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De billetes, densidad histórica, símbolos y neoliberalismo

Por Carlos Ciappina

Primero desapareció Juan Manuel de Rosas sustituido por un guanaco. Luego desapareció Domingo Faustino Sarmiento y, junto con él (billetes de 50 pesos), las islas Malvinas, ambos reemplazados por un cóndor. Luego se crearon los billetes de 200 pesos con una ballena franca como emblema, los de 500 pesos con un yaguareté y los de 1000 con un hornero. En el camino desapareció Bartolomé Mitre, luego San Martín suplantado por monedas de cinco pesos con un arrayán como imagen, y próximamente será el turno de Manuel Belgrano.

Esta semana hemos conocido que un simpático ciervo de Tucumán –taruca le dicen en su región– reemplazará la imagen de Eva Perón y Julio Argentino Roca en los billetes de 100 pesos.

Puede parecer un tema menor, pero si uno se detiene a meditarlo un poco no lo es.

La moneda es, además de un papel que sirve para el intercambio económico, un símbolo. Puede gustarnos más o menos, pero en la moneda de cada país se deposita la confianza de sus ciudadanos y de los ciudadanos de otros Estados y/o naciones. Una confianza que es reflejo de la potencialidad económica y también de la confianza que inspira el Estado de cada nación, quien es –en primera y última instancia– el único autorizado a emitirla y además el garante de su valor.

Hay entonces en la moneda de cada país un valor estrictamente económico, con una mirada superficial, y muchos otros “valores” de carácter simbólico referidos a la fortaleza del Estado nación, a las expectativas que esa sociedad tiene sobre sí misma y también –claro que sí– a la simbología del pasado que le da identidad al Estado. La moneda representa así, en todas las naciones –las capitalistas o las socialistas– uno de sus símbolos identitarios.

Veamos algunos ejemplos pasados y presentes: la Unión Soviética tenía en sus billetes la imagen de Lenin o las caras de obreros mineros o campesinos, lo que representaba –qué duda cabe– la identidad del ideario soviético. Los billetes mostraban así la búsqueda de una identidad revolucionaria y obrera.

En los Estados Unidos, las caras de Washington, Lincoln o Franklin acompañan los billetes de la mayor nación capitalista desde hace décadas. Son los “próceres” fundadores de una nación que además tiene en su moneda el mandato divino: “In God we trust”. La mayor nación capitalista del mundo está cumpliendo según ella un mandato divino y lo escribe en sus billetes.

En Cuba, los billetes tienen la imagen de José Martí y el Ché Guevara –como para ver por dónde van los sueños –.

En Uruguay, los billetes actuales tienen imágenes de grandes literatos/as, como José Zorrilla de San Martín y Juana de Ibarborou.

En México, Benito Juárez y el cura Hidalgo –entre otros– están impresos en los billetes nacionales.

La figura –previsible– de los billetes chinos es la de Mao Tse Tung, el “padre” de la China liberada y contemporánea.

En Bolivia, Evo Morales ha reinstalado a Simón Bolívar, Antonio de Sucre y los líderes indígenas pre y postindependencia: Tupac Katari, líder guaraní Apiaguaiki Tüpa, José Santos Vargas, “El Tambor Vargas”, y Eustaquio Méndez, “El Moto Méndez”.

Volvamos a nuestro país, donde las cosas son, al parecer, diferentes.

El antiguo billete de cien pesos tenía la imagen de Julio Argentino Roca: usurpador de tierras, genocida de miles de seres humanos y constructor de un Estado nación que creía posible bajo el paraguas británico. Roca es –era, debemos decir– la expresión de una oligarquía que construía una nación semicolonial, pero que seguía creyendo que había algo que llamaban Argentina.

El antiguo billete de cincuenta pesos con Sarmiento representaba la imagen paradójica del sanjuanino: un represor feroz de lo autóctono, indígena y gauchesco para muchos/as, y un luchador incansable –aún contra la propia oligarquía del siglo XIX– por la educación pública y laica para otros.

Alberdi representaba la Constitución Nacional de 1853, federal y unitaria a la vez, pero liberal y presidencialista por sobre todas las cosas, el contrato inicial que lograba –por fin y no sin luchas feroces– organizar una nación que comenzaba a llamarse Argentina.

¿Es necesario extenderse en el análisis de lo que significan San Martin –ya desaparecido de nuestra moneda– y el propio Manuel Belgrano, próximo a desaparecer?

Esta semana les tocó el turno a los billetes de Roca y Evita. Retirar a Roca –que fue la propuesta del gobierno de Cristina Kirchner– era retirar a un genocida como imagen de pasado y futuro –es como si tuviéramos en circulación un billete de Videla–, y suplantarlo por Evita –la mujer más grande de entre las muchas grandes que ha dado nuestra nación– era señalar el compromiso nacional por la soberanía, la libertad, el amor al pueblo, la lucha contra la opresión y el bienestar para todos/as los/as hijos/as de este suelo. Pueden discutirse las motivaciones y los argumentos, pero no había duda de que en esas dos imágenes quedaban representados dos modelos de país, dos imágenes de qué tipo de sociedad construir. Pero en el imaginario PRO-cambiemos –que es como decir el ideario neoliberal del siglo XXI– fueron suplantados ambos por un ciervo taruca.

