El domingo 1 de marzo de 2026, el presidente Javier Milei inauguró el 144° período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación Argentina fiel a su estilo: violento, obcecado y lejos de cualquier equilibrio. La tradicional ceremonia, que debería ser un acto institucional de repaso del estado del país y anuncios de proyectos de ley, se transformó en un monólogo confrontativo que delineó con crudeza el rumbo que el gobierno busca profundizar: ampliación del ajuste, ataque a derechos laborales y polarización extrema del debate público.
Milei dedicó buena parte de su intervención a presentar una batería de reformas estructurales que, según dijo, “modernizarán” la Argentina. Entre ellas anticipó cambios en los Códigos Civil y Comercial, penal, aduanero, y el sistema electoral, así como la profundización de políticas de apertura económica y reducción del Estado.
Sin embargo, el corazón de la agenda inmediata es la reforma laboral aprobada días antes por el Senado, considerada una de las más profundas y regresivas en medio siglo. Ese paquete —respaldado por el oficialismo— flexibiliza las condiciones de trabajo al permitir jornadas de hasta 12 horas, abaratar despidos, limitar el derecho de huelga y desplazar la negociación colectiva hacia convenios empresariales.
Lejos de un tono moderado, el discurso de Milei se caracterizó por una violencia retórica inédita en este tipo de actos institucionales. Durante más de una hora, interrumpió su propio libreto para insultar y descalificar a legisladores kirchneristas y opositores con expresiones como “manga de chorros”, “ignorantes”, “asesinos” y otros adjetivos que incendiaron el recinto. «Kukas, me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar», vociferó con la misma ferocidad de un usuario anonimo y desbocado en twitter.
El presidente llegó incluso a asegurar que su adversaria política histórica, Cristina Fernández de Kirchner, hoy arrestada por causas de corrupción, “va a seguir presa”, utilizando ese hecho como símbolo de una supuesta victoria moral sobre sus oponentes. Desde la impunidad que lo caracteriza, actuó como si olvidara las coimas en Discapacidad que involucraban a Karina Milei, la estafa de la criptomoneda denominada $Libra y otras operaciones sospechosas relacionadas con aliados cercanos al Gobierno.
Otro de los momentos más tensos de la noche, fue cuando Milei interrumpió su exposición para cruzar directamente a la diputada Myriam Bregman, quien lo cuestionaba desde su banca. Lejos de mantener el tono institucional, Milei la descalificó con un apodo burlón —“Chilindrina troska”— y la desafió desde el estrado con un “Dale, seguí llorando, Chilindrina, dale”.
La ceremonia marcó, ante todo, la voluntad de consolidar un estilo de ejercicio del poder que privilegia la confrontación política y la ruptura de consensos.
