Crece la demanda del viejo y querido compact disc, formato que la industria había dado por terminado: ¿nostalgia, moda o necesitad?
«The compact disc is dead. Long live the compact disc». La frase comenzó a circular a comienzos de la década pasada alrededor de un proyecto conceptual del dúo estadounidense YACHT, que jugaba con la aparente muerte del disco compacto en plena consolidación del streaming. Más que un epitafio, proponía una paradoja: tal vez el CD no estaba desapareciendo, sino dejando de ser un producto de consumo masivo para convertirse en un objeto cultural.
Quince años después, aquella provocación empieza a encontrar respaldo en los números. Contra todos los pronósticos, el CD vuelve a crecer. En Estados Unidos, las ventas de discos compactos aumentaron un 16% durante el primer semestre de 2026, muy por encima del crecimiento del vinilo, que fue del 2,4%. Incluso si se excluye el fenómeno del K-pop —uno de los grandes motores del mercado físico—, el incremento sigue siendo del 6,7%, una cifra suficiente para hablar de un renacimiento inesperado del formato.
Argentina tampoco permanece ajena a ese fenómeno. Aunque el mercado físico está muy lejos del que supo tener durante los años noventa, cada vez más bandas independientes vuelven a editar sus discos en CD, mientras sellos y fábricas recuperan lentamente un formato que parecía condenado al olvido. La propia industria reconoce que la demanda ya no responde únicamente a la nostalgia, sino también a nuevas generaciones que descubren el valor del objeto físico y a músicos que buscan una alternativa accesible para ofrecer su obra fuera de las plataformas digitales.
Hubo un tiempo en que el disco compacto era también una poderosa industria nacional. La planta Laserdisc, en el barrio porteño de Mataderos, llegó a fabricar 60 millones de CDs por año, empleó a 700 trabajadores y abasteció tanto al mercado argentino como a distintos países de la región. Con la irrupción del MP3 primero y del streaming después, esa estructura se redujo drásticamente, aunque nunca desapareció del todo. La empresa siguió produciendo discos compactos incluso en los años de mayor caída del formato, una continuidad que hoy permite abastecer el renovado interés de artistas y sellos independientes.
Lo curioso es que el CD nunca tuvo el prestigio romántico del vinilo. Durante años fue visto apenas como una evolución tecnológica: más limpio, más cómodo, más resistente. Sin embargo, fue el último soporte masivo pensado para escuchar un álbum como una obra completa. Había una tapa, un libreto, fotografías, letras, agradecimientos, créditos de cada músico y un orden cuidadosamente pensado para las canciones. Comprar un disco significaba llevarse a casa mucho más que cuarenta o cincuenta minutos de música.
Después llegó la promesa del acceso ilimitado. Ya no hacía falta comprar un disco; bastaba con pagar una suscripción. La música dejó de ocupar espacio en una biblioteca para vivir en servidores remotos. Se ganó comodidad, velocidad y un catálogo prácticamente infinito. Pero también se perdió algo difícil de medir: la relación física con la obra.
Esa relación con el objeto quedó retratada en varias obras de la cultura popular. En Nick and Norah’s Infinite Playlist, por ejemplo, toda la historia comienza con una serie de CDs compilados que el protagonista graba para la persona que ama. No hay un enlace compartido ni una lista de reproducción enviada por mensaje: hay horas dedicadas a elegir las canciones, pensar su orden, grabarlas y escribir sobre el disco. El CD funciona como una carta de amor, una forma de decir algo a través de la música y también del objeto.
Algo similar ocurre en High Fidelity. Aunque el fetiche de Rob Gordon sean los vinilos, la novela de Nick Hornby y su adaptación cinematográfica retratan a la perfección una generación que entendía la música como una colección de álbumes completos, de estanterías repletas de discos y de conversaciones interminables sobre el orden de las canciones o los créditos de un músico invitado. El formato podía cambiar —vinilo o CD—, pero la idea era la misma: escuchar un disco implicaba mucho más que reproducir canciones; era construir una relación con una obra y con todo el universo que la rodeaba.

Paradójicamente, quienes más contribuyeron a la desaparición del CD fueron las mismas compañías que durante años habían hecho del formato un negocio extraordinario. Durante los años noventa, el disco compacto les permitió vender nuevamente buena parte del catálogo grabado en vinilo y cassette, con costos de fabricación relativamente bajos y precios al público muy elevados. Los artistas seguían recibiendo una porción reducida de esas ventas, mientras los grandes sellos concentraban la mayor parte del negocio. Para millones de personas, volver a comprar los discos que ya tenían fue presentado como el precio inevitable del progreso tecnológico.
Cuando aparecieron Napster, eMule y las primeras redes de intercambio de archivos, la reacción de la industria fue feroz. Demandas judiciales, campañas antipiratería y discursos que presentaban Internet como el enemigo de la música. Sin embargo, pocos años después, esas mismas compañías comprendieron que el verdadero negocio ya no consistía en vender discos sino en administrar catálogos y licenciar millones de canciones a las plataformas de streaming. El soporte dejó de importar. Lo importante seguía siendo controlar la distribución.
La consecuencia fue una transformación mucho más profunda que un simple cambio tecnológico. La música pasó de ser un bien que se compraba a convertirse en un servicio que se alquila mes a mes. Los discos desaparecieron de las casas al mismo tiempo que crecían las listas de reproducción infinitas, los algoritmos y las recomendaciones automáticas. El álbum perdió centralidad frente a la canción aislada y la experiencia de escuchar fue reemplazada por la lógica del consumo permanente.
Sin embargo, el regreso del CD parece demostrar que esa transformación no era tan definitiva como se pensaba. En Argentina, buena parte del renacimiento del formato no está impulsado por las grandes discográficas sino por los propios músicos. Para una banda independiente, editar un compacto sigue siendo mucho más económico que prensar un vinilo, permite vender un objeto físico al terminar un recital y ofrece algo que ninguna plataforma puede reemplazar: un disco para firmar, dedicar, regalar o conservar como recuerdo de un encuentro entre artistas y público.
