En las últimas horas empezó a circular en redes y portales de espectáculos el rumor de un posible encuentro entre Mick Jagger y Javier Milei, celebrado con entusiasmo por sectores libertarios que parecen necesitar validar su proyecto político a través del brillo de figuras globales de la cultura pop. Más allá de si la reunión llega a concretarse o queda en anécdota de agenda, el episodio dice mucho más sobre la lógica del cholulismo político contemporáneo que sobre el propio líder de los Rolling Stones. En cualquier caso, ninguna foto ocasional ni ningún gesto diplomático altera el peso histórico, cultural y artístico de Jagger, una figura que atraviesa generaciones y contextos sin quedar reducida a coyunturas locales.

Aunque suele presentarse como un artista ajeno a las etiquetas ideológicas rígidas, Mick Jagger siempre tuvo una relación consciente —y estratégica— con la política, especialmente en la forma en que los Rolling Stones dialogaron con los climas sociales de cada época. En los años sesenta y setenta, cuando el rock se convirtió en un vehículo de protesta juvenil, Jagger encarnó una rebeldía más provocadora que programática: canciones como Street Fighting Man reflejaban el clima de agitación social en Europa y Estados Unidos, pero sin alinearse explícitamente con organizaciones o proyectos revolucionarios. A diferencia de figuras como John Lennon, Jagger optó por una crítica más ambigua, que capturaba el malestar generacional sin comprometerse con una agenda política concreta, una postura que le permitió mantener a los Stones como banda contracultural sin romper con el mercado masivo. Nada de esto cuestiona su notable capacidad como letrista (a veces opacada por sus otros talentos) ni el poder simbólico de su obra que más que bajar una línea de rebeldía la ha inspirado concretamente. Eso es mucho màs poderoso que sus opiniones que  tampoco han sido tan abiertas.

Con el paso de las décadas, su perfil se fue desplazando hacia posiciones más cercanas al liberalismo moderado británico. Jagger ha expresado en distintas entrevistas simpatías por políticas pro-mercado, defensa de la iniciativa privada y escepticismo frente a los discursos ideológicos extremos, tanto de izquierda como de derecha. Aunque en ocasiones apoyó públicamente al Partido Laborista —sobre todo en etapas más centristas— también fue crítico de regulaciones estatales que afectaban a la industria musical y a las grandes fortunas, algo coherente con su propio rol como empresario global del entretenimiento. En los últimos años, se mostró abiertamente en contra del Brexit, defendiendo una visión cosmopolita y europeísta, más asociada a las élites culturales urbanas que al nacionalismo británico.

Muchos abrirán el debate sobre el rol de los y las artistas en términos políticos. Otros serán incapaces de hacer convivir contradicciones ideológicas con el goce estético. El verdadero problema no es si un artista o celebridad  tiene ideas o acciones políticas acertadas o desacertadas. El verdadero asunto es que haya líderes políticos gobiernes como si fueran celebridades y fans a la vez. Seguramente Milei haga todo lo posible por esa foto, del mismo modo que compromete nuestro dinero y altera la agenda de compromisos para “fanear” a su querido Trump o subirse a cantar en la obra teatral de su novia. Mientras tanto, el país se incendia literalmente. No puedes conseguir siempre  lo que querés, cantaban los Stones. Pero evidentemente Milei está empecinado en seguir sus caprichos de niño maltratado y olvidarse-parafraseando la canción- lo que realmente necesitamos.