Por Carlos Ciappina

El odio como instrumento de la política no es nuevo en nuestra historia: la lista es larga, pero en resumidas cuentas podemos afirmar que se expresó en la realidad argentina desde el momento mismo en que los sujetos populares y sus líderes/esas han planteado sus reivindicaciones político-sociales.

Solo para mencionar el siglo XX: el odio se aplicó contra los obreros de los Talleres Vassena en enero del año 1919 (la represión estatal asesinó a 700 obreros en huelga); en la Patagonia Trágica en 1920-1922 (1.500 obreros asesinados por el Ejército); el odio dirigió el golpe de 1930 contra Yrigoyen y las patotas que destruyeron su casa en la calle Brasil, mientras el líder radical estuvo preso a la edad de ochenta años en Martín García; el odio celebró la enfermedad y la muerte de Eva Perón y aún habilitó el robo de su cadáver durante diecisiete años; el odio prohibió y proscribió a todo un movimiento político de millones de ciudadanos/as, prohibió la palabra Perón y peronismo y todo lo que remitiera a ese movimiento; ese odio habilitó los fusilamientos ilegales de civiles y militares en el levantamiento de Juan José Valle; es el mismo odio que la dictadura de Onganía le aplicará a los docentes y estudiantes de las Universidades públicas con una represión brutal y ese mismo odio que dirigió las armas que asesinaron a los jóvenes militantes en la masacre de Trelew; ese mismo odio, corregido y aumentado hasta niveles genocidas, alimentará la dictadura cívico-eclesiástico-militar que desaparecerá a 30.000 personas. El odio que asesinará a 39 ciudadanos desarmados en las protestas por el colapso del 2001 y el odio que habilitará los asesinatos de Kosteki y Santillán en el marco de las protestas pacíficas del 2002; el mismo odio que se cobró la vida de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel en el 2017.

Hay un hilo conductor en esta historia del odio: el odio proviene de las élites y sus instituciones claves –particularmente represivas y judiciales– hacia todas las expresiones de carácter popular, sean estas multitudinarias o sobre los líderes de las mismas. Conviene hacer aquí una distinción necesaria: el odio es un sentimiento que se construye racionalmente, que se va alimentando con frases, expresiones y acciones que van escalando paulatinamente. No debemos confundir el odio en política con la rabia. La rabia y la ira sí son expresiones irracionales, inmediatistas.

El odio en la política nace en el cálculo, se alimenta de juicios previos, de frases y eslóganes y de afirmaciones tajantes que no admiten crítica ni réplica. El «odio argentino» es un odio de élite, un oído de la derecha, un odio con un propósito claro y preciso: bloquear, limitar, reducir, y si fuera posible exterminar –en el sentido absoluto del término– las expresiones de la lucha popular, y dentro de esta, particularmente –aunque no únicamente: las izquierdas también lo han sufrido– al peronismo.

La pistola a diez centímetros de la cabeza de la vicepresidenta de la nación es la expresión concreta resultante de una estrategia de odio que está dirigida esta vez contra Cristina Fernández de Kirchner, desde que durante sus dos períodos de gobierno se tomaron medidas que afectaron los intereses del poder real –más o menos es una discusión posterior– y que redirigieron desde el Estado recursos y acciones a favor de las mayorías nacionales. Este odio no flota en el aire como una nube, está asociado –por la negativa– con la práctica política que ve en cada medida a favor de los sectores populares un riesgo para los intereses de las élites. Esta es la raíz del odio: la existencia misma de CFK y todo lo que simbólicamente significa resulta intolerable para la élite argentina. Como resultaban intolerables Perón y Evita.

Este odio tiene hoy –a diferencia de lo ocurrido en la épocas previrtual– un abanico de difusión múltiple e inmediato que transmite una discursividad cada vez mas agresiva e impune desde los medios hegemónicos y las redes llamadas sociales. Al mismo tiempo –y esto es clave–, la Argentina no tiene hoy una derecha republicana sino una ultraderecha (Larreta, Macri, Bullrich, Gómez Centurión, Milei son matices de la ultraderecha, no de un conservadurismo republicano) que está brutalmente radicalizada y desaforada, arrastrada por una discursividad que propone un programa de ultraderecha: eliminar los planes sociales, reducir el salario aún más, incrementar la represión frente a la protesta social, llevar a cabo un ajuste neoliberal extremo, perseguir a los migrantes latinoamericanos, recortar los beneficios sociales inclusive a las personas discapacitadas y liberar totalmente al capital de cualquier responsabilidad con el conjunto social. Este programa ha sido y es voceado permanentemente por los actores políticos arriba mencionados. No es un programa oculto, piensan ganar las elecciones con el mismo –y eso nos pone sobre la pista de lo que ocurre en el conjunto de la sociedad argentina, y su deslizamiento hacia la derecha–.

Este programa ultraderechista tiene un solo obstáculo: la centralidad política de Cristina Kirchner, su capacidad de conducción política y la existencia del Frente de Todos que –más allá o mas acá de otros/as líderes/esas– existe y se sostiene por la convocatoria y capacidad de direccionamiento de la vicepresidenta.

Pese a todos los errores no forzados de estos tres últimos años, la ultraderecha entiende quién es capaz de reconstruir el frente que derrotó a Macri en 2019 para las elecciones del año próximo. Y en este punto el odio es, pues, una herramienta política destinada a quitarla del camino, aunque esto signifique –en un posible magnicidio– el caos económico-social absoluto. La ultraderecha –que es oposición hoy y Gobierno en varias provincias– ha demostrado en estos días que prefiere el caos a la lucha dentro de las normas de la democracia. Un caos similar al desatado con el asesinato de Elicer Gaitán en Colombia y que abrió setenta años de Gobiernos conservadores y represión social y política.

En el caos el poder real se fortalece y el poder colectivo y popular se desdibuja. En el caos el capital concentrado se súper enriquece y el pueblo se desespera en un desamparo creciente.

El odio no es ciego.