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Las voces que flotan

Por Juan Alonso

Son tiempos terribles. Lo sabemos, pero la abundancia de diagnóstico es más dañina que la enfermedad. A este paso, tres años de macrismo explícito, podemos morir de diagnóstico y eso sería algo peor que un suicidio social.

Primero fue la búsqueda de El nombre de la Madre. Y ella volvió del Sur y produjo una especie de mini Ezeiza en Retiro. La sede del Ministerio de la Inquisición se llenó de familias pobres que bajaban de todos los ramales del tren. Estuve en la puerta del Hotel Sheraton abrazado a la esperanza como todxs y me subí a un contenedor para desplegar mis banderas. El pecho latía bajo la lluvia fina y no había paz para tanta pasión con razón.
Era la consecuencia de las “Plazas militantes” y de “Resistencia con Aguante”. Colectivos de los colectivos que fueron pariendo voluntades de los bordes y el centro. Circulaba el mate de mano en mano y las múltiples voces querían ponerle palabras a la ausencia y la derrota.

Al comienzo La Madre no hablaba. No emitía mensajes por las redes sociales, se dedicaba a rodearse de su familia para evaluar el destino, esa lapa que va pegada al hueso como la humedad.

La Madre también es el futuro y sobrepasa la expectativa electoral de la flamante Revolución Feminista y su epopeya de verdades envueltas con corazones anhelantes. Y eso está muy bien. Lo que aún falta, lo que no se resuelve, lo que se calla, es revelar la fórmula alquímica de la derecha para construir sentido a escala masiva. Esa sinuosa puerta del corredor está sellada y el problema debe resolverse con el pensamiento y no con la voluntad.

¿Cómo contrarrestar los estímulos del capitalismo brutal que promueve la virtud del vacío, las relaciones ocasionales con fantasmas en la Internet y la perpetuidad de lo efímero? ¿El bloque Nacional y Popular piensa o analiza una auténtica contracultura por fuera de la comprensión de lo real y el periodismo convencional? ¿Somos capaces de edificar una esperanza colectiva con las nuevas herramientas de dominación y control del enemigo? ¿La palabra sigue siendo la trinchera de las grandes batallas o debe estar inmersa en un mensaje de emotividad como la línea de un pentagrama?

Los debates continúan sin resolver el problema. Persiste una incomodidad que no se resuelve con la voz de La Madre. No alcanza. Habría que ponerle un sentido al infinito, a la victoria y, por qué no, a la existencia misma y a la muerte. “Su origen no lo sé, pues no lo tiene, mas sé que todo origen de ella viene”, cantaba Enrique Morente.

Es por ahí.

Luego de la ansiedad llegó la escucha de La Madre. Sus intervenciones en el Senado, su brillante discurso lógico que enlaza subordinadas como notas musicales, su oposición a los proyectos del Gobierno dominante, la persistencia vibrante contra la hegemonía judicial y mediática y la denuncia al poder financiero del Nuevo Orden del Pensamiento Único. Un sistema con comunicadores, medios propios y vocerías de alquiler que manipula las redes y produce una insatisfacción alienante para los consumidores consumidos. Los cirujas del sistema horadan las calles comiendo basura ante la mirada atónica de la clase media, que no puede pagar las facturas dolarizadas. Esas visitas al empedrado pronto masticarán el hígado de sus presuntos benefactores si no hallamos una respuesta posible a la Economía.

Aunque no es lo peor del paisaje. Lo más grave es la noción de La Normalidad en el inconsciente. Se hace normal que la Policía golpee a senegaleses y a luchadores sociales, es normal la ley del garrote, los apremios ilegales, la persecución y el castigo a la oposición de la alianza Cambiemos. De esta forma se crea una cultura de la dominación a través de la instalación constante del lenguaje de la emotividad sentenciosa. “Milagro Sala se robó todo”, dicen. “Cristina es una chorra”, pontifican. “A Santiago Maldonado no lo mató la Gendarmería, se ahogó, porque es un hippie sucio”, escriben en Facebook.

Y resulta muy curioso cómo la peor derecha después de la dictadura genocida ha logrado instalar una moral de la inmoralidad en tiempo récord con la ayuda de la hegemonía financiera y sus terminales mediáticas. Sucede justo donde crece la raíz de la herrumbre social. El lugar donde la clase media no puede seguir pagando la prepaga ni comer afuera. Tampoco puede viajar como en 2015 ni va al cine. Es el país periodístico del “ni”. Corea del Centro, le dicen los fenicios de la fe. “Vivíamos una irrealidad”, dijo González Fraga. Por cierto, sus aliados Sturzenegger, Caputo y Dujovne tienen los bienes en el exterior y permitieron la constante fuga de divisas, vaciando el Banco Central y empoderando al FMI como Rivadavia con el Imperio británico en 1825. Una regresión absoluta cuyo núcleo es la semilla de la mentira, la manipulación y el miedo.

Toda construcción es un acto de amor. Un amor profundo más allá del fantasma con un sujeto palpable. Siguiendo el hilo de La Madre: en 1950, Evita fundó el Sindicato de Taxistas de la Capital Federal. Sufrió un leve desmayo y fue operada de apendicitis. Los médicos le recomendaron parar el ritmo frenético de la Fundación y ella se negó. Presagiaban lo peor. Pero Evita persistió con una pasión obstinada hasta su muerte. Sin embargo, su voz sigue intacta venciendo el presagio del fin.

Entonces, en la trama de estos tiempos de avidez y vacío hay luces que no vemos, paredes por levantar, paraísos inflamables, aventuras del porvenir, deseos por concretar, colores por descubrir y palabras para enunciar de qué estamos hechos y para qué. La alegría no es del opresor, es toda nuestra. Nosotros somos los grandes constructores de sueños. Las manos de las Madres y Abuelas. Los ojos de los domingos. Hagamos de esta tierra aparentemente estéril una expresión de esperanza y no de ausencia. La única llave para encerrar el olvido es nuestro sentido colectivo para que derrame en los rincones.

Aunque es de noche.

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