¿Qué representa el taruca? ¿A quién representa? El pobre animalito –reitero, nada contra el involuntario actor del reino animal que hay que preservar y cuidar– es, en la lógica que venimos desplegando, la expresión de la nada de esta reedición ampliada neoliberal que representa la alianza PRO-Cambiemos.

Sacar a Evita forma parte –a no dudarlo– de la profunda revancha de clase a la que asistimos día a día. Pero, ¿y Roca, Alberdi y Sarmiento? ¿No son los puntales de la oligarquía argentina? Ellos también desaparecieron. ¿Por qué?

Porque esta no es la revancha de la oligarquía nacional –aquella vieja oligarquía asociada a la élite externa– que como oligarquía terrateniente tenía asociado su destino a habitar una Argentina que creían posible bajo la tutela inglesa, sin “indios ni negros ni mestizos”. La élite que se ha apropiado del Estado desde el año 2015 es de otra entidad: son una clase completamente transnacional. Su rentabilidad no descansa en la producción terrateniente ni en la producción de la gran industria. Su rentabilidad descansa en la especulación financiera internacional, en la asociación con entidades transnacionales como el FMI o el Banco Mundial. No lideran una nación –ni siquiera en el modo de la semicolonia–, sólo la rentabilidad del saqueo rápido, veloz y transnacional. Las demás élites –terrateniente, industrial– tradicionales son “convidadas” secundarias al festín, pero en su condición de habitantes locales han quedado en un segundo plano –al punto de que los grandes e “intocables” capitanes de la industria desfilan hoy por los tribunales–.

Los objetivos de esta oligarquía son utilizar el Estado como herramienta para la financierización y extranjerización totales de los recursos de la Argentina, acumulando capital en cuentas off-shore y paraísos fiscales. Son, en ese sentido, una nueva clase completamente transnacional. Y una clase completamente transnacional no necesita moneda propia –su moneda es el dólar, el euro, el yuan o el oro–. Una clase completamente transnacional utiliza a la Argentina como una nación-dormitorio: están aquí sólo el tiempo que demande obtener ganancias siderales y refugiarse en el exterior junto con el tesoro del saqueo.

Ese es el significado terrible y profundo de las ballenitas, ciervos, jaguares y demás seres del reino animal: nos dicen en la cara «miren, nosotros no creemos que exista una nación, para nosotros –CEO, gerentes, inversores, especuladores financieros– no hay pasado ni historia, no hay héroes nacionales.

En la justificación burda de los funcionarios actuales –que repiten como loros que suplantar personajes históricos por animales es una muestra de “superación” de antinomias– se esconde la verdadera razón: para esta nueva casta transnacional a cargo del Estado argentino no hay pasado, no hay eso que llamamos densidad histórica. Sienten que lo han superado –claro– y que sólo hay futuro. El futuro de “ellos”, obvio. Un futuro de gerentes con miles de millones de dólares en cuentas a lo largo y a lo ancho del mundo. Un futuro despreocupado del destino de los millones que día a día ven cómo sus familias caen en la pobreza, el hambre y la desesperación mientras ellos disfrutan de la opulencia neoliberal.

En esta etapa superior del neoliberalismo, ya ni siquiera son necesarios los próceres oligárquicos, ni que decir de los nacional-populares. En esta etapa del ultrasaqueo neoliberal, nuestra élite oligárquica actual cree posible prescindir de todos los atributos identitarios de la nación Argentina. A todos atacan y han atacado: la educación pública, la salud pública, las universidades nacionales, el Estado como garante de servicios y bienes públicos, y, en esa necesidad de borrarlo todo para fundirse en el neoliberalismo arrasado, también desaparecieron los próceres de nuestros billetes. Los populares y los elitistas, los inclusivos y los excluyentes. Los que expresaban una Argentina que no existe en la mente ni en los deseos del gobierno ceocrático.

Eso sí, originales no son. Estos también quieren desaparecer a Evita. Evita molesta mucho más que Roca, claro. Evita sigue en pie como referencia contra la injusticia capitalista y como referencia antielitista, y en ese sentido, contra todas las élites, aún las que no llegó a conocer –como actuales–.

¿Logrará esta élite transnacional neoliberal transformar el territorio argentino en una referencia vacía? ¿Alcanzará la meta de terminar con las molestas herencias históricas nacionales? No lo sabemos con certeza, y, en todo caso, es un asunto de lucha político-cultural. Uno, formado en los idearios del Estado nación, cree que Evita, Belgrano, San Martín y tantos/as otras/os están en un lugar donde no llegan los bancos, las cuentas, los billetes, la revancha clasista, los globos amarillos, la violencia represiva, la barbarie planificada. Están en algo que podemos llamar el alma del pueblo argentino, la que más tarde o más temprano reclamará su identidad emancipadora.


 

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