Por R.G.M.
En el «Día del Periodista», tres académicos de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP reflexionan sobre los desafíos que la inteligencia artificial y el aceleracionismo tecnológico plantean para el periodismo, la comunicación y la vida democrática.
El periodismo es libre o es…¿fake? ¿Cuántas veces al día vemos, leemos y escuchamos algo poniéndolo en duda no tanto desde el espíritu crítico como sí desde la confusión perceptiva? Desde tiempos presocráticos, estamos tratando de develar qué es verdad y qué no lo es. “Nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella”, sostenía un tal Aristóteles, precursor de aquello de que la única verdad es la realidad. Pero el 506 o en el 2000 también, la realidad no es tan evidente. Y en esta era de tecnofeudalismo o tecnofascismo, posthumanismo, saturación informativa, sobre estímulo cognitivo, racionalismo digital, algoritmos, aceleracionismo, fragmentación, corporaciones no humanas y miles de conceptos más, ¿quién reconoce la realidad?
Pues bien: aquel que no renuncie a su voluntad de examinarla. Y es que inclusive , si fuera cierto que “el hecho ha muerto”, tal asunto constituiría un hecho en sí. O la conciencia de un hecho que además de experimentar, necesitamos contar. Ahí mismo, emerge la comunicación y -aunque lo nieguen- el periodismo, como vehiculos de una voluntad que nos define como humanos. Y en consecuencia, nos hace libres.
La irrupción de la inteligencia artificial en la producción de contenidos, la circulación de información y la vida cotidiana abrió una serie de interrogantes que atraviesan al periodismo, la comunicación y la sociedad en su conjunto. ¿Se trata de una herramienta o de un mecanismo de control? ¿Puede fortalecer el trabajo periodístico o amenaza con reemplazarlo? ¿Qué lugar ocupa la experiencia humana en un escenario cada vez más mediado por algoritmos? ¿Cómo se forman las nuevas generaciones frente a tecnologías capaces de producir conocimiento, imágenes, relatos y opiniones en cuestión de segundos? Para reflexionar sobre estos desafíos, Contexto consultó a tres docentes de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP: Sandra Oliver, directora de la Tecnicatura Superior Universitaria en Comunicación Digital; Rodrigo Aramendi, director de la Licenciatura en Comunicación Social; y Luciano Sanguinetti, ex decano y actual Secretario de Extensión.
¿La inteligencia artificial es un arma o una herramienta?
La primera pregunta encuentra una coincidencia inicial: no hay respuestas simples. La inteligencia artificial sólo puede comprenderse en relación con las estructuras de poder, los usos sociales y las transformaciones culturales que la rodean. Sandra Oliver cuestiona: «La dicotomía que pretende simplificar la definición de la IA como arma o herramienta, creo que nos invita a una simplificación que obtura; obtura el pensamiento crítico, la posibilidad de pensar en contexto histórico, social, cultural. Porque en esa simplificación para muchas personas pasará desapercibido que, por ejemplo, la inteligencia artificial generativa (LLM) se creó para ser una herramienta, (la mejor herramienta actual, quizás) que tiene un gobierno totalitario, o los autoritarismos, o los gobiernos neoliberales, de derecha, para controlar». Y advierte sobre un aspecto que considera central en el debate actual: «Mientras todos seguimos discutiendo si la IA nos sacará nuestro trabajo, los gobiernos debaten cómo usarla para generar control del relato: de sus relatos».
Rodrigo Aramendi también rechaza las definiciones binarias y propone comprender la IA como una tecnología atravesada por relaciones de poder. «Ninguna de las dos cosas, o las dos a la vez: es una tecnología. Como tal, puede ponerse al servicio del desarrollo humano, mejorar la calidad de vida, ofrecer soluciones a problemas económicos, científicos, tecnológicos, que parecían sin salida. Pero sería un error pensarla como algo neutral, porque no lo es». Para Aramendi, los sistemas actuales cargan inevitablemente con los sesgos de quienes los diseñan y entrenan. «Cada sistema de IA disponible hoy fue creado, entrenado y formateado según patrones que cargan con sesgos —culturales, sociales, ideológicos— propios de las empresas y sociedades que los produjeron.» Y agrega: «Por eso, más que preguntarnos qué es la IA, valdría preguntarnos qué puede ser en cada contexto, al servicio de quién, con qué consecuencias.»
«el periodismo y la comunicación se vuelven potencia necesaria, imprescindible para seguir fomentando espacios de debate, para visibilizar hechos Y denunciar lo que la IA oculta»
Luciano Sanguinetti sitúa la discusión dentro de un proceso histórico más amplio. «Estamos asistiendo al final de un proceso, un ciclo, por lo menos hasta esta altura, de una transformación sociocultural venida de la transformación tecnológica que se inició en los años 70 del siglo XX y que culmina de alguna manera con la aparición o el desarrollo de la inteligencia artificial en la tercera década del siglo XXI”. En ese contexto, sostiene que la cuestión decisiva continúa siendo la relación entre conocimiento y poder. «Hay que tener en cuenta claramente un concepto clave o fundamental, que es que el conocimiento siempre fue poder y aquel que maneja más o mejor el conocimiento adquiere o conserva más poder. En ese punto el problema de fondo es quién se apropia de ese poder del conocimiento». Y continúa: «El desafío más importante es quién ejerce en algún sentido la curaduría, o sea, la delimitación, el ordenamiento, el chequeo de la información circulante en un mundo en que cada vez más se está desterritorializando».
