Alfredo Segatorio y los colores de la identidad popular

Por Joel Josué Noriega

La mañana en La Boca empieza con un ruido de aire comprimido. Alfredo Segatori sostiene la manguera del soplete y avanza unos pasos sobre el piso manchado de pintura. El azul cubre la pared de manera irregular. Primero aparecen manchas más oscuras; después, zonas claras que se mezclan entre sí hasta formar algo parecido a un cielo. Se detiene. Mira hacia arriba.

—A mí me gusta pintar el cielo, el sol y las nubes -hace una pausa breve. —Esa es la bandera argentina.

Lleva una campera gruesa cubierta por restos de trabajos anteriores. En las mangas se mezclan capas de blanco, azul y naranja. Detrás suyo hay baldes abiertos y una escalera apoyada contra la pared. El mural todavía no existe, pero él parece conocerlo de memoria.

Antes de llegar al muralismo, estudió Educación Física, trabajó como profesor de gimnasia y como visitador médico. Hijo de madre pintora y escultora y padre psiquiatra, su interés por el arte despertó desde su infancia transcurrida en el barrio natal de Floresta.

Se define, antes que artista, como un hombre de barrio.

—Nunca tuve el camino tan claro. Lo que sí sabía era que disfrutaba de la calle. En el colegio fui liero; me echaron de tres escuelas. Me quedaron tantos amigos que fui tres veces de viaje de egresados.

En 1994 Segatori viajó a la Bienal de San Pablo donde entró en contacto con la prolífera comunidad de grafiteros brasileños que le enseñaron distintas técnicas. Allí aprendió a usar el aerosol, aunque no encontró inmediatamente su lugar.

—Al principio sentía que no era lo mío, no le terminaba de agarrar la mano al aerosol. Después me hicieron hacer un grafiti, era la imagen de una revista… Quedó bastante bien. Arranqué con esto que terminó convirtiéndose en mi gran pasión.

En aquellos años, las intervenciones callejeras eran poco frecuentes en Buenos Aires.

—No había cultura del grafiti. Más allá de alguna pintada de fútbol, no era común ver estas cosas. Pintaba sin cobrar un peso y pagando los materiales de mi bolsillo. Y como no había internet, estudiaba las ilustraciones de las revistas importadas.

Más de una vez fue señalado como un continuador del legado de Benito Quinquela Martín. La comparación no pasa tanto por la estética como por la relación con el territorio.

Quinquela mencionó alguna vez: “La Boca es mi taller, mi refugio y mi modelo. En mi vida y en mi arte permanecí siempre fiel a mi gente, a mi puerto y a mi barrio.”

También dejó otra frase:

Cuanto hice y cuanto conseguí, a mi barrio se lo debo (…) no las considero donaciones, sino devoluciones.”

La idea de devolver atraviesa buena parte de la tradición cultural de La Boca. El éxito no aparece como una salida definitiva del barrio, sino como una forma de regresar a él con nuevas herramientas.

Segatori no habla en esos términos. Prefiere definiciones más sencillas.

—Hay una identidad argentina que está en constante mutación y movimiento. Tiene que ver con la pluralidad de razas, la aceptación de distintas maneras de pensar y formas de hacer las cosas.

El arte popular argentino siempre trabajó con esa materia. No con héroes lejanos, sino con obreros, inmigrantes, futbolistas, músicos, vecinos y escenas comunes. En Berni, el mundo de Juanito Laguna; en Carpani, los trabajadores; en Quinquela, el puerto y sus hombres. Alfredo pertenece a otra generación, pero conserva algo de esa tradición. Sus murales no nacen en estudios cerrados ni están pensados para un espectador único. Forman parte del paisaje urbano y conviven con la vida diaria del barrio. El tango, los bares, las conversaciones largas y ciertas historias mínimas que sobreviven en las esquinas. La ciudad sigue siendo la principal fuente de inspiración.

En una época donde las imágenes circulan con una velocidad inédita y las referencias culturales parecen repetirse de una ciudad a otra, el mural conserva algo singular: sigue perteneciendo a un lugar específico. No puede separarse de la pared que lo sostiene ni del barrio que lo rodea.

Acaso allí resida una forma de soberanía cultural. No la de los discursos, sino la de las prácticas cotidianas; la de una comunidad que todavía encuentra en sus propios símbolos una manera de reconocerse.

La definición evita la nostalgia. La identidad, para él, no es una pieza inmóvil ni una herencia que deba conservarse intacta. Se parece más al barrio donde trabaja: cambia, incorpora nuevas voces y, aun así, mantiene ciertos rasgos que permiten reconocerlo.

Los primeros trabajos pagos llegaron por recomendación.

—Empecé en los bares y de a poco me fui haciendo un nombre. Los mismos trabajos te van llevando. Durante mucho tiempo lo complementé con trabajos como profesor de gimnasia o visitador médico, hasta que pude dedicarme por completo a esto.

El recorrido lo llevó a trabajar en México y en Estados Unidos. Obtuvo un Récord Guinness por el mural más grande realizado por una sola persona, participó de BADA y realizó intervenciones junto al Inter Miami CF. Su obra más reciente, Mirando Miranda, es una jirafa de once pisos pintada sobre un edificio de Monte Castro.

La Boca ocupa un lugar particular dentro de ese mapa.

Allí impulsa la reapertura de la Galería Social Rimini y de Il Piccolo Vapore, dos espacios culturales independientes que abrirán nuevamente sus puertas el próximo 23 de agosto, Día de La Boca. También trabaja en La Boca 5.0, una experiencia inmersiva desarrollada junto a Visit Caminito.

Cuando habla del barrio, evita las definiciones solemnes.

—La Boca tiene una energía muy especial y es parte de mi presente.

Quizás por eso sus murales no buscan congelar una imagen del país. Se integran a la vida diaria de la ciudad. Permanecen expuestos al sol, a la lluvia y a la mirada de quienes pasan frente a ellos todos los días.

La pared que tiene delante ya no es la misma que unas horas atrás. El azul avanza sobre el cemento. Por un momento, el cielo parece haber descendido hasta la altura de los hombres.

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