Cuando el odio mata

Por Esteban Paulón

Una sociedad angustiada, un discurso público crispado, una narrativa gubernamental violenta y dos preguntas que se repiten, ¿El discurso oficial que estigmatiza y odia a las disidencias sexuales pasa del dicho al hecho? Y ¿Hay vínculo directo entre la batalla cultural y el incremento de los crímenes de odio hacia el colectivo LGBTIQ+ desde que el gobierno de extrema derecha asumió en Argentina?

Encontrar la respuesta es siempre un hecho doloroso. Porque esa respuesta se construye sobre las vidas, los proyectos y la integridad de las víctimas.

El triple lesbicidio de Barracas, uno de los primeros hechos de violencia explícita hacia las disidencias sexuales en la era Milei, es un caso emblemático que muestra hasta qué punto al incremento de las narrativas de odio en la sociedad, le sigue el incremento de los actos odiantes concretos.

Y cómo un país en el cual las principales autoridades gubernamentales, y numerosos referentes de quienes acompañan las políticas del oficialismo funcionan como propaladoras de odio, puede virar de una referencia internacional en materia de derechos humanos hacia otro lugar más violento e inseguro.

El ataque que terminó con las vidas de Pamela Cobas, Roxana Figueroa y Andrea Amarante, y produjo secuelas imborrables en Sofía Castro Riglós, se inscribe en ese nuevo paisaje de crueldad que ha instalado Javier Milei de la mano de la “batalla cultural” que no es otra cosa que una coartada para recortar derechos, perseguir a referentes de la oposición y financiar ilegalmente – vía organizaciones como la Fundación Faro de Agustín Laje – las campañas políticas de la extrema derecha recaudando fondos de empresas y empresarios.

Es en ese marco que se dio la tragedia del 6 de mayo de 2024. Y si bien el marco no explica el hecho, permite entender mejor los tiempos que vivimos. Y el riesgo al que están expuestos colectivos enteros que han sido identificados como “blancos móviles” y objetivos de la maquinaria odiante.

Es por ello que no se trata entonces de un “triple crimen” a secas, por más estremecedora que pueda sonarnos la idea. Se trata de un acto premeditado que tuvo en el centro de su planeación el odio basado en la orientación sexual de las víctimas, como si tan solo la expresión abierta de la afectividad o la sexualidad se transformara en el combustible que enciende el motor de la violencia.

Hoy, a dos años del triple lesbicidio hay un juicio en marcha. Un juicio que solo encontrará justicia si los relatos, las historias y las evidencias permiten visibilizar lo que a buena parte de la sociedad le es invisible. Y ese velo solo será corrido, esa verdad será revelada si el fallo reconoce este crimen como lo que es. Un lesbicidio.

Porque Pamela, Roxana, Andrea y Sofía encontrarán reparación y justicia si sus muertes, sus secuelas, sus dolores permiten mostrar cuán violenta es la sociedad en la que nos están convirtiendo desde el poder. 

*Diputado Nacional por el PS y activista LGBT+ .

Fuente: Contraeditorial

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