Avanzada neocolonial: estigmatización, saqueo y la militarización


El gobierno de Donald Trump ha logrado que la región dé un giro a la derecha. Se han instalado presidentes que le responden incondicionalmente a las políticas de Washington. Pero la administración de la Casa Blanca es consciente que esos proyectos también generan una inevitable reacción popular y busca las estrategias para sofocarlas.

Por Héctor Bernardo

“Lo primero fue el verbo y el verbo se hizo carne”, asegura un antiguo pasaje bíblico. Lo primero siempre es la palabra, el discurso como elemento fundante de la realidad. El relato que antecede a la acción.

Quienes han administrado el poder político en los imperios siempre tuvieron muy clara la necesidad de administrar también la palabra, de construir esa narrativa que habilite su accionar. Sobran los ejemplos, de cómo el actual imperio en decadencia ha puesto en práctica esa lógica. Por solo citar algunos: para justificar la invasión a Irak (2003) y el asesinato de Sadam Huseín se construyó el relato sobre las “armas de destrucción masiva” que, según aseguraban, poseía el líder iraquí y que luego se supo que nunca existieron; para invadir Libia (2011) y asesinar a Moammar Khadafi, se inventó la historia sobre “la masacre en la Plaza Verde” contra opositores al gobierno libio, masacre que nunca existió; para bombardear Venezuela y secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores (2026) se instaló la narrativa del combate al “Cártel de los soles” y, solo meses después, al comienzo del ilegal juicio contra el presidente Maduro, la propia fiscalía norteamericana debió aceptar que dicho cártel no existía.

Desde 2025, el actual gobierno norteamericano ha construido la narrativa sobre el nuevo enemigo: “el narcoterrorismo”. La militarización de toda Latinoamérica, la injerencia en los procesos electorales, la arremetida contra los líderes y los gobiernos populares de la región, se da en paralelo la gestación de un discurso que el secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, busca instalar de manera burda, pero no por ello poco efectiva.

El 16 de julio, Rubio convocó a más de sesenta países a la “Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político”. En el encuentro, realizado en Washington, Rubio habló sobre lo que él denomina “el regreso del terrorismo político de extrema izquierda”.

Solo cuatro días después, el 20 de julio, el Departamento de Estado emitió un documento titulado “Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI”. En el texto se asegura que el único fin del proyecto cubano es “destruir” a los Estados Unidos.

En el documento se afirma que “El ataque de Cuba contra Estados Unidos nunca fue, en el fondo, una disputa sobre política económica, soberanía o incluso la propiedad de un territorio concreto. Fue una revolución contra la propia civilización occidental, librada, en parte, mediante el método novedoso e insidioso de persuadir a los hijos de Occidente para que se volvieran contra su propio legado”.

La tesis que atraviesa el escrito indica que las organizaciones sociales, movimientos de solidaridad, grupos estudiantiles contra el genocidio en Palestina, las personas que salieron a protestar luego de que la policía de Mineapolís asesinara al joven afroamericano George Floyd (en un crimen con claras características raciales), y cualquier persona o grupo que sea crítico de las políticas del gobierno de Donald Trump (por ejemplo, quienes cuestionan el accionar del ICE), dentro y fuera de los Estados Unidos, son solo una herramienta del proyecto cubano con el gobierno y el pueblo estadounidense.

Este “macartismo 2.0” no solo pone el foco en los movimientos de resistencia de América Latina, también amenaza las libertades y derechos (de organización, de protesta, de libertad de expresión, etc.) de los propios estadounidenses.

Lo primero siempre es el verbo, el discurso que prepara el terreno. Pero, ¿para qué prepara el terreno hoy la actual administración de la Casa Blanca?

Muchos pasos

Trump representa la cara más desesperada de un imperio en decadencia. Y cuando un imperio empieza a ver su propio final, la violencia se vuelve su principal respuesta.

En diciembre de 2025, Trump presentó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NNS) basado en la Doctrina Monroe, que sentencia “América para los americanos” y en lo que se denominó el “corolario Trump”, lo que algunos definieron como la “Doctrina Donroe”.

El documento deja claro que, ante el declive hegemónico que vive el imperio estadounidense, la actual administración norteamericana ha decidido refugiarse en el continente americano como estrategia de recomposición de su poder para enfrentar a China.

Para esa recomposición, Estados Unidos necesita controlar los pasos interoceánicos: el Canal de Panamá (América Central), el Estrecho de Magallanes (América del Sur) y el Estrecho de Davis (en Groenlandia), asegurar a la mayoría del continente como un mercado para sus productos y como una fuente de recursos naturales: petróleo, “tierras raras” y minerales críticos, claves para el desarrollo de las nuevas tecnologías.

Para ello, necesitaba recuperar y consolidar el control de los gobiernos de la región y no ahorraría recursos ni se restringiría a legalidades para conseguirlo.

