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De virus, medios y sometimientos

Por Víctor Ego Ducrot*

Léase el presente párrafo como una suerte de introducción, de puesta en tema. Es médica de hospitales públicos en la ciudad de Buenos Aires. No quiso que su nombre conste en esta nota. Dijo: “Llegan a la consulta por síntomas que, en general, nada tienen que ver con el coronavirus. Registramos un clima de locura generalizada, voy a verlos o ellos me vienen a ver, aterrorizados, descontrolados. Los esfuerzos para tranquilizar a esos pacientes nos demandan casi más tiempo que otras tareas propias de la contingencia. Reiterar una y otra vez que el coronavirus es algo serio, que hay que acatar todas las instrucciones sanitarias para impedir que la cadena de contagios se expanda. Que hay que estar alertas, pero sin miedo. Que los cuidados especiales deben ir dirigidos a las poblaciones de mayor riesgo, los llamados adultos mayores con afecciones preexistentes. Que la inmensa mayoría de los casos ni siquiera requiere de internación. Que sí, estemos alertas porque se trata de una pandemia pero no todos vamos a morir, ni mucho menos. Todo eso hay que repetirlo y lo haremos cuánto haga falta, pero también sugiero otra medida de prevención: por favor no vean televisión, no sintonicen los canales de noticias; son algo así como un virus letal que desinforma y aterroriza”.

Al momento de pensar y escribir, las estadísticas globales siguen más o menos constantes.

Por ahora, un número relativamente bajo de afectados en relación al total de la población mundial, aunque ciertas predicciones, como la enunciada por la canciller Angela Merkel –dijo que se infectaría entre el 60 y 70% de los alemanes–, son inquietantes. Continúa rondando el 80% el promedio de los casos de contagiados que apenas si requieren paliativos médicos, y la mortalidad es muy baja en tanto se hable de pandemia, se ubica aproximadamente entre el 2 y el 3%, en especial entre los mayores de 65 años de edad con antecedentes de patologías respiratorias y otras, como diabetes y la obesidad.

Más abultadas son las cifras respecto de otras epidemias o endemias que afectan a nuestro país y a América Latina, donde males como el dengue y el sarampión entre otros son muy difíciles de controlar.

Según los últimos datos de Salud de la Nación, desde el 31 de diciembre hasta el 2 de marzo se notificaron 6.991 casos con sospecha de dengue. Uno de los distritos con mayor concentración de dengue es la Ciudad de Buenos Aires, y cada semana la enfermedad crece sustantivamente. Desde el 1 de enero hasta el 13 de marzo, se contabilizaban 1.749 casos. Al 17 de marzo se contabilizaban cinco muertes en lo que va del año.

Respecto del sarampión, las mismas autoridades federales informaban a fines de diciembre último: El actual es el peor brote de la enfermedad registrado en el país desde el año 2000. La última muerte había sido en 1998 y desde entonces se reportaron casos importados o relacionados con la importación, brotes que pudieron controlarse antes de los doce meses, por lo que se evitó perder el status de “país libre de sarampión” alcanzado en 2000 y certificado en 2016 por la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

En Argentina y solo de gripe, la agencia de noticias Telam informaba a fines de febrero que fallecieron 32.000 personas, según las últimas estadísticas anuales. En las redes sociales, y sin evitar un comentario crítico, el sociólogo y doctor en Comunicación por la ULP Aritz Recalde citaba en las últimas horas datos de un informe del ministerio de Salud de la Nación, correspondiente a diciembre de 2019 y con datos de 2018: “En todo el país tuvieron lugar 633 decesos por tuberculosis, 156 por hepatitis viral, 1.339 por HIV y 280 por meningitis. Se produjeron 31.916 muertes por neumonía e influenza (gripe), con un promedio de 2.659 mensuales y 88 diarias, concentradas en los meses fríos. Cuando escucho el pánico frente a las estadísticas de Italia me convenzo de dos cosas: las personas no conocen los datos de salud del país y de qué realmente se pueden contagiar, y un sector importante de la dirigencia hace tiempo que instala agendas de salud (que poco tienen que ver con el pueblo)”.

