Cuando ya me empiece a quedar solo

Por R.G.M.

El artista plástico Juan Pablo Martín editó “Un buen lugar para morir”,  libro que combina poemas oscuros junto a dibujos y grabados a tono

“Voy a mirar el fuego hasta quedarme ciego”. A lo largo de breves poemas intercalados con textos en prosa, nuestro narrador parece sostener la mirada perdida en algún punto perdido. Bien puede ser el fuego, una mancha de humedad en la pared o la inmensidad misma. Da igual: sus ojos están en blanco, suspendidos en el tiempo. Entre alegorías naturales y un tono directo pero sentida, la voz asiste impertérrita al propio entierro de la luz. Igual que los trazos grises y negros de sus ilustraciones, la desolación de apropia de la atmósfera. Pero no tanto desde un lugar abrumador o desesperante, sino desde cierta resignación  de quien arrastra la piedra hasta la cima sabiendo que va a caer nuevamente. “Un buen lugar para morir” es el trabajo de Juan Pablo Martín, artista plástico que ya tiene experiencia literaria con “Loco Malo”. Una suerte de ensayo sobre el duelo o ese proceso donde todo se vuelve nada hasta que-como todo- todo pasa.

Uno de los primeros poemas (“Presente continuo”) ya anuncia la sensación de reiteración, de eterno retorno, de arrastrar la piedra y  otras alegorías sobre el vacío: “Si, el vacío entre otros temas como la soledad, el miedo, la muerte, el amor, el desamor, el paso del tiempo-enumera Martín-…los escritos, las imágenes y el relato  del libro intentan zambullirnos en un clima oscuro, sombrío, de reflexión quizás, nos traslada a un lugar donde todxs estuvimos o vamos a estar en algún momento”.

No hay piedras en el camino/el camino son las piedras…” Otro tópico  podría ser la aceptación… ¿o es resignación?Podrían ser las dos cosas-responde el autor- .Yo lo veo más como la aceptación, como una manera de afrontar las cosas, de estar preparado siempre, de saber que eso va a estar ahí y tenemos que sortearlo de alguna manera, aunque nos salga todo mal”.

 Versos como “A la batalla la vamos a perder/solo toca elegir cómo” o   “Voy a mirar el fuego hasta quedarme ciego” presumen  cierto regodeo en el proceso por parte del narrador en esa suerte de misión que parece encarar.  “Claramente hay un disfrute a la hora de escribir estos poemas, también cierto placer en atravesar esas experiencias, de llevarlas al límite, de exagerarlas, de contarlas, de compartirlas…”, añade.

Como hemos dicho, el libro cuenta con grabados y dibujos  realizados por Martín que se vuelven indisociables del texto, como el juego espejado alrededor de un texto que expresa: “No hay luz ni oscuridad”. “Ese fue un gran trabajo (como siempre) de Lisandro Castillo que se ocupó de combinar las imágenes con el orden que tenían los poemas- nos cuenta-. Tiene libertades a la hora de diseñar y en esta ocasión el espejado del poema y la monocopia se complementan muy bien”.

Los poemas son breves, casi como haikus: “Antes de arrancar la edición del libro, tenía como 70 poemas o más, todos de los últimos 6 años más o menos. Ahí había de todo…a la hora de seleccionar fuimos dejando lo que quedó y si, muchos de esos son poemas muy cortitos pero a mi entender muy efectistas y directos. Igualmente, en general cuando escribo las cosas que salen son breves, no suelen extenderse demasiado”.

El poemario se alterna con textos en prosa. Martín explica: “En realidad el libro fue pensado algo así como una obra de teatro: con una obertura, un primer acto, un intervalo, un segundo acto y una peroración.  En el primer y segundo acto se combinan las imágenes y poemas, todo de mi autoría. Luego, la obertura y peroración están escritas por Diego Abadie y Francisco Blanco en conjunto, abren y cierran el libro. Y en el medio, el intervalo está escrito por Martín De Luca. Por eso estas diferencias que notas al adentrarte en la producción, intentan llevarte de la mano, acompañarte a algún lugar…

Hacia el final, nos preguntamos si hay que separar la obra del artista y si un lugar físico, además del simbólico: “En todos mis escritos aparecen experiencias personales, propias y ajenas, de amigos, parientes, historias de películas o que me contaron, canciones y demás…como dije antes, siempre empujando todo al límite, al borde. Todo es una excusa para volcarlo en palabras o imágenes. Existe el lugar físico, que es donde vivieron mis abuelos y mi vieja, un campo en Moquehuá, provincia de Buenos Aires. El Campito. Ahí fue donde realicé la mayor parte de las imágenes (grabados y dibujos) y donde se inspiran todas las narraciones”.

(*) «Un buen lugar para morir» puede obtenerse contactándose al IG @jpmartin114

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