Por Flavio Rapisardi
La aplicación de mensajería más utilizada del planeta comenzó el despliegue global para que sus 3.000 millones de usuarios puedan chatear usando un @identificador. Cuando las corporaciones tecnológicas hacen cambios prometiendo beneficios, siempre hay que prender las alarmas y buscar la trampa por la que filtrarán su insaciable apetito de acumular en base a nuestra atención y trabajo gratuito del “like”, la simple observación, los comentarios, “nuestros diálogos” (ya son desgravados para usos de inteligencia y/o modelos de lenguaje) y navegación. La desposesión y el control avanzan.
Durante más de una década, la regla de oro de WhatsApp fue inamovible: si alguien quería chatear con vos, obligatoriamente tenías que entregarle tu número de teléfono. Ese dato, que hoy funciona casi como un documento de identidad digital (vinculado a cuentas bancarias, billeteras virtuales y registros civiles), quedaba expuesto ante un mozo, un comprador casual de internet o un completo desconocido en un grupo escolar de mamás y papás.
Para saldar esta histórica deuda de privacidad, Meta comenzó el despliegue de su cambio más radical: los nombres de usuario únicos. A partir de ahora, la aplicación permite registrar un identificador (un “alias” de entre 3 y 35 caracteres antecedido por el símbolo @) para iniciar conversaciones sin revelar el número de línea. Hasta acá todo pinta mejor. La función, que ya está disponible para reservas iniciales en las cuentas de los usuarios de manera escalonada, promete transformar a WhatsApp en una plataforma mucho más versátil y cercana al modelo de Telegram o Discord.
Según explicó Alice Newton-Rex, jefa de producto de WhatsApp, la medida busca dar “control absoluto sobre cómo elegimos aparecer”. Las claves del nuevo sistema se resumen en tres ejes:

En primer lugar, la aplicación no tendrá directorio público: a diferencia de Instagram o X, WhatsApp no tendrá un buscador abierto para “adivinar” usuarios ni sugerirá cuentas. Para hablar con alguien por primera vez, vas a tener que conocer su @nombre exacto, escanear su código QR o clickear un enlace directo provisto por esa persona.
En segundo lugar, se usará una “llave de usuario” (Username Key): para evitar que extraños te saturen a mensajes probando nombres al azar, Meta diseñó una capa de seguridad opcional: una especie de código o PIN que el emisor deberá ingresar obligatoriamente junto al nombre de usuario para poder abrir el chat por primera vez.
En tercer lugar se respetará el historial: quienes ya tengan tu número de teléfono agendado seguirán comunicándose con vos como siempre. El alias opera estrictamente como una máscara de privacidad para nuevos contactos.
Todo parece fantástico, pero hay un reverso de la moneda: aunque la privacidad sale ganando, los especialistas en ciberseguridad advierten que abrir la puerta a los nombres de usuario genera un ecosistema ideal para ciertas modalidades de fraude que antes eran más difíciles de ejecutar.
El principal es el llamado “dilema de la identidad”: al desligar la cuenta de un número telefónico visible, el proceso de verificación humana se vuelve más abstracto, facilitando el engaño de tres formas:

1.- Por suplantación de identidad (spoofing), en tanto permite la proliferación de cuentas creadas con alias idénticos a marcas, soporte técnico o figuras públicas usando caracteres similares (como cambiar una “L” minúscula por una “I” mayúscula), dando lugar a la creación de los ejércitos de troles con los que los gobiernos autoritarios vienen jaqueando todo intento de debate y crítica.
2.- El aumento de ciberestafas y robo de datos (phishing) a usuarios desprevenidos que creen hablar con una entidad oficial que se pretenda oficial.
3.- Ampliación del ciberacoso y “trolling facilitado”, ya que al no necesitar una tarjeta SIM real para dar la cara públicamente, se reduce el costo de crear identidades descartables: más soldaditos bots, lo que empeora por la mayor dificultad para rastrear judicialmente a acosadores o extorsionadores en grupos comunitarios grandes.
4.- La aparición de la “fiebre del oro” de los alias que ya comenzó en tanto usuarios que reservan nombres de marcas registradas o palabras codiciadas para luego revenderlas en el mercado negro, una nueva especulación y dolores de cabeza legales para empresas (principalmente pequeñas, autónomos o emprendedores) que no lleguen a registrar su nombre a tiempo.
Para el usuario común, la actualización es un avance clave: ya no habrá que dar el teléfono para coordinar una compra por alguna plataforma, hablar con un cliente o sumarse a un grupo masivo de la facultad. Sin embargo, el precio de esa comodidad será una dosis extra de escepticismo y controles que deben llevar a que asumamos qué costos estamos decididos a seguir pagando por “estar en línea” y la atención capturada.
La Yihad contra las Industrias de la Distracción y el Club de Ocio en Argentina o el más ludita Summer Lud en EE.UU. vienen poniendo en práctica micro experiencias de resistencia que se sugiere visitar. En el nuevo WhatsApp de los nombres de usuario, comprobar con quién estamos hablando realmente será más necesario que nunca, por lo que las ventajas aparentes se vuelven a diluir en un Cámara Gessell en la que del otro lado están los ejércitos de orden global imperial.
Fuente: Contraeditorial
