“La capital del perreo: ahora todos quieren ser latinos”. Cuando Benito entona “El Apagón” se repite por enésima vez una pregunta en constante discusión y resignificación. ¿Qué es ser latino? Y ya que estamos, ¿qué es entonar? Lo último no importa tanto…o sí. Pero como diría un emblema estadounidense, “comparado con la vida, el arte no vale nada”.

 Y este “latino” parece poner por delante otros asuntos. O al menos, a juzgar por su obra, son los que se posicionan prioritariamente. Y no porque la obra sea esencialmente política o innovadora o de calidad (quién puede juzgar) sino porque ante todo ha devenido en un vehículo de comunicación. De su propio producto, sí. Pero innegablemente de inquietudes sociales y políticas con impacto masivo (en el sentido literal de la palabra, bro). Actualmente,  el Conejo Malo no es solo uno de los artistas más exitosos de la historia: se ha convertido en un símbolo de la identidad latinoamericana en el mundo, al punto de ser cuestionado o despreciado por  Donald Trump. Y de levantar una bandera cuyo mástil pesado se apoya más en acciones que en depuradas ideas.

Y anoche el gran ganador de los Gammys lo volvió a hacer. El tradicional  show de medio tiempo del Super Bowl (la final de la liga de futbol americano) se convirtió en una proclama casi bolivariana en un país donde la población inmigrante cada vez es más grande y a la vez más perseguida. Casi como un Caballo de Troya en plena California, pero por supuesto “a la americana”.  Durante quince minutos Bad Bunny convirtió el campo de juego en un plantación de Puerto Rico como si fuera una obra musical de Broadway o una película con Carmen Miranda. Sin banda en vivo, pero con un despliegue coreográfico digno del musical más espectacular, Benito dejó en claro que su música sería una excusa para reclamar –como en su último disco- por los derechos y la autonomía de Puerto Rico. Y el resto de un continente que no se termina al sur de Río Bravo.

Vestido como un trabajador rural del siglo pasado, Bad Bunny comenzó con “Tití me preguntó” y su enumeración de novias. Acto seguido, dedicó “a todas las mujeres” otro super hit: “Ella perrea sola”. Fiel a la narrativa del reggaetón, no evita hablar de la insatisfacción del novio de la destinataria y hasta insinúa un trío con otra chica. Es decir, la canción parece encarnar más una fantasia masculina que un canto de liberación femenina.

Y esta ¿contradicción? está presente en toda su propuesta. Su celebradísimo disco “Debí tirar más fotos” fue la magnificación de una tensión entre las nobles intenciones de un artista y sus verdaderas capacidades. Al igual que Rosalía y otros artistas (con las diferencias obvias de estilos y de resultados), no se conforma con la acumulación grotesca de éxito y dinero. Sana y valerosamente aspira a algo más grande: la trascendencia. Tanto la producción sonora de su álbum multi-premiado como su compromiso identitario revelan el valor de un artista que monta toda su estructura de marketing en pos de causas nobles y una búsqueda estética. Pero sus canciones en sí, no parecieran alcanzar el mismo vuelo poético, interpretativo y melódico que su cavilado concepto. Y al hablar de “canciones”, no estamos desconociendo la ingeniería ni los dispositivos del género “urbano”, heredero del hip hop.

Pero el buen Benito, como por ejemplo C Tangana-por citar un solo caso- siente que ese salto de calidad para dialogar con la historia grande los artistas pop mundiales pide algo más que beats, supa dupa flow, beefs, hooks y punchlines. El rey de las pistas del siglo XXI no solo nos quiere hacer bailar: quiere que la gente cante. Su gente, que es mucha. Para el resto, que es poca, se vuelve menos claro qué y cómo canta.

El show avanzó con una suerte de boda y un feat impecable: Lady Gaga. Tras un pase de revista, sonó el contagioso “Nuevayol”. Y al ritmo de la salsa más tradicional, las líricas comenzaron a estar más en sintonía con la puesta en escena. Fueron aplicados también otros recursos de género como el ego trip (un niño mirando la tele, casi como si fuera él viéndose ganar un Grammy) y la auto superación (Benito mirando a cámara y diciendo que “tu vales” más de lo que crees. Hubo también refeencias directas al género con un fragmento de «Gasolina», como quien sabe que su mayor talento es el carisma para desatar el perreo y bacilón.

