Por R.G.M.
Imaginemos lo siguiente. Compras una entrada en un hermoso lugar para ver a un artista consagrado. Presuponemos que ese artista es de tu agrado y posiblemente has seguido su carrera. El show pertenece a una gira en tiempo presente. Es decir, vas a ver a ese artista en el año 2026. Por ende, puede que no tenga el pelo tan largo o la piel tan luminosa como hace veinticinco años. Pero por sobre todo, el concierto ocurre en este momento. En este punto exacto de la línea temporal. No es un dato menor. Sobre todo si ese artista editó recientemente un álbum.
Pues bien: ese artista, al cual vos “le pagaste” la entrada, se sube a tocar. Y no solo interpreta su último álbum sino que luego ejecuta una lista que incluye: El amor después del amor, 11 y 6, La rueda mágica, Al lado del camino, Circo Beat, Brillante sobre el mic, Ciudad de pobres corazones, A rodar mi vida, Dar es dar, Mariposa tecknicolor, El diablo de tu corazón, Polaroid de locura ordinaria y un cierre con “Y dale alegría a mi corazón”.
La pregunta que surge, entonces, es:¿ quién podría indignarse en lugar de estar feliz? Opción 1: alguien a quien no le gusta ese artista. Opción 2: alguien que, solo por eludir términos violentos, está muy confundido.
Ese artista, ya lo saben, es Fito Páez. “Yo puse las canciones en tu walkman/ el tiempo a mi me puso en otro lado”, cantaba en “Al lado del camino”. A lo largo del tiempo Fito pasó de ser niño prodigio y mimado, rockero compresiblemente atormentado, rockstar masivo y glamoroso, intelectual ensimismado, señor reconocido por la juventud y el “todo está bien” y hasta “viejo meado”. Lo que nunca estuvo en duda fue su capacidad para hacer grandes canciones que habitan el inconsciente colectivo de nuestro país.
Pero la gente ya no utiliza walkman. Y tampoco es el artista quien “pone” las canciones los oídos del resto sino que –se supone- somos nosotros quienes decidimos. En tiempos del monopolio más grande de la historia musical y el disciplinamiento tecnofeudal, nuestras playlists resuenan en las cavernas platónicas bajo la ilusión de libertad. La curaduría que suponía un mixtape hecho a cinta hoy se antoja más bien como saltos aleatorios de una cultura que scrollea y que disfraza de diversidad lo que en verdad es fragmentación.
Algo de eso planteó Fito cuando presento su pretencioso-sí, pretencioso- disco “Novela”. Y al parecer, nadie lo escucho o quiso escucharlo. Podríamos decir que Fito peca a veces de hablarse a sí mismo (tras la serie biográfica en Netflix, anunció este disco en una suerte de entrevista con tres Fitos más jóvenes). ¿Es narcisista?¿ Alguien no lo es, en la era del like y los verificados? Pero no todos escribieron “Tumbas de la gloria”.
El mayor narcisismo es el de cierto público, por no decir su mayoría. Como en aquel personaje de Peter Capusotto-¿cuándo no?- , el espectador deviene cada vez más en la falsa conciencia del cliente que se cree dueño. Todo está a un click –y una tarjeta – de distancia. Todo puede ser mío, porque yo lo pago y me corresponde. Si quiero algo, lo quiero ya. Y como yo quiera. Hace unos meses, en La Plata, pudimos ver como gente se impacientaba ante los conocidos y riquísimos parlamentos de otra máquina de hits: Calamaro. El Salmón debe haber tocado dos decenas de canciones “que sepamos todos”, pero no alcanzaba: además tenía que callarse entre tema y tema. Porque yo pagué mi entrada. ¿Pero en qué parte de la entrada está la lista de temas? Y si estuviera…¿también podríamos exigir el orden o el color de ropa que tienen que usar los músicos? Parece que sí.
El mundo se ha poblado de esclavos jugando a ser amos. Todos somos el tipo que maltrata al mozo, solo porque por un rato podemos sentarnos a la mesa.
El mundo se ha poblado de esclavos jugando a ser amos. Todos somos el tipo que maltrata al mozo, solo porque por un rato podemos sentarnos a la mesa. Insaciables como la voluntad de Schopenhauer, solo queremos más y más pero cada vez tenemos menos.
Y no podemos disfrutar de uno de los rasgos más humanos: la sorpresa. O divinos, según el citado filósofo: la música. Ir a un concierto, con un horario y locación determinados, sí (esos consensos se respetan, claro), pero donde el artista pueda tomarse concesiones y algo más importante aún: riesgos. El único deber de un verdadero artista es tomar riesgos. “Hacer algo peligroso con estilo, es lo que yo llamo arte”, escribió Bukowski. Lo otro es mero entrenamiento. Y como decía la misma canción de Paez, “no vine a divertir a tu familia mientras el mundo se cae a pedazos”. O sí, pero no exactamente como vos quieras.
De todos modos, el problema no es de la gente que ya no solo quiere que el show suene “como en el disco” sino directamente como en su “playlist” de Spotify. Esos son como los que van por primera vez a la cancha y después del gol esperan la repetición. El problema es de los artistas como Fito que viven en una dualidad propia del rock. Porque si algo distingue al rock y al pop, es que el pop quiere que lo quieran y está dispuesto a hacer todo para ello. El rock, viejo amigo pero complicado como pocos, quiere que lo quieran haciendo lo que él quiere.Y eso requiere no solo templanza y también fortuna.
O genio. En 1965, Bob Dylan- en quién Rodolfo se inspiró para “Al lado del camino”- fue abucheado en el festival que lo había glorificado y en 1966, a lo largo de Europa. “¡Judas!” es un grito ya icónico en la historia del género. Su respuesta, aún más: “No te creo. ¡Toquemos jodidamente fuerte!”. Desde ese entonces y hasta sus joviales 84 años, recorre y llena escenario haciendo exactamente lo que la gente no quiere. Por eso es el ídolo de tus ídolos y de los hijos de tus ídolos. Porque es el artista más libre de toda la historia.
Pero no cualquiera puede ser libre. Y casi nadie lo es. No todos tienen el genio de Bob o los millones de Fito. Y para la mayoría, el negocio de la música ha devenido en la tiranía de un público que premia la autofirmación. Ya no es “culo veo, culo quiero”: es “si quiero ver culo, mostramelo”. Videos frontales, stories con subtitulos, coreografías de Tik –Tok y estribillos de diez segundos. El dispositivo determina la obra. El arte se reduce a mensaje. La vida on demand. A.k.a: cuando se confunde libertad con liberal.
Fito Páez no es el favorito de quien escribe estas líneas. Pero él no es lo que importa. Estamos hablando de música. La guitarra no se mancha. Esa máquina, decía Woodie Guthrie, mata fascistas. De todo tipo. La guitarra fue árbol, cobijó nidos, guardó secretos del bosque, diría Atahualpa. La guitarra (o el piano o cualquier instrumento) son solo la materia de algo sagrado que ningún celular puede captar ni capturar. La música.
“La música es la reina madre y no se hable más/Silencio que ha llegado ella con sus alas y flores”, escribió Páez. Silencio entonces, idiotas. “No es bueno nunca hacerse de enemigos/Que no estén a la altura del conflicto”, escribiste vos mismo. Ni les repondas, Fito. Tocá jodidamente fuerte, como Bob. Y bajalos o bajanos el ego bajándote del tuyo para darle paso a la reina madre. Esa que en un mundo deshumanizado, aun nos permite ofrecer el corazón entre algoritmo y sustancia.
