En un universo que suele presentarse como territorio de entretenimiento puro, comunidad y supuesta neutralidad política, cada vez que un streamer se posiciona sobre cuestiones sociales o históricas el gesto adquiere una dimensión singular. En los últimos días volvió a ocurrir con Martín Pérez Disalvo, uno de los creadores de contenido más influyentes del país, quien volvió a referirse públicamente a la desaparición de su tío durante la última dictadura militar. Durante una entrevista reciente, el streamer relató el secuestro ocurrido en 1977 y explicó por qué nunca evita hablar del tema: “Cuando me preguntan por mi tío jamás voy a esquivar el tema, porque sería ir en contra de mi familia y de lo que yo considero justicia”, sostuvo, al tiempo que reafirmó que mantiene “un compromiso muy fuerte con la causa” de la memoria y los desaparecidos.
No se trata, sin embargo, de una intervención aislada. A lo largo de los últimos años, Coscu ya había hecho públicas varias manifestaciones en la misma dirección, algo poco frecuente dentro del ecosistema del streaming. En 2021, por ejemplo, realizó una transmisión especial dedicada a reconstruir la historia de la ESMA, uno de los principales centros clandestinos de detención de la última dictadura. En esa emisión explicó a su audiencia el funcionamiento del lugar, el rol que tuvo en el sistema represivo y, sobre todo, la relación personal que lo une con esa historia a partir de la desaparición de un familiar. En aquel momento sostuvo que sentía la responsabilidad de hablar del tema frente a una audiencia joven que muchas veces no había escuchado esos relatos en profundidad. “Hay mucha gente que me sigue que quizá no sabe bien lo que pasó en este país”, explicó entonces, antes de repasar el contexto histórico y la magnitud del terrorismo de Estado.
Ese tipo de intervenciones adquiere un peso particular dentro del ecosistema del streaming argentino. Coscu no es solo un creador de contenido popular: es además uno de los pioneros de la escena y fundador de una comunidad masiva como la Coscu Army, que reúne a millones de seguidores en distintas plataformas. En ese sentido, cada vez que aborda temas que exceden el entretenimiento inmediato —ya sea la memoria sobre la dictadura o discusiones sociales más amplias— el gesto rompe con una lógica dominante en ese universo digital, donde las definiciones políticas suelen diluirse entre videojuegos, reacciones, bromas internas y una estética de charla permanente.
Algo similar ocurrió recientemente con Gerónimo Benavides, otro de los nombres fuertes de la escena. Durante una transmisión cuestionó a colegas streamers y youtubers que suelen burlarse de los salarios de trabajadores comunes o compararlos con los ingresos de los creadores de contenido. “Te quito los recolectores de basura y tu vida es una porquería”, planteó para ilustrar la dependencia cotidiana respecto de esos oficios, y agregó una crítica directa hacia quienes desprecian esos trabajos: “Ellos son unos burros, no saben hablar, escribir. Son analfabetos. El día que tengan un problema van a tener que llamar a ese que están ninguneando”.
Ambos episodios ponen en evidencia una tensión propia del ecosistema digital. A diferencia de otros espacios mediáticos, donde la discusión política forma parte del paisaje cotidiano, el mundo del streaming suele construirse sobre una estética de neutralidad: la charla entre amigos, el videojuego, la reacción a videos, el entretenimiento permanente. En ese marco, los posicionamientos explícitos —ya sea sobre la memoria de la dictadura o sobre la dignidad del trabajo— aparecen casi como excepciones dentro de un territorio que muchas veces prefiere evitar definiciones.
Sin embargo, justamente por su alcance generacional, esas intervenciones adquieren un peso particular. Millones de jóvenes consumen a diario contenidos producidos por streamers, muchos de los cuales funcionan como referentes culturales más cercanos que periodistas o dirigentes políticos. Cuando alguno de ellos rompe la lógica del “solo entretenimiento” y se pronuncia sobre consensos democráticos básicos —como la condena al terrorismo de Estado o el reconocimiento del valor del trabajo— lo que emerge es algo más que una opinión personal: es la irrupción de la política en un espacio que, durante años, se presentó como si pudiera existir al margen de ella.
