Por Cecilia Beatriz Díaz y Cristian Secul Giusti

“Ceder la palabra” es uno de los lemas centrales que tiene el macrismo para diagramar sus perspectivas de pluralismo y convivencia social en el Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos. En términos de Hernán Lombardi, titular de la cartera, el programa “Ceder la palabra” surge como transición “de una época donde nos escuchábamos poco a una época donde queremos escucharnos mucho”, que, traducido del infantil, prometería mejorar la convivencia social y respetar la opinión de otro.

La puesta en acción del tierno “Ceder la palabra” nos permite una apertura hacia el otro y nos empuja también a un encuentro negado y violentado en estos doce años de tener que argumentar las propias opiniones. De ese modo, se suceden diversas personalidades del ámbito del periodismo, el deporte y la cultura, hasta ignotos ciudadanos de bien explicándonos la importancia de la convivencia sin conflictos. Por ejemplo, se puede oír la armonía siempre dispuesta de Daniel Sabsay y Fernando Iglesias, la reflexión sesuda de Fabián Gianola y Germán Paoloski o la contribución objetiva de Silvia Fernández Barrio, por dar algunos ejemplos.

Ahora bien, el acto de ceder indica que existe una transferencia o una dádiva destinada a alguien en particular o a un ente o cosa determinada. Asimismo, ceder también es perder tiempo, posición y espacio, e inclusive implica rendirse y someterse. Pero sólo un poco, porque ceder no es distribuir, repartir, ni socializar ni mucho menos democratizar la palabra. Y no es un dato menor que el bien a ceder es la palabra, porque constituye en sí misma un arma soberana de poder sobre las identidades, prácticas, disputas y sobre todo, de la acción del nombrar. Lo mismo da mientras se hable o se trate de ceder. El punto aquí es, entonces, ¿quién cede a quién? ¿El Gobierno al periodismo independiente? ¿A los fondos buitre? ¿Al candidato Donald Trump?

En tanto enunciado “ceder la palabra” cumple con el ánimo de calmar a los crispados, dado que se atribuye los buenos modales de la convivencia con “ese otro que piensa diferente” y que tantos sectores lo han reclamado durante el proceso kirchnerista; basta recordar a Micky Vainilla abogar por la no discriminación al distinto. Es más que interesante cómo en tiempos amarillos el pensamiento único es el populismo y ya no la hegemonía global neoliberal.

En este caso, la propaganda de gobierno invita a ceder la palabra con la intención de instaurar un desplazamiento que exceda quizás las individualidades y permita la existencia de un ellos regulador o de un tercero que oficia de juez y parte. Un ellos que ofrece un lugar de desempeño, que limita las expresiones no congruentes y remarca un pluralismo de lo tolerable que construye estereotipos del kirchnerismo, del peronismo y del movimiento nacional y popular, en tanto irascibles, no pensantes, fanáticos y corruptos. El diagrama permite ceder para romper, quebrar y pudrir hasta volver insoportable el diálogo, pero siempre de un modo modalizado. Más bien no se está empleando un marco para ceder, sino para geder.

Dinámicas de un diálogo simulado y gede

Lejos de una voz germana, el término “gede” surge del calor de los avatares sociales y políticos del conurbano bonaerense para designar aquello que se vuelve marginal, turbio, que se pudre, pero no se trata de un proceso biológico, sino de un clima o humor social que se enrarece. En consecuencia, geder denomina la acción de pudrir un ambiente, de volverlo sombrío, con capacidad de resistencia pasiva, sin enfrentar porque el juego lo manejan otros: es la ley de la selva y vos sos apenas un gato que mira desde un costado, mientras el aire se pone espeso.

Por eso es que tras el lema republicano de “ceder la palabra” se observa que el macrismo utiliza estrategias y un relato que “gede” la palabra. Alejados de favorecer el intercambio de ideas, hay regularidades, aisladas o combinadas, que pudren el diálogo:

El título y hashtag “Ceder la palabra” no es más que una puesta en escena y un intento de mandarte al carril de los nuevos nobles. De lo que se trata (y se cumple con creces) es de geder la palabra, de expulsar, nublar y aparentar, como un símbolo de un proyecto político y su distribución de poder. Este diálogo (en el que los mudos son siempre los mismos) te obliga a participar con muecas o gestos, porque ante la más mínima declaración con intención nacional y popular podés entrar en una fase diabólica.

En este aspecto, el spot parte de una falsedad, porque se ampara en la construcción de voces disonantes y con diferentes posiciones ideológicas. No se trata entonces de posturas aisladas, sino de coincidencias con un único objetivo: geder la palabra kirchnerista. El manifiesto también es unívoco: seamos divergentes hasta que se habilite una palabra que ponga en crisis este regreso neoconservador.

Mientras tanto, el desempeño de los benévolos que nos ceden estas oportunidades de hablar transita caminos con cara de estampita y rostros que emulan una profunda comprensión: te la van a ceder con una sonrisa, sólo para geder.