Hubo un momento, entre 2016 y 2019, en que el trap argentino pareció condensar una promesa. La irrupción de Duki, KHEA, YSY A, Neo Pistea o CRO  funcionó como un relato de ascenso: pibes de barrios periféricos que, desde la autogestión y la viralidad todavía incipiente, lograban disputar el centro de la escena cultural. El trap fue entonces una música de expansión. Incluso cuando hablaba de precariedad, lo hacía desde la expectativa de salida. Había futuro, había escenario, había contrato posible.

Pero esa escena, aun cuando explotó en YouTube y supo aprovechar algoritmos y redes, no era exclusivamente digital. Existía todavía una territorialidad concreta: plazas, barrios, fechas presenciales, cuerpos compartiendo un espacio. El Quinto Escalón es el ejemplo más claro: una escena nacida en una plaza que luego se volvió fenómeno de internet, y no al revés. La circulación digital amplificaba algo que antes había sucedido en la calle.

La escena que emerge hoy, con nombres como Little Boogie, Swaggerboyz —el dúo formado por Stiffy y AgusFortnite2008—, Turro Baby, Zell, El Doctor, DJ Lizz, Lil Cake y otros proyectos que circulan por los márgenes digitales, ya no parte de ese anclaje territorial. Hablan de la calle pero se forman directamente en la digitalidad. No se trata de una nueva edad dorada del trap, sino de una reconfiguración del hip hop argentino pensada desde el origen para un ecosistema virtual, fragmentado y atravesado de punta a punta por el algoritmo. Una música que disputa visibilidad, escucha y consumo de manera directa.

La diferencia, entonces, no es solo estética ni estrictamente industrial. Es una mutación en el modo de existencia de la música. El trap de la segunda mitad de la década pasada todavía crecía en diálogo con el territorio, con el cuerpo, con la escena física, y luego se proyectaba a las plataformas. Cabe discutir si la calle o las problemáticas que contaban eran reales en todos los casos, pero es otro asunto. La generación actual nace sabiendo que el espacio central de validación no es la calle sino la pantalla, y que el primer contacto con el público es casi siempre mediado por una plataforma.

Por eso el sonido muta. El hip hop que hoy circula en los márgenes digitales argentinos es más saturado, más caótico, menos narrativo, deliberadamente antiépico. El plugg, el internet rap, el glitch, los beats deformes y los ad-libs exagerados no son solo una estética: son una forma de habitar la digitalidad como territorio principal, de producir impacto inmediato en un entorno donde la atención es breve y el consumo, vertiginoso.

¿Conciencia de clase? Quizá por oposición: si el rap original era contestario respecto al poder y el trap ostentoso, parte de esta escena se burla de todo y mete el dedo en la llaga con un escepticismo donde ni siquiera el éxito es una meta aspiracional sino más bien otra provocación. Una ética más cercana a Bart Simpson pasado de play que a 2pac o Assap Rocky. ¿Perspectiva de género? Si pasa el 2018 caminando cerca, directamente se suicida y se borra del almanaque: pene, pito, culo, concha, puta, ya no tanto como un macho prepotente sino más bien como un puber chistoso amparado por un tío “jodón” que debutó en un cabaret.

El caso de Swaggerboyz resulta paradigmático. Su propuesta no rehúye la legitimación: la busca abiertamente, pero lo hace en los términos de la cultura digital. No persigue la consagración clásica ni el recorrido lineal escena–industria, sino la circulación intensa, el meme, la repetición, el reconocimiento dentro de comunidades online específicas. Festivales autogestionados como el Swaggerpalooza, identidades construidas desde el exceso y la ironía, una lógica de crew más cercana al gaming que al rap tradicional: todo apunta a construir centralidad desde el consumo digital directo.

En ese mismo ecosistema aparecen figuras como Turrobaby o Zell, proyectos plenamente conscientes de que hoy la legitimidad se construye dentro de la plataforma, no antes ni después de ella.

Dentro de ese mapa, Little Boogie aparece como un punto de anclaje particular. Su obra recupera lo callejero, lo emocional, la vida concreta, pero ya no como territorio físico sino como experiencia narrada desde la virtualidad. Escribe desde el desencanto, desde una juventud que entiende que la exposición permanente es parte constitutiva del trabajo cultural. Hay allí una conciencia de clase implícita: el problema ya no es solo pegarla, sino sostener una carrera en un ecosistema que exige presencia constante y remunera de forma desigual.

Si el trap 2016–2019 pensó la digitalidad como expansión de la calle, la escena actual vive la digitalidad como su espacio natural. No renuncian a la legitimidad: la disputan allí donde hoy se define el valor cultural. O al menos eso nos cuentan. Porque en la calle, aun hoy, siguen pasando muchas cosas.