Por R.G.M.
De cara al 3 de Junio y la marcha del Ni una menos, el escalofriante femicidio pone en evidencia a un gobierno que no sólo no combate el problema sino que lo alienta
El femicidio de Agostina Vega, la adolescente de 14 años asesinada en Córdoba tras permanecer desaparecida durante una semana, evidencia una problemática que nunca deja de ser urgente pero que la agenda pública solo atiende circunstancialmente. Porque está claro: la violencia de género no es propiedad exclusiva de ninguna sociedad ni gestión política. Pero el caso- cuyos adjetivos no alcanzan- exponen tristemente el lugar que ocupan las políticas de género y las herramientas creadas para combatir la violencia contra las mujeres desde la llegada de Milei. Algo que ya no solo representa incapacidad o impericia desde el Estado sino que directamente se erige como un política manifiesta que incluye alentar los discursos violentos, misóginos y homofóbicos.
La conmoción generada por el crimen llega además en la antesala de un nuevo aniversario de Ni Una Menos y en un contexto político particular. Desde diciembre de 2023, el Gobierno nacional convirtió a las políticas de género en uno de los principales frentes de su denominada «batalla cultural», cuestionando diagnósticos, organismos estatales y marcos normativos construidos durante las últimas décadas. Desde la eliminación del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad hasta los cuestionamientos a la figura legal del femicidio, pasando por las discusiones sobre brecha salarial, violencia machista y diversidad sexual.
no se trata de aplicar y simplificar desde una competencia de gestiones, ya que la problemática es histórica y subsiste: lo que se discute son las políticas y presupuestos efectivos para tratar de resolver o atenuar.
Uno de los argumentos más repetidos por la administración libertaria sostiene que durante el gobierno anterior se destinaron recursos excesivos a las políticas de género. En un spot oficial difundido por Casa Rosada durante el Día Internacional de la Mujer de 2025 se afirmó que en 2023 se habían gastado cuatro billones de pesos en programas con perspectiva de género. Sin embargo, los datos oficiales muestran una realidad más compleja. Según la Oficina Nacional de Presupuesto, el gasto identificado bajo esa categoría alcanzó efectivamente los 3,36 billones de pesos durante 2023, pero más del 70% de esos recursos correspondían a prestaciones sociales de alcance masivo como la Asignación Universal por Hijo, moratorias previsionales y pensiones para madres de siete hijos o más.
El propio Ministerio de Mujeres representaba apenas el 0,27% del presupuesto total de los ministerios nacionales. En su último año de funcionamiento contó con una partida cercana a los 79 mil millones de pesos y más del 90% de esos recursos se destinaban al programa Acompañar, dirigido a víctimas de violencia de género, y a la Línea 144 de asistencia permanente.
Tras la llegada de Milei a la presidencia, la cartera fue eliminada y gran parte de sus funciones absorbidas por otras dependencias estatales. En febrero de este año, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) de Naciones Unidas advirtió que la desaparición del ministerio había generado una fragmentación de responsabilidades, debilitando la capacidad institucional del Estado argentino para implementar políticas destinadas a mujeres y niñas.
La discusión también alcanzó a los datos sobre violencia machista. En el mismo spot oficial, el Gobierno sostuvo que la gestión del Frente de Todos había finalizado con un «récord de homicidios de mujeres». Sin embargo, los registros de la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema muestran otro panorama.Según las estadísticas judiciales, entre 2020 y 2023 la cantidad de femicidios se mantuvo relativamente estable, pasando de 254 a 250 casos anuales. El número más alto de la serie reciente se registró en 2019, con 260 víctimas directas. Los datos definitivos correspondientes a 2025 todavía no fueron publicados. Está claro-y mucho más- teniendo en cuenta la figura y desempeño privado y público de Alberto Fernández- que no se trata de aplicar y simplificar desde una competencia de gestiones, ya que la problemática es histórica y subsiste: lo que se discute son las políticas y presupuestos efectivos para tratar de resolver o atenuar.
El papelón de Davos
Uno de los momentos más vergonzosos tuvo lugar cuando el Presidente cuestionó públicamente la figura del femicidio. Durante su discurso en el Foro Económico Mundial de Davos afirmó que la legislación vigente supone que «la vida de una mujer vale más que la de un hombre» porque contempla agravantes específicos cuando el asesinato ocurre por razones de género.
La afirmación fue rechazada por especialistas en derecho y violencia de género. La figura del femicidio fue incorporada al Código Penal en 2012 para reconocer una modalidad específica de violencia y no cualquier homicidio cuya víctima sea una mujer. La reforma no creó un delito nuevo sino que incorporó agravantes para crímenes vinculados a la violencia de género. El concepto surgió para visibilizar asesinatos sistemáticos que durante décadas aparecían diluidos dentro de las estadísticas generales de homicidios. Y la diferencia no radica en el valor de la vida de las víctimas sino en las circunstancias específicas en las que esos crímenes ocurren.