Las campañas de contención de la pandemia se han convertido en causa central en casi todo el mundo y se insiste en que la sociedad mundial debe cumplir con cada una de las recomendaciones y disposiciones sanitarias, pues se trata de una cepa de virus aún sin vacunas disponibles, más allá de que tanto desde Estados Unidos e Israel por un lado, como de Cuba, Rusia y China por el otro se informa que están trabajando en su búsqueda y creación.

En ese sentido, el Diario del Pueblo, órgano oficial del Partido Comunista de China informó que una “nueva vacuna recombinante contra el COVID-19 ha sido aprobada para los primeros ensayos clínicos en humanos. Dicha vacuna ha sido desarrollada por el epidemiólogo chino Chen Wei e investigadores afiliados a la Academia de Ciencias Médicas Militares de China. Está previsto que las pruebas comiencen esta semana e involucren a 108 personas sanas”.

Y sigamos, primero con algunas apreciaciones conceptuales. En cada ciclo lectivo, cada seminario o conferencia en tanto docente de la Universidad Pública –también cuando escribo– trato de comenzar con un enunciado de sinceridad, de honestidad intelectual, y no porque me considere un señor bueno y noble sino porque entiendo que hay mandatos a los que rendirle tributo, líneas de pensamiento con las cuales se debe ser consecuente: el método para la producción y distribución de conocimiento, es decir el “texto”, y así entre comillas porque en nuestros días puede ser escrito o multimediático, surge siempre en clave de ensayo, según los términos que planteara Michel de Montaigne; y por ello esto de la primera persona, siempre repudiada por el canon monográfico de la academia y por la falacia del “just the facts” de la prensa profesionalizada una vez consolidada la hegemonía burguesa, entre las postrimerías del siglo XIX y las primeras señas del XX, y justamente por ser una escritura del propio cuerpo, entonces siembre subversiva.

Se trata entonces de escribir desde el cuerpo y la propia experiencia en coexistencia con otras colectivas, pues todas pasan a ser “fuentes” o “documentos”, porque las dolencias físicas y angustias propias forman parte de eso que denominamos materiales de trabajo para nuestros textos, los que luego se convertirán en tantos como lectores tengan. Así aún hoy continúa enseñando el maestro francés de la segunda mitad del lejano siglo XVI.

En esa línea quizá resulte interesante apelar a una letra de tango que tiene carácter freudiano, por aquello de “primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, y al fin andar sin pensamiento”, pero sin dejar de lado cada una de nuestras felicidades y alegrías, aunque todo esto suene por fuera del campo, como podrán decir los colegas más amantes de los académico.

Entonces. Nací cuando promediaba el siglo XX, el mismo que Eric Hobsbawm no duda en caracterizar, en forma parcial, como una “era de catástrofes”. No viví las que él en su libro sobre la centuria pasada analiza en tanto guerras globales, pero sí otras, y enfermedades graves, muertes y persecuciones. Y seguro que el juego de sombras y máscaras entablado entre ilusiones, pensamientos mágicos y salvadores, fortunas de las causalidades y la casualidad, y aciertos de la ciencia, hizo que aquí esté uno, como tantos otros sufrientes, tratando de descular qué nos pasa con esto del coronavirus, desde la comunicación, a partir de reflexiones teóricas en torno a nuestras disciplinas en diálogo, siempre.

Entre ellas y desde la cátedra de Historia del Siglo XX de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, pensada y desarrollada en forma puntual para ese campo y no para estudiantes de la carrera de historia, no pueden quedar fuera las siguientes ideas de trabajo.

Por un lado, el concepto de “historia inmediata”, de acuerdo a lo expuesto por Jean Lacouture, otro francés pero casi contemporáneo, en un artículo que forma parte del libro “La historia y el oficio del historiador” (edición cubana), concepto ese que explica las a veces difusas fronteras entre los haceres del historiador y los del periodista.

