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Historia macrista de la infamia

Por Juan Alonso

Macri recibía a Chocobar en la Casa Rosada. Nunca se ocupó de la familia de Santiago Maldonado. Ayer el presidente recibió a la madre de Facundo Astudillo Castro en Olivos y el gobernador dijo que no le temblará «la mano». Macri mandó una carta desde Suiza sin Borges.

Macri tiene ciudadanía italiana. Es ciudadano europeo. Su secretario privado Darío Nieto fue citado a indagatoria y parece que su celular tenía cuestiones delicadas sobre Vicentin, además del espionaje ilegal. Macri puede terminar como Bannon, preso pero no en Estados Unidos.

La intención de Macri al desmentir al presidente y hablar del valor de «la palabra» es obra de la tragedia. Nadie como él destruyó el valor de la palabra en cuatro años de saqueo, represión, deuda, inflación y pobreza endémica. La oposición se negó a discutir en el Congreso.

La economía del Grupo Clarín cae y desde Cablevisión-Fibertel están tan pero tan inquietos que la señal Todo Noticias se parece a la escafandra china de la Viuda Ching y sus barcos de madera que ideó el genial Borges en «Historia universal de la infamia». 

Según ese relato, la zorra era pirata y se dedicó al saqueo de los mares de China hasta que el sol del emperador le dijo basta y envió dragones como cometas. La zorra comprendió pronto que el fin había llegado y que sus correrías terminarían ante la fortaleza del imperio.

La zorra se dedicó a comerciar opio el resto de su vida, que fue más larga que la de cualquier pirata mujer, ya que por lo general las piratas del Caribe y los mares del falso infinito morían ahorcadas a manos de los españoles, holandeses y británicos. Macri no leyó a Borges…

Cuando Borges hablaba de cuchillos se detenía en el alma de los hombres y en el tiempo como ilusión y muerte. Borges no quiso ser Borges pero lo fue. A los veinticuatro años había leído alemán, inglés y francés. Primero inventó la universalidad del malevaje criollo y después la literatura.

Se inspiró en Sarmiento, Mitre, Ascasubi, Hernández y Lugones, a quienes estudió como nadie. Borges reinventó la cultura argentina desde los arrabales hasta el Cosmos. En «El hombre de la esquina rosada» las voces llegan al tugurio tanguero del Arroyo Maldonado como cuchilladas.

Hay un herido mortal que pide tapar su agonía y un hombre atribulado que limpia su puñal como un intento en vano de borrar la memoria de las cosas. Un negro ciego toca el baile de los compadritos mientras «el mujeraje» habla en tono de los hombres que se hacían matar por nada.

Si la Viuda Ching entendía la política como herramienta de la diplomacia para lograr sobrevivir al imperio del Cielo, los malevos herederos de Don Paredes andaban en las sombras de los charcos sobre las noches con el facón en los pliegues de la ropa y el sobaco. Borges escuchaba.

La escucha de Borges era infinita como los laberintos de su memoria que lo llevó a estudiar el islandés y a descubrir que la lengua de los nórdicos era anterior al inglés y que las vocales eran como ojos abiertos en el umbral de los zaguanes entre banquitos, plantas y pasillos.

Sabía que en Once había un pasado de caballos y de sangre y que esa sangre circuló por la tierra hasta Constitución cerca del Riachuelo, aunque él gustaba andar a pie con un francés que se mató y que dijo una frase extraordinaria sobre estos paisajes: «Es vértigo horizontal».


 

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