Aunque advierten sobre riesgos evidentes, ninguno de los entrevistados adopta una posición tecnofóbica. Los tres reconocen que la inteligencia artificial ya forma parte del ecosistema comunicacional. Oliver considera: «La IA hoy, en el periodismo y la comunicación (gráfica, digital, de plataformas o redes) tiene en la IA una colaboración, un soporte que puede optimizar tiempos, ayudar a corregir o editar un texto, etc., pero ese proceso, sin una intervención humana posterior, es un error». Y explica: «Es un error porque la IA sigue alucinando en muchos casos (ChatGPT por ejemplo) cuando no tiene respuesta, responde con sesgos de género, raciales y políticos ideológicos en general».
Aramendi desarrolla una mirada más extensa sobre las posibilidades concretas que ofrece esta tecnología: «Para un periodista comprometido con su trabajo, la IA es una herramienta que puede potenciar prácticamente todo lo que hace: la investigación —especialmente cuando hay que procesar grandes volúmenes de información, como bases de datos, documentos filtrados o archivos públicos—, la edición, el chequeo cruzado de fuentes, incluso el debate interno sobre un material antes de publicarlo».
Sin embargo, rechaza la idea de que las máquinas vayan a reemplazar automáticamente a los trabajadores: «No creo que la IA vaya a reemplazar el trabajo de nadie per se, pero sí va a ser muy difícil ejercer muchas profesiones sin saber usarla. Lo que está pasando en el mundo no es exactamente la desaparición de tareas, sino una reconfiguración de los modos de producir». Y agrega: «La adaptación que se requiere no es técnica solamente; es epistémica».
Para Aramendi, la relación con la IA también exige trabajo, criterio y capacidad de formulación. «La IA no es mágica: responde a la calidad del diálogo que establecés con ella. Y ese diálogo es, en sí mismo, un trabajo periodístico. Quien lo entienda así va a sacar un provecho enorme. Quien crea que es un atajo para no pensar, va a producir basura más rápido que antes».
Sanguinetti vuelve a colocar el foco en la cuestión del conocimiento y en las disputas por el control de la información:»El tema acá de fondo respecto del lugar de los comunicadores o el oficio de la comunicación y en particular el ejercicio profesional del periodismo es clave porque este control no lo pueden hacer las mismas empresas que dominan la distribución informativa, no lo pueden hacer los estados y tampoco lo pueden hacer claramente hoy los medios de comunicación que están sometidos institucionalmente como empresas a esos propios dispositivos. Entonces, el rol de los comunicadores, en particular de los que ejercen la función periodística, se vuelve absolutamente fundamental».
Lejos de volverse obsoleto, sostienen que el periodismo enfrenta nuevos desafíos que vuelven más relevante su función social. Para Oliver,”el periodismo y la comunicación se vuelven potencia necesaria, imprescindible para seguir fomentando espacios de debate, para visibilizar hechos, denunciar lo que la IA oculta. Ahí se vuelve irreemplazable nuestro oficio, nuestra profesión y nuestra mirada».
Aramendi rechaza de plano las visiones que anuncian la muerte del periodismo: “Me animo a decir lo contrario: justamente porque estamos en una época de saturación informativa, de posverdad, de desinformación viralizada —lo que Byung-Chul Han llamó ‘infocracia’—, cada vez más personas van a buscar a periodistas humanos, a fuentes donde sientan que hay alguien responsable detrás del dato. Esa necesidad no desaparece; se profundiza».
El problema contemporáneo no es la falta de información sino la dificultad para jerarquizarla. Sin embargo, advierte que la legitimidad periodística comenzará a disputarse también en un nuevo terreno. «El escenario que se viene exige algo nuevo: ser periodistas confiables también para las IA, porque cada vez más usuarios van a recibir información mediada por modelos de lenguaje. Si un sistema te elige como fuente para responderle a millones de personas, ese es un nuevo terreno de disputa simbólica y económica que recién estamos empezando a entender». Y agrega: «Es un cambio de paradigma, sí, pero un cambio de paradigma no es el fin de algo, es la transformación de las reglas con las que jugamos.»

Ser humanos hoy
Si la inteligencia artificial puede escribir textos, resumir documentos, organizar datos y producir imágenes, ¿dónde radica entonces el diferencial específicamente humano del periodismo? Oliver responde al interrogante desde una preocupación institucional y ética: «En este momento histórico, donde no tenemos regulaciones, normativas ni leyes en nuestro país que regulen, limiten ni sancionen, es importante generar declaraciones institucionales, organizacionales (en el sector público y privado), guías con recomendaciones o documentos sobre el uso ético y responsable de la IA generativa para que las audiencias y públicos accedan a las regulaciones de uso en cada espacio.»
