Spotify anunció esta semana un refuerzo de sus políticas internas para regular el uso de inteligencia artificial (IA) dentro de la plataforma. Bajo un discurso que apela a la “protección de artistas y productores”, la empresa aseguró que combatirá el spam musical, las suplantaciones de identidad y los abusos derivados de la generación masiva de contenido automatizado. El comunicado, difundido desde su newsroom oficial, se presenta como un gesto de responsabilidad en un escenario cada vez más tensionado por la irrupción de tecnologías capaces de producir música sin intervención humana .
Sin embargo, el anuncio abre una paradoja difícil de ignorar: una de las corporaciones más cuestionadas por la precarización del trabajo musical se erige ahora como garante de la integridad artística. En otras palabras, el muerto se asusta del degollado.
En el texto oficial, Spotify enumera los peligros de la IA aplicada a la música: canciones producidas en masa para capturar regalías, imitaciones vocales no autorizadas, catálogos inflados con obras de baja calidad y una experiencia de escucha degradada. Frente a ese escenario, la plataforma promete filtros más estrictos, mayor transparencia en los créditos y reglas claras para el uso de voces y estilos reconocibles .
Todo eso es real. La IA está siendo utilizada como una máquina de sobreproducción cultural, capaz de inundar el mercado con piezas diseñadas no para ser escuchadas, sino para ser reproducidas. Pero el problema aparece cuando Spotify presenta este fenómeno como una anomalía externa, casi como una amenaza ajena a su propio modelo de negocios. La plataforma denuncia ahora los efectos de una lógica que ella misma ayudó a consolidar: volumen por encima de valor, cantidad por encima de sentido.
Mucho antes de que los generadores automáticos de música se volvieran accesibles, Spotify ya había establecido un sistema donde millones de reproducciones apenas alcanzan para sostener una carrera artística, mientras la empresa concentra datos, control algorítmico y poder de negociación. El pago por stream, la intermediación opaca y la dependencia de playlists curadas por criterios no siempre transparentes forman parte de un ecosistema que históricamente benefició a la plataforma mucho más que a quienes producen música.
En ese marco, la IA no aparece como una ruptura, sino como una continuidad extrema del mismo paradigma: reducir el trabajo creativo a un flujo optimizable, gestionado por métricas y orientado al rendimiento económico. Que Spotify se alarme ahora por el impacto de estas prácticas suena menos a autocrítica que a control de daños.
Esa lógica de control no se limita a la producción o a la monetización, sino que avanza también sobre una de las prácticas más elementales de la escucha: la selección personal de música. En nombre de la comodidad y la “mejor experiencia de usuario”, Spotify promueve hoy funciones de creación automática de playlists basadas en inteligencia artificial, capaces de armar listas completas a partir de un estado de ánimo, una actividad o unos pocos artistas de referencia. Lo que se presenta como asistencia creativa funciona, en los hechos, como una tercerización algorítmica del gusto: el oyente ya no elige, corrige o explora, sino que acepta una curaduría opaca diseñada para maximizar permanencia y previsibilidad. Así, incluso el acto íntimo de armar una playlist —históricamente ligado a la identidad, al deseo y a la memoria— queda subsumido a un sistema que decide qué encaja, qué sobra y qué no merece ser escuchado. La IA no sólo produce música ni sólo la ordena: administra la experiencia misma de escuchar, reduciendo la autonomía cultural del usuario al mismo tiempo que refuerza el poder simbólico de la plataforma.
Artistas “fantasma”: el elefante en la habitación
El comunicado de Spotify hace énfasis en la necesidad de identificar contenidos generados por IA. Pero guarda silencio —o apenas menciona— un recurso que la plataforma viene utilizando desde hace años: los llamados artistas o compositores “fantasma”. Proyectos musicales sin presencia pública, sin shows, sin entrevistas, sin historia; nombres que funcionan como marcas funcionales a playlists de “música para concentrarse”, “chill”, “ambient” o “lo-fi”.
No siempre se trata de música generada por IA. Muchas veces hay personas reales detrás. Pero el mecanismo no deja de ser problemático: contenidos anónimos, descontextualizados, baratos y perfectamente adaptados al consumo algorítmico, que permiten a la plataforma reducir costos de licencias y maximizar control. En términos simbólicos, el efecto es similar al de la IA: música sin cuerpo social, sin conflicto, sin mundo.
Spotify insiste en que no crea música y que sólo actúa como intermediaria tecnológica. Sin embargo, al definir qué se escucha, cómo se recomienda y qué se invisibiliza, interviene de manera decisiva en el sentido cultural de la música contemporánea.
En ese contexto, su postura frente a la IA aparece menos como una defensa de la música que como una disputa por quién controla el flujo de producción y monetización. La preocupación no es tanto que la IA degrade el arte, sino que lo haga sin pasar por los filtros corporativos adecuados.
La inteligencia artificial no es el origen del problema, sino su síntoma más visible. Expone, de forma brutal, un modelo cultural que ya funcionaba bajo la lógica de la automatización, la opacidad y la desvalorización del trabajo creativo. Que Spotify levante ahora la bandera de la protección artística dice menos sobre un cambio de paradigma que sobre la necesidad de preservar su posición dominante en un mercado que empieza a mostrar sus propias grietas.
