“Se puede admitir la fuerza bruta, pero la razón bruta es insoportable”, dicen que dijo Oscar Wilde. Y la narrativa del gobierno de Milei bien podría ajustarse a la precisa ironía del icónico dandy. Pero en la era del tecno-ceo-neo-fascismo o como se llame este mundo cyborg (mezcla de robot, zombie, humano y cables pelados uniendo tornillos flojos de algún chaperío conurbano) la premisa se vuelve más compleja. Y es que esa razón bruta se pule como una estrategia más cínica o despiadada que idiota. Es decir: detrás de las mentes opacas que levantan la voz o anulan todo pacto aristotélico con la realidad, hay una ingeniería precisa e ingeniería de poder que opera sin escrúpulos. Y aunque los libros de Ciencia Ficción posiblemente no ocupen los stands centrales de la 50° edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, seguimos asistiendo a nuevas páginas de distopía mal escrita. Ayer, el secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, fue abucheado en pleno discurso por un sector importante del público, luego de insistir con una defensa cerrada del gobierno de Javier Milei y de convertir una apertura cultural en una tribuna política.
Cifelli había comenzado su intervención con un tono institucional, celebrando la trayectoria de la Feria y repasando anuncios de gestión. Sin embargo, el discurso giró rápidamente hacia una defensa explícita del rumbo político del oficialismo. “Todo esto forma parte de un proceso más amplio que busca dejar atrás décadas de desorden”, afirmó, antes de atribuir ese supuesto “orden” al liderazgo de Milei y de la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei.
Fue en ese momento cuando comenzaron los silbidos y los gritos. Lejos de moderar el tono, el funcionario eligió redoblar la apuesta. “Vamos a repetírselo de nuevo”, desafió, insistiendo con el elogio al Presidente. La escena escaló cuando, ante la desaprobación, ironizó: “¿Por si no lo entendieron, se los repito de nuevo?”.
El punto de mayor tensión llegó cuando el funcionario introdujo el caso YPF. “¿Lo arreglaron ustedes o lo arregló el gobierno de Javier Milei?”, lanzó, en un tono confrontativo que terminó de romper cualquier pretensión de diálogo. Es absurdo como el gobierno se contradice apropiándose de un logro cuando hicieron campaña promoviendo la privatización de empresas estatales.
Recordemos que el año pasado ya había sido silbado (ver nota de Contexto), pero en esta edición redobló la apuesta con pura prepotencia. El contraste entre el contenido del discurso y la realidad del sector cultural es innegable. Mientras Cifelli aseguraba que “la inversión en cultura es una prioridad” y que la gestión eligió “el camino del orden y la responsabilidad”, la política concreta del gobierno ha estado marcada por recortes en organismos clave como el INCAA, el desfinanciamiento de programas y una relación abiertamente conflictiva con el sistema universitario.
En ese marco, la queja de Cifelli —“Chicos, basta, son cuatro”— no hizo más que recordarnos que los tristemente cèlebres modos de Adorni o la prohibición del ingreso de la prensa a la Casa Rosada son parte de una política de comunicación que no incluye diálogo y tergiversación brutal de los hechos.
Fue gracioso también arrogarse por parte del gobierno algún tipo de validación o legitimación de Jorge Luis Borges («Borgeres», pronunció el funcionario), cuando el escritor es unánimemente reconocido y sin dudas el último ejemplo posible de tipificar algún tipo de cancelación por parte del progresismo o campo. En pocas palabras: si alguien es admirado y loado desde juventudes o escritores de todo tipo y color -más allá de sus ideas políticas- es Borges.
Hubo anuncios, sí: incremento en el programa Libro%, reactivación de los Premios Nacionales, nuevas líneas de fomento, todas desdibujadas ante la tendencia de manipular groseramente las estadísticas y el contraste de una industria culturar precarizadas.
La inauguración de la Feria del Libro suele ser un termómetro. Este año, marcó algo más que temperatura: expuso una fractura. De un lado, un gobierno que se reivindica ordenado mientras recorta; del otro, un sector cultural que no encuentra en ese “orden” más que ajuste y disciplinamiento.
