Por: Samuel Gallego*

La situación y el contexto social, político y económico que vive Colombia en la actualidad, indican que hay más razones para sentir una profunda indignación que para celebrar una fecha como la que se conmemora este 20 de julio en todo el país, día en el que, según los libros de historia, hace 206 años se dio el grito de independencia, que inició la lucha en la que finalmente, en 1819, se logró la independencia definitiva de la corona española.

De acuerdo a los datos registrados en los textos históricos, fue el 20 de julio de 1810 el día en que inició una serie de acontecimientos que terminaron con lo sucedido el 7 de agosto de 1819, cuando ocurrió la épica «Batalla de Boyacá», evento que quedó consignado en la historia como aquél en el que el ejército patriota comandado por el Libertador Simón Bolívar, derrotó de manera definitiva al ejército español, para proclamar la independencia total de España y dar origen a la República de Colombia, como una nación libre y soberana.

Sin embargo, más de dos siglos después de esos acontecimientos, es pertinente preguntarse si realmente existen las razones suficientes para decir con vehemencia que Colombia es una nación libre, soberana e independiente, tal como se proclamó en aquella época. Pero, sobre todo, es importante cuestionar si hoy por hoy hay motivos para celebrar, o si más bien esta conmemoración debe hacer que todos los colombianos reflexionen sobre lo que pasa en su país, para determinar qué tan cierto es que esta nación es libre y soberana.

Vale la pena mencionar y analizar lo siguiente:

El panorama de Colombia en este momento es bastante difícil, mientras que la indignación crece es poca la reacción que se manifiesta por parte de la mayoría de ciudadanos, bien sea por temor o por simple indiferencia, viendo que es prácticamente imposible confiar en quienes gobiernan y manejan el país. No obstante, en este punto se genera un nuevo contraste que da a los colombianos un rayo de esperanza, para pensar que, en un mediano o largo plazo, realmente habrá una Colombia justa, libre y soberana, capaz de garantizar que todos sus habitantes tengan una vida digna.

Esto se refiere nada más y nada menos que a los diálogos que en pocas semanas concluirán en La Habana, donde los avances y los acuerdos alcanzados hasta el momento les dan a los colombianos la tranquilidad y la confianza de que el conflicto armado y la violencia desprendida de este por más de 60 años, terminará muy pronto para darle a todo el pueblo de Colombia, la oportunidad de comenzar a reconstruir un país que por décadas ha vivido bajo el yugo de la violencia.

Es decir, en medio de la indignación y el inconformismo general que, aunque no se manifiesta se percibe, los colombianos esperan la pronta conclusión de los diálogos de La Habana para terminar la era de la violencia y comenzar la era de la paz, pues la mayoría de ciudadanos, en su conjunto, son conscientes de que para avanzar en la transformación del país es indispensable que primero se acabe la guerra entre los actores armados legales e ilegales, que los colombianos dejen de matarse entre sí, y que la reconciliación llegue pronto.

Hechos recientes como la firma del acuerdo sobre el cese bilateral y definitivo del fuego entre el gobierno y las FARC; la declaración de constitucionalidad con la que la Corte Constitucional de Colombia avaló la realización del plebiscito acordado en La Habana, para que con su voto los colombianos refrenden los acuerdos finales; y las declaraciones que el Comandante de las FARC, Timoleón Jiménez «Timochenko», concedió al portal web de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), en las que el jefe de esta guerrilla resaltó que con el avance del proceso de paz y los ya casi inexistentes enfrentamientos entre dicho grupo armado y el ejército, los hombres heridos, mutilados o muertos por los combates, han disminuido significativamente; dan señales de que los días de la guerra están contados.

Es claro que la firma del acuerdo final que resulte tras la conclusión de los diálogos, es tan sólo el primer paso para alcanzar la paz verdadera con justicia social con la que los colombianos han soñado durante las últimas décadas, para lo cual, además, es necesario hacer profundas reformas aparte de lo que contemplan los acuerdos logrados hasta hoy en La Habana.

Es claro que, para lograr esa verdadera paz, se debe acabar con la corrupción, que, en pocas palabras, no sólo es una de las principales causas de la violencia y los problemas que enfrenta Colombia, sino que es el principal problema del país, aún por encima de la violencia.

Es claro que Colombia tiene que derrotar la desigualdad, la indiferencia, el egoísmo y otros males que han servido para cultivar la violencia que hoy se quiere superar. Es claro que sólo hasta que todo eso se logre, los colombianos tendrán verdaderas razones para celebrar el 20 de julio y el 7 de agosto, o mejor aún, cambiar esas fechas por unas nuevas que conmemoren los días en que Colombia renació como nación, algo que está en las manos de todos los colombianos y no en las manos del Presidente Santos, las FARC o cualquier otro actor que crea que tiene la llave del cambio y la paz en el país.

En medio de la indignación y el difícil panorama de Colombia, renace la esperanza de que los colombianos, unidos por su país, lograrán construir una nueva patria.


*Comunicador Social, periodista de Colombia. Twitter: @GallegoSamuel