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De abusos e infancias

Por Griselda Casabone

“Nunca sin mi permiso”.

El quinto elemento

 

 

Hace cosa de ¿tres meses?, logré reunir, por primera vez, el recuerdo de tres abusos sexuales que padecí en mi pubertad, mi primera adolescencia.

El recuerdo no llegó doloroso ni traumático. No. Surgió como una descripción, un dato, el trámite de una memoria que recupera una anécdota de la vida y que tal vez recién en ese momento pude juntar y nombrar como uno solo: acoso, abuso.

Fue en el marco de una charla circunstancial, en esos momentos en los que el pensamiento se dispone a marchar solo. Casi como si hablara otra persona, sin lágrimas ni angustias, rememoré tres situaciones de violencia de género que protagonicé entre los doce y los dieciséis años. Era la primera vez que las veía, digamos, como partes de la misma cosa y era, también, la primera vez que las nombraba en voz alta.

La primera, a los doce, fue con un viejo de casi ¿ochenta?, que nos ¿alojaba? en su casa. No teníamos dónde caernos muertas, y el ¿abuelito? gentil, generoso, amabilísimo, nos daba cobijo a cambio de ¿nada? Una noche, como todas, debía darle el beso de las buenas noches. El viejo estaba en la cama de la última habitación del pasillo de una casa pobre, superpoblada, quedaba justo antes del comedor. Yo entré, me agaché confiada –tenía doce años, una nena, ¿no?–, el viejo verde, verde oscuro, asco, vergüenza, desparramó su jeta inmunda en mi boca chiquita.

La segunda vez, la más bizarra, fue en la puerta de una catedral. Yo tenía quince años y ¡el obispo! me manoteó una teta. Yo, ya entonces, desconfiaba de la Fe y veía en el catolicismo la hipocresía que luego confirmé. Pero mi mejor amiga era devota, y como yo tocaba la guitarra y sabía algunos coritos, la acompañaba en sus peregrinaciones por los barrios marginales llevando la palabra de Dios.

La tercera ocasión fue con un muy amigo de mi viejo. Un “tío” de esos que inventan las familias como prueba del afecto que se ofrendan los grandes. Era un anochecer de verano en el Río Dulce, mientras nos bañábamos y yo jugaba, niña aún, feliz de tener cerca a mi padre, cuando el “tío” me manotea la parte inferior de la mallita. Apenas logré apoyar los dedos gordos en el fondo barroso de ese río cálido e incierto, y en desesperado equilibrio, a fuerza de tragar agua y patinar, rodeé a mi padre y pude salir.

Más allá de lo despreciable de los tres tipos y sus vicios, lo que recuerdo son las caras neutras, las bocas deformadas, la sonrisa en los ojos como quien, de vuelta de todo, juega con la hormiguita antes de rematarla. La certeza, tal vez, de que yo no diría nada, tal como, en efecto, ocurrió.

La primera lectura –la más importante, hoy, para mí– que hago es: 1) los tres eran viejos; 2) dos de ellos eran próximos a la familia; 3) del cura, qué te puedo decir; 4) los tres hechos ocurrieron con gente alrededor, a escasísima distancia, como si en su perversión la situación generara en los sujetos una excitación extra: la de la inminencia del peligro, la trampa, la vulnerabilidad de la víctima, la seguridad de la impunidad.

En ninguna de las tres oportunidades dije nada. Nada. A nadie. Supongo que lo primero que sentí fue desconcierto, un descolocamiento que tiene su origen en lo inesperado –¿cómo vas a imaginar, a los doce años, que un abuelito te va a querer besar “como un hombre” cuando una todavía no sabe lo que es besar, ni qué son los hombres?–, que el otro anticipa y que es difícil de resolver en escasos segundos. ¿Cómo decir esa porquería? ¿Quién te iba a creer?

