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La FIFA, un negocio made in Suiza

Por Andrés López, Director de la Tecnicatura en Periodismo Deportivo FPyCS – UNLP

Los amantes del deporte de todo el planeta saben que la sigla FIFA refiere a la Federación Internacional de Fútbol Asociado, la entidad madre del fútbol del mundo. Y su historia oficial es fácilmente rastreable: se creó en 1904 por iniciativa de siete países europeos y en 1930 puso en marcha su más grande creación: la Copa del Mundo. Nadie explica, sin embargo, del por qué, al cumplir 50 años, decidió mudar su sede.

Sí se sabe que los Mundiales se interrumpieron en la década del 40 por culpa de la Segunda Guerra Mundial. Y que recién volvieron al Viejo Continente en 1954, en el único país europeo que  estuvo a salvo del conflicto bélico: Suiza. Nadie había atacado su territorio, si todos los contendientes guardaban su dinero allí. Aún hoy, en los bancos suizos se atesoran buena parte de las reservas del mundo. Los especialistas en finanzas (y los que no lo son) afirman que allí se guardan secretos como en ningún otro lugar.

Atenta al dato, la FIFA se mudó a Suiza tras haber vivido en Francia su primer medio siglo de vida. Nunca se planteó cambiar de continente: la habían fundado los europeos y ellos tenían el poder. La lógica era simple: un país, un voto. Así mantenían a raya a los sudamericanos, los otros actores de un fútbol bipolar. En 1954, para mejor, apareció la televisión y el negocio empezó a crecer, a exportarse y a generar dinero, que los bancos suizos guardaron generosamente.

Con la TV y otros adelantos tecnológicos, en la década siguiente el mundo conoció a Pelé. Alto y atlético, el crack brasileño fue el mejor jugador de su tiempo y el primer héroe global de este deporte. Tres veces campeón del mundo, fue un espejo para miles de jóvenes en todo el planeta. Y sobre todo en África, el continente donde ese joven de raza negra era un ídolo absoluto y un ejemplo a seguir.

El tiempo de Pelé fue el tiempo de la descolonización. Fueron los años donde los africanos dejaron de ser colonias europeas y se hicieron independientes. Y en su búsqueda de una identidad el fútbol tuvo mucho que ver: los nuevos países se afiliaban a la ONU y a la FIFA casi al mismo tiempo. Allí estaba Pelé, para jugar partidos amistosos, brindar charlas y enseñarles los secretos del juego. Y con él, el presidente de la Confederación Brasileña, un tal Joao Havelange.

Havelange, de raza blanca, supo enseguida que su destino político estaba en el continente negro, de la mano de Pelé y la popularidad de la selección de Brasil. Cuando África terminó su proceso de independencia, hizo números y desafió a los europeos. En 1974 ganó la elección para presidente de la FIFA y entonces el mundo del fútbol cambió para siempre.

En Argentina 1978 jugaron 16 equipos, 10 europeos y seis del resto del mundo (cuatro americanos, un asiático y un africano). La última Copa del mundo tuvo 32 equipos, el doble de entonces. Los europeos fueron 13, apenas un 15 por ciento más. Y hubo cinco selecciones de Africa, cuatro de Asia y 10 de América, porque el viejo dirigente sabía recompensar a quienes lo votaban.

La llegada de Blatter

Havelange hoy tiene 99 años y hace casi dos décadas que no está al mando de la FIFA. En 1998 lo reemplazó Joseph Blatter, casi un desconocido cuando el brasileño lo transformó en su hombre de confianza en 1981. Ellos dos, junto con Julio Grondona (que se sumó después) fueron el triángulo que transformó a la entidad en una multinacional que factura más que Coca-cola.

Antes, la FIFA organizaba la Copa del Mundo y poco más. Hoy agregó Mundiales juveniles, fútbol femenino, fútbol de salón, fútbol playa, Mundial de Clubes, Copa de Confederaciones… La organización de eventos, los sponsors y (sobre todo) los contratos de televisión dejan generosas cantidades de dólares, que los bancos de Suiza cuidan celosamente sin preguntar desde dónde vienen.

El secreto tan bien guardado amenazó con saltar por los aires la semana pasada, cuando la Justicia de Estados Unidos obligó a traducir en todos los idiomas las palabras “coima” y “corrupción” asociadas a la FIFA. Y el escándalo tuvo la fuerza de un golpe de nocaut. Blatter ganó la elección del jueves pasado y su nuevo mandato vence en 2019, pero hoy llamó a conferencia de prensa y anunció que no lo va a cumplir. Se irá a fin de año (dijo) luego de que se elija un nuevo presidente.

Quién será el próximo presidente es todavía un misterio, pero en Europa ya se relamen con la chance de recuperar el espacio perdido. La justicia norteamericana por ahora solo habla de Rusia, Qatar, Sudáfrica y América Latina. Todos los detenidos y procesados, creer o reventar, son latinoamericanos. Como en las películas, donde siempre nos cuentan que en Estados Unidos y en el centro de Europa no hay corrupción. Nadie contó que un alemán (Horst Dassler, presidente de la compañía Adidas) y un británico (Patrick Nally) fueron los primeros socios comerciales de Havelange, los que hicieron que el mercado se metiera con una fuerza imparable en el más popular de los deportes.

Sea quien sea su próximo presidente, no parece que la FIFA vaya a mudar su sede, que seguirá estando en Suiza. Y  ésa no es la mejor señal si se busca transparencia. Y aunque la Unión Europea de Fútbol ponga el grito en el cielo (su presidente fue el primero en pedir la renuncia de Blatter), tampoco pueden tirar la primera piedra: la UEFA se fundó en 1954 en Suiza, y también tiene su sede allí.

Algún desprevenido podrá sorprenderse del silencio del resto de los deportes. Para entenderlo basta un simple repaso: el Comité Olímpico Internacional tiene su sede en Suiza, la Federación Internacional de Básquetbol tiene su sede en Suiza, la Federación Internacional de Voley tiene su sede en Suiza, la Federación Internacional de Handball tiene su sede en Suiza, la Federación Internacional de Natación tiene su sede en Suiza… Blatter, vaya paradoja, también nació en Suiza. Pero eso no lo salvó de quedar manchado por el escándalo. Y su nombre estará asociado para siempre al fin de una era.

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