Cabe decir que este histórico evento sobre el cual se expresó despectivamente Donald (¿acaso sabe expresarse de otra manera?) tuvo lugar en un estado demócrata y una ciudad de numerosa población de origen latino. Lo cierto es que el punto más alto llegó con la participación de su compatriota Ricky Martin:“Quieren quitarme el río y también la playa/Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai/Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”. A partir de allí todo cobró más consistencia y como en una buena peli de Hollywood, el final resultó épico y explícito. Con una pelota o guinda de futbol americano, exclamó el tradicional “God bless America “(“Dios bendiga a América”) para luego enumerar a todos los países del continente: “Algentina, Chile…” La lista será tan icónica como memeable.

Pero ante todo, un reclamo semántico histórico: ¿qué es América? Para los estadounidenses está claro. ¿Y para nosotros? Entonces volvemos a la pregunta casi simétrica o complementaria: ¿qué es ser latino? Desde hace un siglo Estados Unidos ha promocionado e impulsado una idea de lo “latino”, donde se entremezcla cierta compasiva aceptación de la diversidad con la promesa forzada de sueños que solo el norte puede ofrecer. Una idea de “latino” más cerca de Gloria Stefan que de Mercedes Sosa. Un ideal proyectado desde Miami hacia el centro y sur. Una suerte de legitimación de nuestra identidad, como en cierto modo debe atravesar todo inmigrante.

Pues la historia de la inmigración estadounidense tiene sus particularidades (en este contexto de ICE y deportaciones, el eufemismo suena algo cínico) . Y mucho más , provenientes un lugar como Puerto Rico, que es un protectorado de USA. Con las mil coincidencias que podemos tener desde este sitio del mundo (la pobreza, la calidez, algunos rasgos idiosincráticos), un sudamericano puede ser cipayo o sumiso a las políticas yankees…pero generalmente no quiere ser yankee. Nos referimos a ser literalmente yankee: tener la nacionalidad o la ciudadanía. En cambio, un portorriqueño es estadounidense. Aunque Estados Unidos, no los termine de aceptar. Ellos son Latinos como nosotros, pero ojtologicamente estamos tan cerca como lejos.

Y Estados Unidos es, según su himno,  es la tierra de los libres y el hogar de los valientes. Benito es ambas cosas. Podemos preguntarnos si esa libertad o valentía solo es posible desde ciertos lugares de privilegio. Porque así funciona el tipo de libertad que impera en el mundo.

Otra cosa que impera en este siglo de transhumanismo, racionalismo digital, tecnocracia y demás, es el culto al individuo. Desde el algoritmo se fragmenta y clasifica como una actualización del “divide y conquistarás”. No es casual que este siglo haya edificado como géneros musicales preponderantes aquellos donde lo que sobresale es un individuo y no un colectivo. No ocurre solo en el showbiz sino cada día en nuestros celulares.  En la era de la celebridad, lo que importa es –como aquel tema de los Stones- el cantante y no la canción. O mejor dicho: primero el cantante y luego la canción. Crear el branding, la marca, la identidad, el engagement…y luego decir algo. Si es que se tiene algo para decir.

Y Bad Bunny – que es bueno y malo a la vez-lo tiene. Políticamente hablando, manifiesta deseos, anhelos, inquietudes y sí: contradicciones. Dice mucho de sí mismo y por ende de su tierra. Para bien o para mal. “Esta tierra es tu tierra”, cantaba un emblema de la canción de protesta de Estados Unidos, cuyo lema en su guitarra era: “Esta máquina mata fascistas”. Y Benito, con o sin autotune, no  mata pero los inquieta mientras se pregunta cuál es su tierra. Talvez sea el mundo entero.

Bad Bunny- que es malo y bueno a la vez- tiene mucho que decir. Y eso que dice parece bueno para algunos y malo para otros. ¿Tiene mucho que cantar? ¿Será bueno en eso? Ya veremos. Aún falta jugarse  la mitad del partido. Por lo pronto tiene muchas  novias y la hermana más hermosa: la libertad. Dios lo bendiga.