El ritmo mundial

Cada Mundial deja una banda sonora propia. Algunas canciones nacen para acompañar al torneo y desaparecen con el último partido; otras, en cambio, son apropiadas por los hinchas, los jugadores o incluso por las propias transmisiones hasta convertirse en parte inseparable de la competencia. En Estados Unidos, México y Canadá 2026 ese proceso ya empezó a tomar forma: entre himnos improvisados, estrellas del pop, clásicos del rock de estadio y visitas inesperadas a las concentraciones, la música también está escribiendo una historia paralela.

Después de cada triunfo, los parlantes del estadio disparan Wonderwall y el plantel de Inglaterra, encabezado por Harry Kane, permanece frente a la tribuna cantando junto a los hinchas. La escena se repitió tras la goleada a Croacia y volvió a ocurrir frente a República Democrática del Congo, hasta transformarse en un ritual del equipo de Thomas Tuchel. Kane llegó a decir que fue «uno de los mejores momentos» que vivió con la camiseta inglesa.

El fenómeno trascendió la cancha. Liam Gallagher convirtió el tema en una cruzada personal desde X: celebró cada victoria inglesa, publicó mensajes alentando a la selección y volvió a alimentar, entre bromas y chicanas, la histórica rivalidad con Noel. Lo curioso es que Wonderwall, publicada hace más de tres décadas, terminó convirtiéndose en un himno futbolero sin haber sido escrita para el fútbol.

La organización, por su parte, apostó por una identidad sonora muy estadounidense. Durante buena parte de las pausas de hidratación y los cortes largos comenzaron a sonar clásicos del rock de estadio como «Livin’ on a Prayer» o «It’s My Life», de Bon Jovi. También aparecen con frecuencia Queen, Journey, AC/DC y Bruce Springsteen, una selección musical muy asociada al deporte norteamericano. El recurso puede parecer previsible, pero funciona: son canciones universales, fáciles de corear por hinchas de cualquier país y encajan con la lógica de espectáculo que Estados Unidos suele imprimirle a sus grandes eventos.

Argentina también llevó su música al Mundial. Andrés Calamaro visitó la concentración de la Selección y compartió un momento con los jugadores antes de uno de los encuentros decisivos. La presencia del músico reforzó un vínculo histórico entre el rock argentino y la camiseta albiceleste. Al mismo tiempo, «Muchachos» continúa apareciendo de manera espontánea en las tribunas, aunque ya sin la omnipresencia que tuvo durante Qatar 2022, compartiendo protagonismo con otros cantitos tradicionales.

España también mezcló fútbol y pop. Rosalía fue una de las artistas que dijeron presente en actividades vinculadas al Mundial y a la selección española, mientras que la FIFA volvió a rodear al torneo de figuras internacionales para potenciar su dimensión cultural. En las fan zones también pasaron artistas latinos como Feid, Grupo Frontera y Fuerza Regida, reflejando el peso de la música hispana en una Copa disputada mayoritariamente en Norteamérica.

Más allá de los nombres propios, el torneo parece haber consolidado una tendencia: cada selección empieza a tener su propia identidad musical. Inglaterra encontró en Oasis un himno inesperado; México sigue apelando a Cielito Lindo y la música regional; Brasil mezcla samba y funk en cada celebración; Marruecos hace sonar ritmos gnawa y pop árabe; mientras que las hinchadas sudamericanas continúan imponiendo un repertorio mucho más espontáneo que cualquier playlist oficial.

También cambió la manera en que los futbolistas se relacionan con la música. Las llegadas a los estadios con auriculares, las playlists personales compartidas en redes sociales y los videos desde los vestuarios muestran un paisaje donde conviven rap, afrobeat, reguetón, electrónica y rock. La música dejó de ser apenas un acompañamiento para convertirse en parte del ritual competitivo y también del contenido digital que rodea al Mundial.

Si Qatar 2022 quedó asociado a una canción oficial y al fenómeno global de Muchachos, el Mundial 2026 parece estar escribiendo otra historia. Una en la que no existe un único hit dominante, sino decenas de pequeñas bandas sonoras que conviven según el país, la tribuna o el momento del partido. Porque, como suele ocurrir con las grandes Copas del Mundo, muchas veces las emociones también se terminan recordando por la canción que sonaba cuando sucedieron.

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