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¿Qué falló? ¿Qué salió mal?

Por Simón Primo

El tiempo nos da tiempo a todo, y ahora es el tiempo de reflexionar. Eso nos puede salvar de la desesperación recurrente, de la frustración que siempre nos hace retroceder casilleros, y es además una parte importante del trabajo que implica vivir en este mundo. Porque, si somos capaces de hacerlo, entonces tenemos que hacerlo. Eso no significa, sin embargo, reprimir lo que sentimos o negar nuestras emociones; más bien lo que nos conviene es recibir esas emociones y empezar a interrogarlas, extraer de ellas la parte útil y necesaria para aprender a mejorar en el sentido que más nos conviene.

Enfrentar las adversidades con esta mentalidad no es común ni normal, pero es lo más saludable y de eso se trata todo. Cuando la situación política del país nos enfrenta de manera irreconciliable, lo urgente es aceptar la realidad y dejar de fingir que se puede llegar a un acuerdo armónico bajo estas condiciones. La grieta sigue viva, y se defiende como un animal asustado. Debemos aprender a respetarla porque, nos guste o no, existe por un motivo y tiene el propósito de enseñarnos todo lo que necesitamos aprender si realmente queremos superarla. El día que su función haya terminado, ya no la vamos a tener y tal vez incluso la vamos a extrañar.

Porque, así como nadie se las sabe todas, tampoco a nadie le toca arreglar el país. Al país le toca arreglar el país, y a cada cual le corresponde comenzar a poner la mirada en su propia casa; en aquellas cosas que ya sabe que debe mejorar para sí mismo y que siempre quedaron postergadas. Toda la vida dijimos: «Cuando tenga tiempo me voy a encargar de hacer esto y lo otro». Después llegó la pandemia y algunos lo hicieron e incluso más todavía, otros lo intentaron, otros ni siquiera eso. Pero durante la pandemia no todos fueron tan sabios de mirar hacia adentro, y las frustraciones que se sembraron durante ese tiempo son los votos que ahora se cosecharon. Con esta pandemia por otros medios vuelve la posibilidad de poner la mirada en lo que está cerca, en lo que nadie más que nosotros puede arreglar porque a nadie más beneficia. Tal vez el liberalismo haya llegado para enseñarnos a ejercitar estas cosas, y para que aprendamos a superar el prejuicio de que focalizar sobre lo propio es un acto de egoísmo. Cada cual debe hacer lo que cree que le conviene, lo que se siente llamado a hacer, y eso es lo justo. Hay que aceptar las consecuencias, porque los premios son consecuencias. Trabajando en estas cosas, quienes ya tienen la capacidad para comprender el poder de lo colectivo se van a organizar y compartir los beneficios de sus aprendizajes. La lección va a ser mucho más dura para quienes no se hayan forjado esta herramienta durante los años buenos, pero eso es problema de ellos.

Lo importante aquí es comprender que la democracia falló. Falló a favor de sí misma para demostrarnos que funciona, que es un sistema libre de fraude y que no necesitamos cambiarlo por otro más moderno pero menos confiable. Nada salió mal. El domingo, cuando llegó el ocaso de un gobierno, los argentinos nos reunimos y cada uno eligió con honestidad y rectitud, poniendo entre todos un poquito de sí mismo para que pudiera nacer un gobierno nuevo. Ese es el milagro de la democracia, y lo hicimos entre todos. Ahora debemos festejar, porque para estar mal todavía hay tiempo.

¿Lo que invocamos se parece a Cthulhu? Seguramente. Los que lo llamaron van a pagar sus propios errores, así que no debemos malgastar nuestra energía con ellos, porque esa energía es la leña que tenemos para pasar el invierno y no vale la pena derrocharla ahora en una enorme hoguera solo porque estamos enojados. Los que no lo votamos vamos a tener la oportunidad de aprender quiénes son nuestros verdaderos incondicionales, nuestra verdadera familia, y eso puede ser un regalo invaluable que vamos a conservar para toda la vida.

Es normal tener miedo, porque somos humanos, pero debemos vencerlo si queremos afrontar lo que ha llegado. No justo ahora, porque ahora no está pasando todo lo que nos asusta; sino cuando el problema llegue. Ahí deberemos triunfar sobre nosotros mismos primero, así como ahora nos toca empezar a cuidarnos a nosotros mismos primero.

Durante casi un siglo los intelectuales repitieron esta frase como si fuera un reclamo al universo: «Lo viejo no se termina y lo nuevo todavía no arranca». Lo decían pensando que le correspondía a los demás encargarse de traer lo nuevo, y ahora que alguien lo trajo decimos que no nos gusta y lo queremos rechazar. Esto está pasando porque se delegó la creatividad o porque hubo miedo al éxito; y porque los pueblos que están dormidos, cuando no se animan a soñar, terminan dejando terreno para las pesadillas.

Si sabemos que van a romper el Estado y creemos en nuestra capacidad para reconstruirlo, entonces tenemos un compromiso con el día de mañana. O tal vez nos toque descubrir desde Argentina que el Estado no era necesario. Estas palabras van dirigidas a quienes leen, y entre ellos a quienes se sientan llamados a la obra del futuro. Los votantes de lo nuevo no leen para informarse, porque se comunican a través de la pasión que está en la voz y en los gestos. No podemos entenderlos porque entendemos ideas con la cabeza, mientras que ellos sienten emociones con el corazón. Y ahí donde nosotros fracasamos es donde triunfó Rebord. Los decepcionados van a escucharlo a él primero, porque fue el primero en animarse a templar la herramienta que iba a necesitar para enfrentar esto que se viene. Como es él de creído para confiar en sí mismo, así de confiados tenemos que llegar a ser y elegir creer, o resignarnos a vivir en la frustración. That is the way.


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