Durante más de una década, las plataformas de streaming consolidaron un relato seductor: el de la democratización del acceso a la música. En ese discurso, cualquiera con una computadora, un micrófono y conexión a internet podría subir sus canciones y competir en igualdad de condiciones con las grandes estrellas. Sin embargo, las estadísticas más recientes sobre Spotify —la plataforma dominante del sector— muestran una realidad mucho menos horizontal. La expansión del acceso convive con una concentración extrema de la atención y los ingresos, donde millones de artistas comparten un espacio que en la práctica solo beneficia a una minoría muy reducida.
La distribución de oyentes y reproducciones revela con claridad esa desigualdad. Apenas el 19% de los artistas supera los 1.000 oyentes mensuales, mientras que casi el 86% de las canciones publicadas no llega a las mil reproducciones y más de 45 millones de temas nunca fueron escuchados ni una sola vez. Incluso alcanzar el 1% superior de artistas exige alrededor de 240.000 oyentes mensuales, un umbral que deja fuera a la inmensa mayoría de los proyectos musicales.
La concentración también se reproduce en el plano económico. Spotify paga en promedio entre 0,003 y 0,005 dólares por reproducción, lo que significa que un millón de escuchas apenas genera entre 3.000 y 5.000 dólares antes de la división con sellos, distribuidores o managers. El resultado es un ecosistema donde solo quienes acumulan decenas o cientos de millones de reproducciones logran ingresos relevantes. El catálogo de Taylor Swift, por ejemplo, habría generado más de 400 millones de dólares gracias a más de 100 mil millones de streams, una cifra que ilustra la escala necesaria para convertir el streaming en una fuente de ingresos significativa.
Si se observa el conjunto de la plataforma, la desigualdad aparece todavía con más nitidez. De los cerca de 12 millones de artistas presentes en Spotify, apenas 71.200 —alrededor del 0,6%— superan los 10.000 dólares anuales en regalías provenientes del servicio. Otras estimaciones incluso sostienen que solo el 0,2% de los artistas supera los 50.000 dólares por año generados por streaming. La enorme mayoría, en cambio, obtiene ingresos marginales o directamente nulos.
Paradójicamente, estos números conviven con cifras récord para la propia industria. Spotify afirma haber pagado más de 11.000 millones de dólares en regalías en 2025, lo que refuerza su narrativa de crecimiento y expansión del mercado musical digital. Pero el aumento del volumen total no necesariamente implica una distribución equitativa: el sistema funciona bajo un modelo “pro-rata”, en el que los ingresos se reparten según la proporción de reproducciones que cada artista concentra dentro del total de la plataforma. En otras palabras, quien ya domina la atención global recibe una porción cada vez mayor del flujo de dinero.
El resultado es una paradoja estructural del streaming contemporáneo. Las plataformas efectivamente ampliaron el acceso a la publicación musical: hoy se suben más de 60.000 canciones nuevas cada día y millones de artistas pueden distribuir su obra sin intermediarios tradicionales. Pero esa misma abundancia produce un ecosistema saturado en el que la visibilidad se vuelve el recurso más escaso. Así, el ideal de la democratización convive con un sistema donde la atención y los ingresos se concentran en un pequeño grupo de estrellas globales, mientras millones de músicos compiten por una fracción mínima del mercado digital.
