¿Quién va a cantar?

Murió Rubén  Rada, uno de los músicos más talentosos e importantes de la música latinoamericana. Y de los más queridos, sin dudas.

“Cuando yo me muera…”. Rubén Rada, con su humor e irreverencia, imaginaba su propia despedida. No quería llanto ni solemnidad: quería música, baile, color, amigos y tambores. Y acaso haya pocas maneras más justas de despedirlo que la que encontró Montevideo apenas se conoció la noticia de su muerte.

El miércoles por la noche, pocas horas después de que se confirmara el fallecimiento del Negro Rada a los 83 años, cientos de personas se reunieron espontáneamente en las calles Isla de Flores y Minas, en los barrios Sur y Palermo, con tambores y canciones. La despedida se extendió durante la madrugada y tuvo justamente al candombe como protagonista. El gobierno uruguayo decretó duelo oficial y dispuso honores fúnebres para quien se había convertido, mucho más que en un músico popular, en una parte de la identidad cultural del país.

La reacción de sus colegas y del público fue igualmente contundente. Desde Uruguay y Argentina se multiplicaron los mensajes de admiración, afecto y respeto. Charly García, Ciro Martínez, Hugo Fattoruso y numerosos artistas de distintas generaciones se sumaron a la despedida de un músico cuya influencia excedió largamente las fronteras uruguayas. Y es que fue él mismo quien siempre se encargo no solo de expresar admiración por maestros o colegas, sino por alentar a jóvenes y artista emergentes. Siempre con la música como canal.

Rada había nacido en Montevideo en 1943 y comenzó a cantar desde niño en comparsas de negros y lubolos. En los años sesenta fue parte de Los Hot Blowers y, junto a Eduardo Mateo, de El Kinto, una experiencia fundamental para la creación del candombe beat. Después llegaría Tótem y, más tarde, Opa junto a los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, llevando el candombe hacia el jazz, el rock, el funk, la samba y la bossa nova. Su extensa carrera solista terminaría de convertir aquella búsqueda en un lenguaje propio.

Por eso la dimensión de su obra quizás todavía no haya sido completamente comprendida. Rada tenía algo que podía resultar engañoso: hacía parecer fácil lo extraordinariamente complejo. Su personalidad carismática, su humor, su enorme simpatía y esa manera de hablarle al público como si estuviera conversando con un vecino podían hacer olvidar al compositor, al cantante y al percusionista que había detrás.

Rada no tuvo formación académica musical. Pero aprendió escuchando. Aprendió de Pedro Ferreira, de los Fattoruso, de Eduardo Mateo, del carnaval, del jazz, del rock, de la música brasileña y, sobre todo, de una práctica musical profundamente popular. Tenía una facilidad extraordinaria para encontrar melodías y una capacidad casi instintiva para hacer convivir lenguajes que, en otras manos, podían parecer incompatibles.

Por eso Rada fue mucho más que un extraordinario cantante de candombe. Fue uno de los grandes traductores musicales de América Latina: alguien capaz de llevar una tradición nacida en los barrios negros de Montevideo hacia otros lenguajes y otros públicos sin quitarle identidad. La Academia Latina de la Grabación lo reconoció en 2011 con el Premio a la Excelencia Musical.

Rada fue tan grande que algún día le diremos a los uruguayos que era argentino. Pero su sonrisa, como de Gardel, es del mundo entero. Y su música, del universo.

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