El peor jugador del Mundial

Mientras la Selección Argentina atravesó el Mundial con una mezcla de fútbol, orgullo y un fuerte consenso popular, Javier Milei siguió acumulando errores políticos en una cadena de episodios que incluyó contradicciones sobre Malvinas, anuncios improvisados, intentos frustrados de capitalizar el triunfo y una agenda legislativa que terminó alterándose en medio del clima mundialista. Un ejemplo más de las dificultades que tiene para interpretar los pocos acontecimientos capaces de generar una identificación transversal entre los argentinos.

Como todos saben, tras el partido frente a Inglaterra, varios futbolistas desplegaron una bandera con una consigna que forma parte del consenso histórico argentino: «Las Malvinas son argentinas». La imagen recorrió el mundo y fue celebrada en el país, pero también generó reacciones en el Reino Unido y derivó en una investigación de la FIFA a partir de denuncias por una supuesta utilización política del evento.

En lugar de respaldar de manera inmediata un gesto que expresaba una posición sostenida por todos los gobiernos argentinos desde el retorno de la democracia, Milei eligió un camino ambiguo. Señaló que «la política no debía apropiarse de la fiesta del fútbol», una definición que fue leída como un intento de despegarse de la bandera exhibida por los jugadores. Inclusive tuvo un twit donde quiso arrogarse cierta política diplomática en lugar de “berrinches adolescentes de termos mononeuronales”, que fue interpretado casi como un insulto al propio plantel.  El problema para el Presidente fue evidente: durante años había reivindicado públicamente a Margaret Thatcher y había sostenido que debía respetarse el principio de autodeterminación de los habitantes de las islas, posiciones que chocan con la política de Estado que la Argentina sostiene desde hace décadas respecto de la soberanía sobre Malvinas. Horas después, Milei terminó respaldando el reclamo histórico. Pero la escena ya había dejado una imagen difícil de revertir: otra vez el Presidente aparecía corrigiendo sobre la marcha una posición que había quedado desfasada respecto del clima social.

Ese episodio tuvo consecuencias más allá del plano simbólico. Mientras el país siguió pendiente del Mundial, el Gobierno optó por desactivar otras discusiones incómodas de su agenda parlamentaria. Entre ellas apareció la postergación del tratamiento de la Ley de Tierras, una iniciativa que, en medio del renovado sentimiento patriótico despertado por Malvinas, prometía convertirse en un nuevo foco de conflicto político.

El segundo gran error llegó con los “festejos”. Apenas concluido el torneo, desde el Gobierno comenzaron a circular versiones sobre una recepción oficial en la Casa Rosada. Milei buscaba repetir una de las fotografías más codiciadas de cualquier presidente argentino: compartir el balcón con la Selección campeona y, especialmente, con Lionel Messi.

En ese contexto apareció el anuncio de un feriado nacional para facilitar la celebración popular. Sin embargo, la medida nunca terminó de consolidarse. El Gobierno envió señales contradictorias, distintos funcionarios ofrecieron versiones diferentes y finalmente quedó claro que la decisión dependía, en buena medida, de la voluntad del propio plantel. La foto tampoco ocurrió. Los jugadores-que no responden mensajes al Gobierno y que estarían enojados- eligieron otro esquema. Messi no participó de una recepción oficial y la Casa Rosada quedó sin la imagen política que buscaba construir.

Todo esto mientras, fuera de las fronteras argentinas, se desarrolla una fuerte campaña de hostilidad en redes sociales. Tergiversaciones sobre un supuesto racismo histórico y la extraña idea que nos ubica como un país sionista pero a la vez nazi. Y en toda esa confusión, Milei es algo así como Nahuel Molina apareciendo en todas las fotos de goles en contra. Desde su asunción, Milei construyó una proyección internacional asociada menos a la defensa de intereses nacionales que a la confrontación permanente. Sus insultos a mandatarios extranjeros, los ataques sistemáticos contra periodistas y artistas, las descalificaciones hacia organismos internacionales, sus declaraciones contra migrantes, las expresiones consideradas homofóbicas y transfóbicas por organizaciones de derechos humanos, y un discurso político basado en la lógica del enemigo fueron consolidando una imagen que trasciende las fronteras argentinas. A eso se suma un alineamiento casi incondicional con el gobierno de Benjamin Netanyahu incluso en medio de las fuertes críticas internacionales por la ofensiva militar sobre Gaza. En ese contexto, el Gobierno carece capital simbólico necesario para disputar ese relato desde una posición de autoridad moral.

Durante este Mundial, mientras la Selección jugó un torneo casi perfecto dentro del campo, Javier Milei acumuló errores fuera de él y desperdició cada oportunidad para representar un sentimiento colectivo que va más allá de cualquier bandera partidaria. Quizá en este caso,  valga mencionar ese video que tanto circula en estas horas con los jugadores saliendo a la final y el Dibu Martines pidiendo que “hacia adelante, no hacia atrás”. Contrariamente a la entrañable Scaloneta, Milei es uno de esos jugadores que no solo patea en contra por incapacidad sino porque le conviene. Y no es teoría conspirativa: es evidencia de alguien que odia esta camiseta.

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