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En tiempos violentos, la respuesta es el orgullo

Por Vicente Garay*

En esta sociedad machista, educada en base a la heteronorma, la heterosexualidad predomina cómodamente y la violencia se sigue incrementando por el odio hacia las identidades y las sexualidades disidentes. Por putos, por travas, por tortas, las agresiones no dan respiro en la ciudad de las diagonales y preocupa profundamente la indiferencia de las instituciones del Estado.

Las declaraciones transfóbicas del intendente Julio Garro en campaña, la discriminación por lesbianas que sufrieron dos chicas que intentaban reservar una habitación en un hostel en julio de este año, la clausura de la “Fiesta Drag”, un evento emblemático para el colectivo LGTBI, el brutal ataque a la activista trans Laura Moyano en diciembre de 2015, las razzias constantes protagonizadas por la Policía bonaerense en la zona roja contra las mujeres trans y travestis en situación de prostitución, son algunos de los ejemplos que nos invitan a reflexionar sobre la ciudad que se está construyendo desde el municipio, sustentada en la discriminación y la intolerancia.

“¿Qué haces puchero, puto de mierda?”, le gritaron a Joel, y con una patada voladora lo dejaron en el piso, donde lo atacaron entre cinco hasta dejarlo con un corte en la cabeza. Mientras tanto, al grito de al negro también, agarraron a Jhonan y lo golpearon con piñas y patadas mientras lo insultaban y le sacaban el celular.

Los dos son militantes activos del colectivo LGTBI y saben que la violencia es el arma que utiliza el patriarcado para intentar disciplinar y controlar lo que considera abusivo o fuera de la norma. “Para mí, ser puto es un orgullo, pero ellos lo usaron como insulto”, dijo Joel. Y ahí está la clave: les pegaron porque les molesta su orgullo de ser y amar.

El motivo de la agresión era claro: el odio que tienen hacia las sexualidades diversas se materializaba en esa golpiza, en ese acto de demostración de los privilegios que aún falta romper en los hombres que quieren imponer sus reglas.

Este tipo de actos no puede hacer retroceder a una sociedad que es consciente de sus derechos. Los movimientos LGTBI han caminado desde la resistencia hasta en los momentos más oscuros de nuestra historia. Ni la dictadura cívico-militar, ni los edictos policiales o los códigos de falta, ni la violencia institucional han podido silenciar la voz de quienes luchan contra las injusticias de la heteronorma, porque a la violencia se le responde con amor y lucha.

¿Podremos asumir la responsabilidad de sembrar en las nuevas generaciones una sociedad basada en el respeto, donde la intolerancia se revierta y sea posible transitar nuestras sexualidades e identidades libremente?

Hoy, la certeza que nos queda, aludiendo a las declaraciones de Jhonan, es que “más pronto que tarde el patriarcado se va a caer”. Y en ese camino estamos.


* Secretaría de Género, FPyCS, UNLP.

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