Por las buenas o por las malas

Washington no tuvo pruritos en “propiciar” el giro a la derecha que transita América Latina. Presión diplomática, imposición de aranceles, bloqueo y asfixia económica, actos de piratería, asesinatos extrajudiciales, invasiones, secuestros de mandatarios, amenazas, injerencia en procesos electorales, utilización de los poderes judiciales, etc.

El gobierno de Donald Trump tuvo injerencias abiertas – y otras más veladas –, en el proceso legislativo de Argentina, en octubre de 2025; en las elecciones presidenciales de Honduras, en noviembre de ese mismo año, y de Colombia, de junio de 2026; y ya se ven señales de la injerencia en el proceso electoral que culminará con las elecciones presidenciales de octubre de este año en Brasil.

También consiguió instalar nuevos aliados en Chile, Perú y Bolivia, y consolidar el alineamiento de Ecuador, Paraguay, Argentina, Panamá, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, etc.

Sin Ley

El 3 de enero de 2026, luego de haber intensificado el bloqueo contra Venezuela, Estados Unidos bombardeó Caracas y secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada Cilia Flores. Tras esos hechos, comenzó a controlar las exportaciones del petróleo venezolano y a administrar los recursos que ello genera.

El 29 de enero, el presidente Donald Trump firmó una Orden Ejecutiva en la que declaró “una emergencia nacional” y señaló a Cuba como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad de los Estados Unidos. El texto argumenta que, basado en ello, se fijó “un nuevo sistema arancelario que permite a Estados Unidos imponer aranceles adicionales a las importaciones de cualquier país que proporcione directa o indirectamente petróleo a Cuba”.

Poco tiempo antes, en su propia red social, Truth Social, el presidente norteamericano escribió: “Durante años, Cuba ha recibido cantidades masivas de petróleo y dinero de Venezuela a cambio de brindar servicios de seguridad a sus líderes. ¡Ese arreglo ha terminado! ¡NO HABRÁ MÁS PETRÓLEO NI DINERO PARA CUBA: CERO! Venezuela está ahora bajo la protección de los Estados Unidos de América y su poderoso ejército. Les sugiero encarecidamente que alcancen un acuerdo, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE”.

El bloqueo petrolero, sumado a las más de 240 medidas que el gobierno de Trump tomó para atacar la isla caribeña han llevado a la economía cubana a un punto de asfixia nunca antes visto. Lo que el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, calificó como un genocidio silencioso.

Al igual que las ejecuciones extrajudiciales que Estados Unidos lleva adelante contra grupos de personas que transitan en lachas por el Mar Caribe, y que Washington asegura, sin mostrar ninguna prueba, que se trata de narcotraficantes, todas estas medidas son violatorias del derecho internacional y de la Carta de Naciones Unidas. Pero nada de ello parece importar.

La reacción es inevitable

Washington parece entender que la reacción de los pueblos está en un horizonte no muy lejano. Para ello comenzó a construir un discurso que estigmatizante de los movimientos populares y a generar un nivel de injerencia en las Fuerzas Armadas de la región solo comparable a la influencia que tuvo entre las décadas de 1970 y 1980 con las dictaduras del Cono Sur.

En el marco de la nueva Estrategia de Defensa Nacional (NDS), presentada en enero de 2026, Washington comenzó con varias acciones para fortalecer su control regional.

En febrero se realizó La Primera Conferencia de Jefes de Defensa del Hemisferio Occidental, a la que asistieron más de 30 altos funcionarios militares de la mayoría de los países de la región.

En marzo se lanzó la iniciativa del Escudo de las Américas, una coalición militar que pone a las Fuerzas Armadas de trece gobiernos de la región bajo el control estratégico del Pentágono.

En julio convocó a más de 60 países a la “Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político”.

Entre 2025 y 2026, el Pentágono concretó acuerdos militares para la llegada de marines a Perú, Ecuador, Paraguay, Trinidad y Tobago y República Dominicana.

Mientras tanto, Marco Rubio busca reinstalar la idea del “regreso del terrorismo de extrema izquierda”.

“Todos nuestros amigos aquí, provenientes de los países del hemisferio occidental, recuerdan las décadas de secuestros, atentados con bombas, asesinatos y ejecuciones: el terror violento de los Tupamaros, los Montoneros, las FARC y el ELN. Recuerdan la inhumana brutalidad de Sendero Luminoso en Perú: los fanáticos maoístas que masacraron a los campesinos peruanos, asesinando a mujeres embarazadas y recién nacidos con hachas y machetes. Recuerdan a las decenas de miles de guerrilleros marxistas entrenados para matar en los campos terroristas cubanos de Castro”, aseguró el secretario de estado en la Cumbre Ministerial.

Luego sostuvo que “La extensa red de inteligencia e ideológica del régimen cubano ayudó a construir la extrema izquierda en nuestro país y en nuestro hemisferio, y sigue indisolublemente vinculada a los grupos y movimientos de extrema izquierda a través y más allá de Occidente”.

Injerencia, saqueo, militarización, estigmatización y construcción del enemigo. El imperio mueve sus piezas y su estrategia comienza a ser cada vez más evidente. Será turno de que los movimientos populares comiencen a mover las suyas.

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