Por Flavio Rapisardi
Durante casi dos décadas, existió en las sombras una organización que reunía a senadores, secretarios del Tesoro, magnates tecnológicos y actores de Hollywood. Se llamaba Dialog. Nadie hablaba de ella. Hasta que esta semana una investigadora de seguridad expuso lo que sus fundadores habían protegido con tanto celo: la lista de sus miembros.
Dialog fue fundada por Peter Thiel y Auren Hoffman. No tiene sitio web accesible al público ni una membresía formalmente declarada. Se describe como una serie de reuniones a puertas cerradas que reúne a ejecutivos, funcionarios electos y académicos. En otras palabras: una élite que delibera sobre el mundo sin que el mundo pueda deliberar sobre ella. Continuidades y rupturas con grupos como la Comisión Trilateral o la Sociedad Mont Pelerin: allí multimillonarios planifican el futuro mientras las organizaciones populares, progresistas y de izquierda se dedican a las luchas intestinas o la búsqueda de axiomas de la práctica política que, por ser tal, solo requiera más y más conversaciones, organización y valentía.
El poder que no rinde cuentas
La organización ha sido comparada también con otras iniciativas como el Grupo Bilderberg y el Foro Económico Mundial. La revista Forbes la describe como “Bilderberg se encuentra con un salón de Silicon Valley” La comparación no es casual ni inocente. Estos espacios comparten una lógica común: la de que ciertas conversaciones son demasiado importantes —o demasiado delicadas— para ocurrir a la vista del público, es decir, al escrutinio popular y la transparencia. Ahora bien, Bilderberg, Mont Pelerin, Trilateral, la Red Atlas, el Club Bohemian (solo de varones) comparten una anatomía: sus corazones están a la derecha.

Entre los participantes reportados en Dialog figuran el secretario del Tesoro Scott Bessent, el senador Ted Cruz, Jared Kushner, Elon Musk, Larry Summers, Eric Schmid, Ezra Klein y los “locales” –de argentinos solo tienen el DNI y pasaporte- Marcos Galperín y Wenceslao Caseres. La lista internacional, es larga, aunque no tanto. No es un grupo ideológicamente homogéneo, lo cual podría parecer un mérito, pero política y éticamente son todos del mismo palo: millonarios, autoritarios y de una ambición que no desconoce el límite de la casa común. Dialog como todos estos grupos son una task force de negociación privada entre personas con poder desproporcionado.
El sistema de calificaciones: la meritocracia como jerarquía opaca
Uno de los detalles más reveladores del leak es el sistema de puntaje interno. El monto que una persona paga para asistir a un retiro de Dialog depende de las calificaciones en su expediente: quienes reciben calificaciones más bajas pagan el precio completo, que puede superar los 10.000 dólares, mientras que los mejor calificados reciben descuentos.

Josh Brolin, el personaje de Thanos de Marvel por ejemplo, recibió una calificación C por parte de la organización de Thiel. Es decir: Dialog no solo selecciona a quién invita —también jerarquiza internamente a sus miembros según criterios que nadie conoce y nadie puede cuestionar. Un sistema de ranking secreto dentro de un club secreto. La opacidad como principio fundacional.
La arquitectura del secreto como problema político
Sus defensores argumentan que la confidencialidad permite conversaciones más honestas. La preguntan es que esconden si ya es hasta son públicas las partuzas a las que Peter Thiel le gusta armar en la fiesta gay más salvaje de EE.UU: Burning Man. La naturaleza reservada de sus retiros anuales está pensada para sortear el escrutinio público y permitir que los miembros hablen con franqueza a través de líneas ideológicas y compartan ideas controvertidas que no se sentirían cómodos compartiendo en otro lugar: dime cuanto escondes y podremos cuantificar quienes serán perjudicados por tu rosca.
El argumento tiene cierta coherencia superficial. Pero es precisamente aquí donde reside el problema: cuando las personas que toman o influyen en decisiones públicas —legisladores, funcionarios, ejecutivos de empresas con contratos estatales— se reúnen en secreto, la “franqueza” que protegen no es la de los ciudadanos. Es la suya propia. Por esto la transparencia y la ética pública nunca fue bandera de los sectores concentrados de la economía y debe ser tomada y practicada por las políticas populares, progresistas y de izquierda.

No hay datos, a partir de los datos filtrados, que nos permitan saber cómo Dialog realiza su actividad política como colectivo, aunque la organización adquirió terrenos en las afueras de Washington el año pasado para construir un campus permanente. Un club privado que compra tierra cerca del Pentágono y Langley no es solo un espacio de reflexión intelectual. Es una infraestructura de poder, espionaje e imperio.
El leak como síntoma
La investigadora no binaria de seguridad Maia Arson Crimew publicó una lista de docenas de presuntos miembros, y desde entonces más información ha salido a la luz mientras distintos medios han buscado declaraciones de los nombres filtrados. Las reacciones han sido reveladoras. Algunos se distanciaron. Otros defendieron los foros como espacios de libre expresión. Pocos se preguntaron en voz alta si ese tipo de espacios debería existir en la forma en que existe.
The Guardian también reportó que el cofundador Auren Hoffman invitó a Jeffrey Epstein a un evento en 2014, tras su condena previa en Florida, aunque no está claro si Epstein asistió a algún retiro de Dialog. El detalle no debería pasarse por alto. Habla de los criterios de selección —o de su ausencia— en una organización que se arroga el derecho de decidir quién merece estar en la sala.
Dialog es exactamente el tipo de institución que hace que las conspiraciones parezcan plausibles: un grupo poderoso, sin rendición de cuentas, que delibera en privado sobre asuntos que afectan a todos. En un momento en que la confianza en las instituciones públicas está en crisis, la respuesta de ciertas élites ha sido construir instituciones aún más privadas.
El verdadero problema de Dialog no es lo que se dice en sus salas. Es que esas salas existen, y que nadie —salvo un error de configuración en un servidor— tenía derecho a saberlo, mientras las alternativas a sus planes están naufragando en una atomización y ausencia de prácticas y reflexiones con efectos verdaderamente críticos.
Publicado en Contraeditorial