Por el otro: “Una red es una serie de conexiones que ponen a unas personas en relación con otras. Esas conexiones pueden tener muchas formas: encuentros fortuitos, parentescos, amistad, religión común, rivalidad, enemistad, intercambio económico, intercambio ecológico, cooperación política e incluso competición militar. En todas estas relaciones las personas comunican información y la utilizan para orientar su comportamiento futuro. También comunican o traspasan tecnologías útiles, mercancías, cosechas, ideas y mucho más. Asimismo intercambian enfermedades y malas hierbas […] que afectan a su vida y a su muerte. El intercambio y la difusión de esa información, así como las respuestas humanas a todo ello, dan forma a la historia”. Se trata de un párrafo tomado del libro “Las redes humanas: una historia global de mundo” (2003), de William H. McNeill (Universidad de Cambridge) y John R. McNeill (Universidad de Georgetown).

En sus respectivas conclusiones y tras abordar en el último capítulo de la obra el sistema de redes humanas en los actuales tiempos globales, sus autores afirman: “Resulta irónico que para preservar lo que tenemos, nosotros y nuestros sucesores debamos cambiar nuestras costumbres, aprendiendo a vivir en una red cosmopolita y en varias y en diversas comunidades primarias […]. Vivimos en la cresta de una ola que está a punto de romper. La buena suerte, la inteligencia y una tolerancia difícil de alcanzar tal vez impidan que la red se haga pedazos […]”. Y: “Durante algún tiempo hemos influido en nuestro entorno más de lo que él influía en nosotros, y puede que pronto podamos dar forma a los genes más de los que ellos pueden darnos forma a nosotros. Tendemos en nuestras manos la evolución biológica, además de la cultural. Mucho dependerá de a quién pertenezcan esas manos”.

En la actualidad, las redes humanas trasportan enfermedades de hoy, con los efectos que no son los mismos que provocaban las pestes anteriores a la irrupción masiva de antibiótico, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial, y al desarrollo científico técnico aplicado a la salud. Y como se trata de un plexo complejo de interconexiones perteneciente al sistema capitalista –imperialista global, sus comunicaciones todas– las enfermedades y las pandemias también se explican en el marco de ese paradigma productivo y de distribución de bienes materiales e intangibles, e “irracional” en el sentido de su carácter agresivo contra el medio ambiente y la sustentabilidad misma de la Tierra.

Que el coronavirus se haya manifestado primero en China no contradice esa reflexión sino que, por el contrario, confirma la globalidad del modelo económico, social y cultural hegemónico, que sí reconoce contradicciones en su interior: allí colisionan en un choque múltiple los intereses y expectativas del planeta central (Estados Unidos, la UE, China, Rusia y el propio Japón, con sus reyertas) y los del mundo periférico, al cual pertenecemos. La presente pandemia también deber ser entendida a partir de esa lógica.

Pero por otro lado, esas mismas redes humanas, y por obra también del desarrollo tecnológico, convirtieron a la comunicación mediática expandida mediante el universo del algoritmo en la posibilidad de un virus letal, productor y organizador del miedo colectivo. Todo indica que la médica de nuestro primer párrafo, quien habla sobre la TV como virus, tiene mucho más que razón, pues desde sus pantallas hasta lo absurdo sirve como generador de disciplina social.

Pero focalicemos ahora sobre el tema medios. Al respecto de todo lo señalado hasta aquí en torno a la televisión, reproduzco algunas de las intervenciones que en los últimos días sostuve en las redes sociales.

Sobre uso y abuso de la comunicación y la prensa, cuando el Estado debería regular y punir: “En un estado de emergencia, la desinformación y la charlatanería de todo pelaje de los canales de noticias de nuestra TV son cuasi delictuales. Dizque periodistas, conductores, panelistas, invitados, conforman, todos, un virus más infeccioso que el que nos ocupa”.

Medios y fiebres sociales: “Los periodistas de la TV, que navegan entre la ignorancia y la canallada, claman por alcohol en gel, los vecinos lo demandan en bandadas, pese a que se insiste en que lo importante y suficiente es el agua y jabón. Entonces, el ‘chino’ de todos los días muestra la nueva lista que le pasó el proveedor: el mismo frasquito fue de 135 a 265 pesos”.

Televisión y embaucadores: “la TV infecta. En C5N entrevistan a una ‘periodista científica’, según el zócalo en pantalla, quien recomienda practicar meditación porque ‘está científicamente comprobado’ que baja la ansiedad y nos ayuda ante la epidemia”.

