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Manuel Rodríguez: corazón y pura esencia

Por Ramiro García Morete

“La palabra es la palabra”, sabía decir Oscar –o “el narigón”– en aquellas largas sobremesas junto a Alicia llenas de amor y fernet. Aquellos no eran los mejores momentos y faltaría mucho para que el asado lo prepara con maestría el Gato, bajista proveniente de la Smith que representa “el equilibro perfecto entre la disciplina y constancia del Guachi” y sus “voladas e intensidad emocional”. Pero lejos de Villa Arguello, en el lejano y ajeno barrio norte habían alquilado una casa desvencijada en la que ensayaban horas y horas todos los días.

Ni imaginarían entonces llenar dos Atenas, un Malvinas, girar por el país, el escenario principal de Cosquín y compartir escena “con todos esos que creciste escuchando” a la edad que el cantante era un lateral derecho con proyección del Club Victoria y gastaba “Tercer Arco”. Pero la palabra es la palabra y se habían dicho muchas, casi como un pacto. Inclusive antes del debut para quienes ya eran jóvenes veteranos. “Vamos a hacerla bien de una vez” y a los cinco meses un explosivo debut grabado en cinta abierta por Gustavo Gauvry abriría un camino estrepitoso e incontenible.

Casi como surgen sus canciones, esa catarata de versos adhesivos que escupe en minutos. Algo así como un tren en marcha al que se sube y las palabras se encadenan naturalmente dotadas de innata musicalidad y aliteraciones tan espontáneas como efectivas. Canciones que bajo la ingeniería y los riffs de Guachi alcanzan notable contundencia y profesionalismo, pero que surgen de la desgarrada voz de cantor con su criolla.

Como la que agarró a los doce (poco antes de la Faim Les Paul que “se perdió” en el barrio), tras alguna esporádica clase de piano y la herencia musical que se respiraba en su casa de Meridiano V. Con un padre músico y una madre fotógrafa pero de alta melomanía rockera, los sonidos más allá de los géneros se adherirían a su bagaje. Y así es que a los aguerridos rocanroles de la banda se  le filtran bases de chacarera o country o un sentimental dejo arrabalero. “Yo toqué de todo, –dirá–: cumbia, folklore, tango, cuerda de candombe”. Como corresponde a la música popular o de tradición oral, esa que también se comparte honorablemente como la palabra.

Notaría entonces, promediado su primera adolescencia que podía cantar precisamente por hacer canciones, tal como esa que le escribió a su amiguito Fran (hoy líder de Cruzando el Charco). Y al ver en Se Va el Camello que era difícil explicarle a otro cómo interpretarlas, se convertiría en el frontman posiblemente más pibe de aquel entonces. Y es que la palabra es la palabra y si bien “para mí la letra es más importante que la música”, hay algo que va más allá. Quizá sea un ritmo, una respiración… una intensidad. Esa que antes lo dejaba disfónico y que tras años de giras, aprendió a conducir para que hoy resista conciertos de tres horas.

Esa ante el freno obligado de la pandemia, se redujo para disfrutar de la vida familiar y su segunda hija. Y aún así, sin darse cuenta, mandar una idea a “Donde se cocina el tuco” (grupo de wsp de la banda) y como quien no quiere la cosa tener unos meses después no un disco cocinado pero sí ya demeado. Y es que como entona en un tango interminable que editó recientemente, aun en pausa su corazón que nunca supo de medidas. La palabra es la palabra y si son miles, hay que cumplir con ellas y cantarlas una a una con lo que queda de voz para Manuel Rodríguez.

Este 12 de septiembre el músico realizará un streaming cuyas entradas pueden obtenerse en Alpogo.com. “Será con un par de cámaras, como si fuera la filmación de un DVD. Últimamente ni toqué la guitarra. Estuve muy metido con la familia. Así que prácticamente es una especie de reencuentro, de ejecutar música para la gente”. Más allá del tenor eléctrico de SDP, Rodríguez se siente cómodo en el formato acústico y su rol de cantor. “Sí… guitarrero, en realidad. Lo que pasa es que así es como hago las canciones. Está bueno mostrar el formato original, mostrarlas cómo nacen. Después el Wachi desarrolla el riff y demás. Pero al principio son ritmo canción popular, rasgada. Lo que sí, cuando las escribo, tengo el formato de banda en la cabeza, el modelo de alguna banda, se dibujan en mi cabeza: la parte de batería, el machaque de la base”.

