Un nuevo aniversario de la Masacre de Cromañón vuelve a poner en primer plano una de las tragedias más profundas de la historia reciente argentina. El 30 de diciembre de 2004, 194 personas murieron y más de 1.400 resultaron heridas en un boliche habilitado para funcionar pese a no cumplir las condiciones mínimas de seguridad. No fue un accidente ni una fatalidad: fue el resultado de un entramado de desidia estatal, corrupción estructural y desprecio por la vida.

A más de dos décadas, Cromañón sigue siendo una herida abierta. No solo por el dolor irreparable de las familias y sobrevivientes, sino porque muchas de las condiciones que hicieron posible la tragedia continúan vigentes bajo nuevas formas. La precarización de los espacios culturales, la lógica de la habilitación como trámite burocrático vacío y la delegación de responsabilidades siguen marcando el vínculo entre el Estado y la cultura popular.

Desde el primer día, los familiares y sobrevivientes construyeron algo más que un reclamo judicial: levantaron una política de la memoria. Cromañón no quedó encerrado en el pasado porque hubo organización, calle, archivo, pedagogía y una disputa permanente contra el olvido. Gracias a esa lucha se modificaron normativas, se visibilizó la trama de responsabilidades y se instaló una verdad histórica: la masacre fue evitable.

Sin embargo, el paso del tiempo también trajo intentos de banalización. Desde discursos que reducen lo ocurrido a una “imprudencia juvenil” hasta miradas que desligan al Estado de su rol central, Cromañón sigue siendo un territorio en disputa. En un contexto político donde se promueve la retirada estatal, el ajuste sobre la cultura y la deslegitimación de los organismos de control, la memoria de Cromañón adquiere una vigencia inquietante.

Porque Cromañón no habla solo de una noche trágica, sino de un modelo. De un Estado que habilita sin controlar, de empresarios que maximizan ganancias, de una cultura concebida como negocio y no como derecho. Habla también de una generación atravesada por la necesidad de encontrarse, de hacer comunidad, de construir identidad en espacios que muchas veces funcionan al límite de lo permitido.

Recordar Cromañón hoy no es un gesto ritual. Es una advertencia. Es preguntarse qué lugar ocupa la vida cuando se desmantelan políticas públicas, cuando se vacían las áreas de control, cuando la cultura queda librada al mercado. Es entender que la memoria no es nostalgia, sino una herramienta política para leer el presente y disputar el futuro.

A 194 víctimas las mata el fuego, el humo y la desidia. A la sociedad, el olvido. Por eso, cada aniversario de Cromañón vuelve a recordarnos que no hay justicia sin memoria, ni cultura sin Estado, ni comunidad posible sin responsabilidad colectiva.