La imbecilidad en agenda: “En el virus Crónica TV un invitado charleta confronta con un infectólogo desde el ‘así dijo Infobae’, y punto. Y el conductor del programa poco menos que increpa a un médico gerontólogo que explicaba con tino por qué hay que prevenir en torno a los mayores de 65 años. Esta TV ya no es basura, es canalla”.

Esta es sociológica. Coronavirus y lucha de clases (si les parece mucho borren lo de lucha), una aproximación provisoria, sobre lo visto y oído en todos los canales, en los citados, y en TN y América: “En nuestro país y en general, porque hay excepciones, el virus entró de la mano de individuos pertenecientes a las clases medias y acomodadas, que son los que por paseo, negocios e inclusive motivos de trabajo, pueden viajar por el mundo y transitar aeropuertos. Y son individuos de esos mismos sectores los que hoy llenan sus autos en los supermercados; los que compran tanto papel higiénico que podríamos constar que entre nosotros (y veo en redes que en Gran Bretaña y España sucede lo mismo) vive una subespecie que no tiene uno si no varios culos. Y hacen que los supermercados y los formadores de precios vayan de aumento en aumento, tal cual pudo constatar el mismísimo presidente Alberto Fernández, a quien un dueño ejecutivo del sector le dijo que el domingo 15 de marzo vendió más que para Navidad. Y en tanto, la población en mayor riesgo como siempre, está entre los pobres, los desangelados, el subsuelo, que conforman casi la mitad de nuestra población. Mientras la TV aumenta el tono de sus ditirambos apocalípticos y charlatanerías, la obscenidad de los que pueden comprar y comprar se convierte en una sala de pantomimas vociferantes que tal vez ni Guy Debord pudo imaginar cuando aqual su notable texto de 1967, ‘La sociedad del espectáculo’”.

Y ahora algo acerca de realidades y virtualidades. Se trata de un escenario en el que conviven sesgos que alientan y otros que abren interrogantes con signos de preocupación.

Veamos primero lo que alienta. La utilización de las redes sociales y del mundo informatizado en general para tiempos de emergencias. Cabe destacar, en educación, los recursos destinados a que los pibes puedan continuar con ciertas actividades escolares mientras se prolongue la cuarentena, gracias a las plataformas específicas que anunció el gobierno nacional. También la consideración de cómo todos esos nuevos instrumentos son de utilidad para la comunicación política y social en escenarios de conflictos y para difundir como nunca antes y en forma participativa las iniquidades de un planeta cada día más injusto.

Y ahora lo preocupante, aunque antes de apelar a otro post, esta vez en clave de dolorosa burla, de ironía que quema, una advertencia general respecto de no entusiasmarse en forma acrítica con la supuesta horizontalidad democrática del algoritmo, universo ese propiedad y bajo control del diseño global de las corporaciones empresarias, en especial de aquellas con matriz estadounidense.

Ahora sí al post anunciado: “Sin lugar a dudas estamos preparados para la peste XXI, que ya tiene sus múltiples APP. Por ejemplo, como el aislamiento debe ser total, bajá en tu celular PornHube, que liberó sus servicios, y a retozar, hasta que te den las tabas. Para pasar la cuarentena más en familia, Netflix refuerza la oferta de forma que tus ojos terminen en el culo tras horas infinitas de series y películas. ¿Tenés hambre, necesitas supositorios o Uvasal; o te querés empedar para olvidarte de todo por un rato? Pues bien, Glovo y las otras explotadoras del pebetaje en bici en cualquier momento proveerá de escafandras y trajes aislantes a su gente, para que repartan y repartan a domicilio, en un pedaleo sin fin. ¡Ay qué cómodo y divertido es esto del coronavirus!, si hasta me voy a la playa en mi auto porque soy libre y qué me importa que el gobierno haya decretado no laborables para evitar la expansión del contagio; si hasta uno de los nuestros emprendió a golpes a un trabajador de vigilancia que le pedía no salir del edificio, para respetar la cuarentena. Nosotros los del poder hacemos lo que queremos, fijate que supimos hasta desaparecer a quienes nos molestaban. Claro vos jodete por ser pobre, te vas a infectar, sorry”.