Ese sonido en su cabeza suele proyectarse como orgánico: “Fundamentalmente lo que intentamos hacer es un formato de banda de rocanrol clásico. Hasta las cosas que por ahí en el disco tienen secuencias, son reproducidas por las bandas. No se disparan pistas. Que el vivo tenga el poder de un cuarteto de rock sumado a lo que toca Tobi. En todo lo que hacemos la guía o punta de la flecha es que sea reproducible en vivo”. Sin embargo aclara, alejándose de fundamentalismos:

«Yo creo que nos permitimos bastante jugar y puede pasar cualquier cosa. Hay una esencia en todos los discos y que tiene que ver con la intensidad de la música, con la fuerza, con el power de ejecución. Después de adentro hay bases de country blues, riffs a lo Rage Against The Machine, bases a lo Arctic Monkeys o más disco, hay una especie de chacarera a los Deep Purple. Más allá de las rotaciones rítmicas, es esa esencia de intensidad y mega power en la ejecución”.

“Yo le doy mucha cabida a los textos –expresa sobre su prolífica pluma–. La otra vez me preguntaron si era más importante melodía o letra. Es mucho más importante el texto en una canción. Pero la forma que decís la cosas también es muy importante, la expresividad…”. Y comenta: “Hay cero pausa cuando escribo. Salen en cinco minutos. Son primeras tomas de texto. Como que sale un vómito… Por ahí después puedo cambiar alguna frase con los meses. Pero las primeras bajadas son las que quedan y son como catarsis de minutos”. Pérdidas, heridas, amores, traiciones, lealtades y demás suelen formar parte de un reconocible imaginario suburbano cuyo narrador cantan en primera persona: “Eso salió espontáneo  desde las primeras canciones. Me di cuenta que era así y lo tengo asimilado como de mi parte de mi obra, esa forma de vociferar el discurso. Por eso también el disco se llama “La palabra”: es la palabra de toda la gente que tengo alrededor, todas historias reales, contadas desde mi punto de vista. Y después eso que nos decía el viejo del Wachi: la palabra es la palabra. Cumplirla o no define a uno como persona. Es lo único que uno tiene para hacerse valer”.

En relación a la cuarentena y a sabiendas de lo difícil que es para todes, confiesa que “necesitaba parar. Veníamos muy sometidos al ritmo que nos habíamos autoimpuesto”. Y también sirve para poder evaluar lo hecho hasta el momento: “Estábamos re preparados para lo que pasó. Lo soñamos toda la vida y fuimos por todo. Hubieron charlas motivacionales antes de salir a tocar. Dale, vamos a hacerla. 15 años que venimos laburando: vamos a hacerla, sin cagadas, hacerlo bien de una vez. Por eso caímos bien parados en los escenarios que nos tocó pisar. Tocando con Creedence, Ciro, compartiendo camarines con  Skay… los que crecés vendo. En el momento somos medio inconscientes y no le damos mucha cabida. Pero hoy digo: pasaron cosas”.

“No estoy escuchando música. Estuve prestando algo de atención a Paco y Ca7riel o Louta, para tratar de entenderlo… está buenísimo. Pero no me cuelgo a escuchar discos. Estoy escribiendo poco. El proceso me agarró en unas vacaciones”. Sin embargo esas “vacaciones” dejaron como saldo “un disco demeado” que cuyo nombre no anticipa pero sí el rumbo: “Yo creo que es por mucho el más redondo. Un disco súper hitero, con muchísima búsqueda musical. Y va a cambiar nuestro método de grabación para que suene más actual. Lo de la cinta abierta a lo Zeppelin, ya lo tenemos La cinta abierta, súper explorado. Hicimos un disco doble en ese plan. Queremos apuntar a los métodos más actuales. Sin perder la violencia del punk y el rock roll, pero que aparezca esa estética de audio más 2020”.

 

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