Las estadísticas muestran, por ejemplo, que mientras la mayoría de los hombres asesinados mueren en contextos de violencia urbana o delictiva y a manos de personas desconocidas, las mujeres víctimas de femicidio suelen ser asesinadas por parejas, ex-parejas o personas de su círculo cercano, generalmente dentro de sus propios hogares.
Segun el Observatorio de Femicidios «Adriana Marisel Zambrano», dependiente de La Casa del Encuentro, durante el primer trimestre de 2026 se registraron 68 muertes vinculadas a la violencia de género en Argentina. El informe contabiliza 60 femicidios, un transfemicidio y siete femicidios vinculados ocurridos entre enero y marzo. El relevamiento también pone el foco en una realidad persistente: el hogar continúa siendo el ámbito de mayor riesgo para las víctimas, al tiempo que advierte sobre la preocupación generada por el debilitamiento de organismos estatales dedicados a la prevención y asistencia.
El estudio señala además que casi tres de cada cuatro víctimas fueron asesinadas dentro de sus propias viviendas. Como consecuencia de estos crímenes, 80 niñas, niños y adolescentes quedaron sin madre, y más de la mitad de ellos son menores de edad. Otro dato que se repite año tras año es el vínculo entre víctimas y agresores: en el 61% de los casos, los responsables eran parejas o exparejas, una característica que vuelve a evidenciar que la violencia de género suele desarrollarse en el ámbito de las relaciones más cercanas e íntimas.

La pista del dinero
Otro de los ejes centrales es la desigualdad económica entre hombres y mujeres. Toda forma de opresión infiere un control y beneficio económico pero en este caso es categórico. No hace falta leer «El Segundo Sexo» de Simone de Beauvoir…o sí. En Davos, Milei afirmó que no existe una brecha salarial de género y atribuyó las diferencias de ingresos a elecciones individuales sobre las profesiones que desarrolla cada persona.
Sin embargo, los datos más recientes del INDEC analizados por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género muestran que las mujeres asalariadas de entre 25 y 59 años perciben en promedio ingresos un 26,1% inferiores a los de los varones. La diferencia asciende a más del 40% en los empleos no registrados y se amplía cuando existen tareas de cuidado de niños, niñas y adolescentes dentro de los hogares.
Diversos organismos internacionales, entre ellos ONU Mujeres y el Banco Interamericano de Desarrollo, atribuyen estas diferencias a una combinación de factores estructurales que incluyen segregación ocupacional, mayor carga de trabajo doméstico no remunerado y dificultades para acceder a empleos de mayor remuneración.
En Argentina, de acuerdo con distintos relevamientos basados en estadísticas oficiales, las mujeres perciben ingresos que, en promedio, se ubican un 26% por debajo de los de los varones. La brecha salarial continúa siendo uno de los principales indicadores de las diferencias estructurales que persisten en el mercado laboral argentino.
En la misma línea, el Índice de Concientización sobre la Violencia hacia las Mujeres 2025, elaborado por la Fundación Instituto Natura y Avon a partir de datos del INDEC, revela que más de de cada cuatro mujeres aseguró haber enfrentado obstáculos para estudiar o trabajar en algún momento de su vida. Además, siete de cada diez manifestaron que sus opiniones no son consideradas o valoradas adecuadamente en sus ámbitos laborales.
Como en cualquier ámbito, es infértil analizar el mileismo y al mismo presidente sino como un emergente de su propio tiempo. Cabe para el análisis los dispositivos y dinámicas culturales o antropológicas que alientan o permiten discursos tan deshumanizados. Una vez más la autocrítica para algunos de los sectores màs progresistas es «no verla» mientras debajo, detrás o al borde de las banderas de conquistas que se creían inquebrantables, se gestaba o recrudecía el ánimo más reaccionario y retrógrado.
Lo cierto es que el femicidio de Agostina «no aparece» en medio de la nada. Tampoco debería ser un número perdido en la estadística. Pero lamentablemente es otro caso más- entre tantos- que expone un entretejido que va desde los discursos oficiales, la complicidad o avales del sistema judicial y policial, las narrativas contemporáneas y una red infinita de factores que básicamente constituyen al patriarcado. Término o concepto que desde un lugar tan útil como engañoso se ha tipificado como propio de una minoría «woke» o una horda de extremistas que se pasaron “tres pueblos”.
El problema no es que la derecha, los medios tradicionales, el aparato digital de los tecno-ricos y los reaccionarios de siempre se hayan servido del pésimo gobierno de Alberto para atribuirle discusiones y conquistas que no pertenecen a ninguna gestión sino a un colectivo (las mujeres y disidencias, esencialmente). El error fue que parte de que quienes apoyaron o empatizan con esas luchas (muchos hombres, esencialmente), las acallaron casi vergonzosamente cuando cambió el clima de época. Como si temieran ser tildados de «aliades» o «progres». Como si la misma transversalidad que se le exigía al feminismo hacia otras luchas (la del clases) no pudiera aplicarse desde sus otras luchas hacia el feminismo. La única verdad es que con un clima u otro, un gobierno u otro, un pueblo más aquí o un pueblo más allá, a las mujeres las siguen matando como si nada.