Aramendi se detiene especialmente en aquello que distingue al conocimiento situado de la capacidad de procesamiento algorítmico: «Siempre que hay un humano hay algo que la máquina puede emular pero no entender. Eso es un diferencial real, no una consigna voluntarista.» Y desarrolla: «La máquina puede acumular información, procesarla, generar respuestas convincentes, pero no tiene cuerpo, no tiene biografía, no tiene historia situada. Y el periodismo, especialmente el mejor periodismo, se ejerce desde ese lugar.»
Para ilustrarlo recupera una de las escenas fundacionales del periodismo argentino: «Rodolfo Walsh no escribió Operación Masacre porque tuviera más datos que otros; la escribió porque alguien le susurró ‘hay un fusilado que vive’ y él entendió, desde el cuerpo y desde la calle, lo que eso significaba. La clave no es simplemente ‘ser humano’ —porque humanos somos todos—, sino ejercer esa humanidad con criterio, con presencia, con voz propia, usando a la IA como asistente y complemento, no como reemplazo del pensamiento».
Y añade: «En un contexto donde las IA siempre van a ganar en velocidad, el periodismo debería preguntarse si no es momento de apostar por la profundidad antes que por el impacto algorítmico».
Volver al futuro
La discusión sobre inteligencia artificial excede largamente el ámbito tecnológico. En los últimos meses, incluso la Iglesia Católica comenzó a intervenir en el debate. Sandra Oliver encuentra puntos de contacto entre esas preocupaciones y los riesgos que observa en el escenario contemporáneo. «El papa León XIV en su primera encíclica, hace pocas semanas, advirtió sobre los peligros de las nuevas tecnologías y sobre el poder de los nuevos gobiernos y el tecnofascismo que como las nuevas elites, controlan y difunden discursos deshumanizantes y multiplican los discursos de odio.»
La preocupación por la aceleración tecnológica también atraviesa las reflexiones sobre el futuro de la profesión y la formación de las nuevas generaciones. Oliver observa una diferencia significativa entre quienes crecieron antes de la consolidación de los algoritmos y quienes nacieron en entornos digitales completamente mediados por plataformas. «La generación X (y parte de la generación millennial) son quienes hoy están al frente de las aulas, docentes y, muy posiblemente, somos parte de la última generación que creció sin algoritmos, con el aburrimiento y la incertidumbre como parte inherente de la vida. Las nuevas generaciones llegan a las aulas con la certeza de lo sugerido o impuesto por un algoritmo».Allí aparece uno de los desafíos pedagógicos más importantes: “Si la IA sugiere y las nuevas generaciones no desarrollan pensamiento crítico, no cuestionan, no repreguntan o buscan respuestas diversas, estaremos frente a un problema mayor.»
Aramendi también llama a evitar los diagnósticos apresurados. «El periodismo tembló con la llegada de las computadoras, con internet, con los teléfonos inteligentes, con Google, con Twitter. Cada una de esas irrupciones fue leída en su momento como el fin del oficio, y sin embargo acá seguimos —transformados, sí, pero existiendo.» Por eso invita a desconfiar de los determinismos tecnológicos: «Conviene tener algo de memoria histórica antes de declarar funerales.»
En ese proceso asigna un rol fundamental a la universidad. «La universidad tiene un rol que no puede delegar: habilitar instancias de pregunta y de ruptura sobre ese mundo que los estudiantes ya dan por sentado.»Sin esa ruptura, un periodista que creció enteramente en lo digital va a ejercer un periodismo más estrecho, más limitado, más pegado a la lógica de la plataforma.»
Sanguinetti, por su parte, vuelve sobre una idea que atraviesa toda la conversación: «En todos los casos y en todos esos procesos la diferencia siempre la hicieron los grandes productores de contenidos, tanto literarios, ensayistas os informativos, eh, donde lo que hacía la diferencia era el testimonio y la capacidad de narrar esa esos hechos con con calidad, con profundidad, con buena información, con atracción o con generar contenidos atractivos desde lo literario hasta lo audiovisual. Así que en el fondo eh va a ser imposible que esta comunicación humana que atraviesa a todos los medios de comunicación, desaparezca, porque si no, obviamente desaparecería la sociedad. Y todos estos dispositivos técnicos no tienen ningún sentido sin vida humana».
Según podemos concluir -o presumir-, la inteligencia artificial constituye un desafío histórico para la producción de conocimiento y para el estatuto mismo de la verdad, pero ninguna innovación tecnológica elimina la necesidad humana de producir sentido, interpretar el mundo y narrar la experiencia. Y es que hasta que no alcancen la llamada singularidad, las máquinas carecen de ese misterioso flujo que llamamos conciencia. O como cierra Sanguinetti: «Finalmente, las máquinas no pueden contar su historia porque no tienen».