Cuando pude nombrar esta historia, lo hice con la neutralidad de quien cuenta el argumento de una película lejana y extraña, y junto con el relato se actualizó la sensación: volví a tener doce, quince y dieciséis años. Pero lo que vino no fue asco, ni miedo, ni vergüenza, ni humillación, ni autocompasión. No. Como la primera vez, lo que me surge es rebeldía, frío desprecio; la convicción, la omnipotente certeza de que vos a mí no me tocás nunca más, hijo de puta. Nunca más. Y fue así: al viejo no lo saludé ni le hablé más, igual que al “tío”, y nunca más pisé la catedral, cura de mierda.

De alguna manera, sentí más dolor con una traición de amiguitas ocurrida a mis cinco años y que sí, que fue tema de muchas recurrentes incursiones en la terapia. Lo de los tipos fue, más bien, una variante de la confianza traicionada, pero no me sentí víctima de esos turros, ni entonces, ni mucho menos ahora. Nunca. Fue una parte de mi magra escuelita sexual y también una advertencia: Gri, esta es “la vida”. Preparate.

Así fue, nomás, aunque de maneras más ¿sutiles?, más bien del tipo berreta: traslados en el trabajo, malos tratos por no darle bola a un jefe, acceder a sus reclamos “amorosos”. Y pagué el precio con comprensiva rabia: la vida era así, lo supe a los doce.

Esto que cuento no es una confesión tardía, ni el patético intento de morirme en paz; esas cosas se resuelven en otros ámbitos o no se resuelven nunca. Quienes me conocen me conocen. Por eso pido reserva de compasión y solidaridad; las descarto, no las necesito. Mi olvido no es negación: es justicia. Ninguna mujer merece que, además del manoseo de su cuerpo y sus ilusiones, deba cargar en la memoria el recuerdo de tamaños degenerados. En cada atropello supe, aun pequeña y sola, que mi cuerpo era mío y sólo mío, que podrían besar la boca virgen, tocar la teta virgen, bajar la bombacha y tocarte el culo, pero que la peor violencia se concreta, la verdadera derrota de la inocencia ocurre cuando logran que tu identidad se conforme a partir de estas inmundicias ajenas. “Vos, hij#, no tuviste la culpa. Ninguna”, me confortó mi niña.

Podría decir que comparto la anécdota porque de alguna manera me da orgullo la precocidad de esta fortaleza que soy y que a veces no valoro como debería, la firmeza de unas convicciones que no traicioné. Podría, pero eso es intrascendente y fatuo. Tal vez me interpelan hechos recientes, me animen los legítimos reclamos de jovencísimas amigas que expresan contundentes el hartazgo de tanto cuerpo invadido. No sé.

Necesito que l#s nen#s sepan que estas cosas –y muchos más graves, vamos– nos han ocurrido siempre a las mujeres y niñ#s, siempre, pero que NUNCA VAN A SER NORMALES, que la vida no tiene que “ser así”; que hoy ell#s pueden y deben contarnos, nombrar las amenazas y violencias que les infringen, y que LES VAMOS A CREER, porque la matriz que cosifica a mujeres y niñ#s como objeto sexual, cogible, sobre todo cuando victimiza a un/a nen# –podría ser tu hij#, tu hermanit#– sigue imperando, y nos manosea, nos viola, nos acosa, nos abusa, nos tortura, nos golpea, nos hunde en el pozo y nos mata. Pero que para algo, también, disputamos y ganamos el uso de la palabra, de nuestro cuerpo y nuestra conciencia.

Como me decía recién mi amiga Claudia: si, así como tan dispuestas nos enredamos en las cadenas de poesía tan lindas, empezáramos a nombrar las violencias que recibimos de niñ#s, a compartir nuestras experiencias, las maneras en que de alguna u otra manera hicimos equilibrios para seguir, tal vez cargaríamos con menos pesos ajenos, iluminaríamos muchos presentes y, quién te dice, empezaríamos a cambiar algunos futuros.

Que así sea, dice mi niña.

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