitos y finanzas) y Dios scrollea en Tik-Tok, el trono vacío del centro y centro del universo lo ocupa la tecnología. A imagen y semejanza emergen y se imponen como alguna vez supimos hacerlo nosotros. Tras el giro copernicano, la teoría de Darwin y el psicoanálisis, asistimos a la cuarta herida narcisista del hombre: ya no somos el último eslabón.
un gran avance tecnológico siempre produce dos cosas: un gran salto…y una gran desigualdad.
O quizá no sea que la máquina adquiera la singularidad – condición necesaria y hasta ahora exclusiva del ser humano- para adquirir conciencia y superarnos. Quizá no deba pensarse como hombre versus máquina sino que ya somos un poco una cosa y un poco la otra.
Pero hay una certeza y es que un gran avance tecnológico siempre produce dos cosas: un gran salto…y una gran desigualdad. La desinformación acompañada de la concentración de esos avances (desde la revolución industrial a las I.A.) han generado infinitas brechas como la que hoy llaman tecno feudalismo o ceocracia. Se llama neoluditas despectivamente a quienes luchan contra esas innovaciones, pero en el origen reside quienes luchaban en verdad contra sus impactos: muchos hombres quedándose sin trabajo. Es decir: un avance tecnológico siempre debe estar seguido de una discusión ética para finalmente ser legislada. Pues la cultura es preexistente a la política. La única forma de que la política no llegue tan tarde es si se sirve de la discusión ética.
Pero no ocurrió. Y nos quedamos fascinados con “ilusiones” o construcciones para nada neutrales de la realidad que fueron alterando nuestra percepción de manera individual. ¿Suena tan ridículo hablar “soberanía cognitiva”? ¿No venimos discutiendo desde hace años lo mismo? ¿Qué es verdad y que no? ¿Quién está del otro lado? Yo soy el otro, decía un poeta.
“La patria es el otro”, repitieron algunos sin entender a ese otro. Porque el otro ya no era “el otro” que es tu compañero o el “otro” que es tu enemigo. Había aparecido un nuevo otro, más complejo y líquido: un “otro” al que quizá no le importe tanto lo que nosotros tenemos para ofrecer o para rechazar. Y quizá no haya una definición más grande de “otro” que algo que no hará lo que nosotros esperamos.
El enojo de quiénes “la vimos”, además de un poco soberbio, es espejo de la misma incapacidad. Si muchos no pudieron interpretar los nuevos escenarios, otros no los supieron hacer entender. Y es lo mismo. De nada sirve tener razón si no se transforma la realidad.

Que la única verdad es la realidad es una simplificación del pensamiento de Aristóteles. Además de ser mucho más amplio, es la síntesis provisoria de un camino en el que Platón creía todo lo contrario y que lo que pensamos “realidad” es una ilusión. Ni hablar el beef entre Heráclito (que creía que lo único continuo es el cambio) y Parménides (que en verdad nada cambia). Así hasta Kant o Descartes o Shchopenhauer y muchos otros discutiendo sobre lo sensible y lo inteligible, lo material y lo inmaterial, lo físico y lo metafísico. Es decir: existen muchas verdades y por ende muchas interpretaciones de la realidad. Hace miles de años que estamos tratando de entender qué hay del otro lado, sea una persona o un video hecho con I.A.
Y este texto empieza a desvariar sin llegar a ningún lado. ¿Lo habrá escrito una máquina? ¿Podría usted? ¿Estarán fallando mis comandos? ¿Habré prompteado mal? ¿O al igual que este nuevo viejo mundo, mis palabras carecen de amor y de gracia? Que alguien vele por nosotros. Chequeen si Dios aún anda por ahí…o chequeen si es una máquina.