Sucede que mientras acontece todo lo que este texto intentó analizar, no sé con qué éxito, uno intuye que desde las sombras del poder se está ensayando una suerte de panóptico siglo XXI. Algo así como lo que sigue, tomado de un artículo que publicara el sitio colombiano Nueva Escuela Lacaniana: “Fue Byung Chul Han (filósofo coreano de consulta creciente desde cierto pensamiento crítico) quien ha forjado recientemente el término de panóptico digital, ampliando de esa manera el concepto de la sociedad de control de Michel Foucault. Para ello modifica en primer término el panóptico de Jeremy Bentham (1748-1832), en varios puntos. En primer lugar la mirada panóptica deja de ser perspectivista y centralizada. Ya no existe un ojo vigilante con la capacidad de mirar sin ser visto, mientras los moradores de las celdas se saben observados y sin posibilidad de comunicarse entre sí, en aislamiento. Estas características con las que identificamos al panóptico clásico han cambiado en el mundo 2.0, pero no su existencia, que se ha reforzado. La iluminación en el mundo digital viene de todos los puntos posibles”.

O como recordé en un reciente artículo que publicara en el diario Perfil. Uno de los pensadores más significativos de la actualidad, el italiano Giorgio Agamben, de quien cada día más maravillan sus trabajos sobre el rol de los juguetes en el trazado narrativo de la Historia, expresó lo suyo y con especial repercusión, toda vez que Italia está en el ojo furioso del huracán pandémico.

En el artículo –“La invención de una epidemia”, difundido a fines de febrero último–, sin desconocer la gravedad de la situación sanitaria global y de su país, sino reflexionando desde otra perspectiva, Agamben se preguntó: “¿Por qué los medios de comunicación y las autoridades se esfuerzan por difundir un clima de pánico, provocando un verdadero estado de excepción […]?”. Y continúa: “Hay una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno […]. El otro factor, no menos inquietante, es el estado de miedo que evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad real de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal […].

Lo que es habitual en nuestros campos de trabajo, dudas y certezas. Aunque detrás siempre la convicción de que el poder hegemónico, para el cual los dispositivos mediáticos son estratégicos, teje y desteje escenarios de dominación.

Sobre ello, algunas observaciones finales.

¿Será acaso que en el marco de las actuales políticas de aislamiento social preventivo irá imponiéndose “la realidad” que trasunta de nuestros dispositivos digitales en desmedro de la realidad de nuestros cuerpos? Estaríamos efectivamente ante el fin de la experiencia.

¿Con todos nosotros como individuos en cuarentena y en nuestras casas, conectados eso sí, será que irán ganando poder las caras y las voces que emergen de la TV y las redes, en una suerte de mundo ideal para el nuevo panóptico?

¿O el hastío y la angustia que provoca el encierro en esta suerte de prisión higiénica y domiciliaria llegarán a transformarse en fuerza subversiva?

¿Cuál es el papel que esta nueva comedia humana en ciernes propone para los condenados de la tierra, nuestros pobres de toda pobreza? ¿Acaso la asistencia y la caridad, para mantenerlos como eventual reserva?

¿Si la eclosión post China del coronavirus se hubiese registrado en Haití o en África, incluso en algún punto de nuestra Sudamérica, hubiese acaso provocado el efecto que provocan los contagios en Italia, España, el resto de Europa y en Estados Unidos, lugares que para el imaginario colectivo a expensas de aparato mediático central no forman parte del mapa del sufrimiento y el dolor? Casi tan fuera de programa e inaceptable como si todo ello ocurriese en Disneylandia.

Mientras tanto, seguiremos escribiendo desde nuestros cuerpos.


* Periodista, escritor y profesor universitario. Doctor en Comunicación por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Profesor titular de Historia del Siglo XX (Cátedra II) en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la misma UNLP. Tiene a su cargo la cátedra Análisis y Producción Crítica de Narrativas sobre Delito y Violencia, en la maestría Comunicación y Criminología Mediática, en la cual integra el Consejo Académico.

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