Por Gabriela Calotti

«Mi hija Nilda Silvana nació en junio en Santa Fe. Yo estaba internada y veía cómo la gente festejaba, y yo pensaba dónde estaba mi esposo», recordó el martes Norma Molina ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata, en el marco de su testimonio por el secuestro y desaparición de su entonces compañero, Roberto Antonio Laporta.

Por aquellos días, Argentina era escenario del Mundial de Fútbol, una pantalla gigante de la dictadura cívico-militar para esconder el genocidio y la tragedia que vivían decenas de miles de familias que tenían algún ser querido secuestrado o desaparecido.

A más de 44 años, no solamente Roberto Laporta permanece desaparecido, sino también el hermano de Norma, Julio César Molina, afirmó la testigo durante la audiencia número 70 del juicio por los delitos de lesa humanidad perpetrados en las Brigadas de la Policía bonaerense de Banfield, Quilmes y El Infierno de Lanús que se llevó a cabo de forma virtual.

«Nuestras familias, la de Roberto y mía, fueron de origen humilde. Roberto era el hijo mayor de su mamá viuda muy joven y él se sentía el padre de sus tres hermanos pequeños. Mi papá era marinero, casi no estaba, así que mi mamá que era empleada domestica nos tenía a cargo. Mi hermano Julio César siempre militó desde muy joven. Mi papá fue un militante activo de la época de Perón», explicó Norma al presentar una breve descripción de su familia.

A Roberto lo conoció en dos unidades básicas de Banfield en 1973. En 1975 se casaron. Para entonces se habían alejado de la militancia y pusieron un kiosco. La familia se agrandaba con el nacimiento de Marco Antonio. Roberto era además empleado gráfico en el Ministerio de Economía.

En 1976 los contactó Isabel Reynoso –quien permanece desaparecida– y volvieron a la militancia. «Nos integramos a Montoneros», afirmó. Ya en noviembre de 1977 el Ejército allanó la casa de sus padres en Temperley. Ella y Roberto lograron escapar. Tenían 22 y 24 años, respectivamente.

Su mamá, Leonilda Alegre, y su suegra, Amalia Sánchez, fueron secuestradas y llevadas a los Tribunales de Banfield en la calle Talcahuano. «Mi mamá fue torturada. Le preguntaban por mi hermano, por Roberto».

Roberto Laporta fue secuestrado entre el 11 y el 12 de enero de 1978. Según testimonios de sobrevivientes, entre estos, Alcides Chiesa, ya fallecido, Roberto estuvo secuestrado en el Pozo de Quilmes.

Sus hermanos menores, Miguel y María, estuvieron secuestrados entre octubre de 1976 y marzo de 1978. «Miguel tenía todo el cuerpo marcado por la picana para que diga dónde estaba su hermano», afirmó Norma Molina al Tribunal.

«Cuando la vi al volver a Buenos Aires, María me dijo que la habían violado reiteradas veces y que había salido muy enferma con enfermedades venéreas», aseguró Norma, antes de indicar que en los años siguientes la muchacha tuvo cáncer y falleció.

La vida que tuvo Miguel, fallecido hace unos años, tampoco fue mejor. «Para sobrevivir andaba de cartonero. Todo el día salia a juntar cartón, porque con eso compraba la comida del día. Con el tiempo le dieron una pensión, pero su salud ya estaba muy mal», explicó.

Respecto de su hermano, Julio César, la testigo dijo que era dirigente estudiantil en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. «Venía poco a mi casa porque lo buscaban por la toma de la Universidad», preciso. La última vez que lo vio fue el Día de la Madre de 1977, en octubre, «vino a visitar a mi mamá» con su pareja. «Desde ese día no lo volví a ver» más. Le decían ‘El Gordo’, aseguró.

Tiempo después, una compañera le contó que hacia abril de 1978 había visto a su hermano en un conventillo en Villa Domínico.

Hasta el momento del secuestro de Roberto, vivieron yendo de un lugar a otro. «Vivíamos en hoteles alojamiento, en las plazas, casi no comíamos. La pasamos bastante mal», aseguró. Hasta que lograron alquilar una piecita en Quilmes Oeste por el mes de diciembre de 1977.

El 12 de enero de 1978, Roberto salió a sacar fotos de niños que después vendía. Frente al almacén vio un auto con dos tipos adentro y sospechó. Logró escapar y llegó hasta la casa de una gente conocida en Banfield. «Eran testigos de Jehová».

«Me hizo pasar, me hizo bañar y me dio ropa. Ahí le empecé a explicar todo lo que había pasado». El marido de la mujer averiguó en Quilmes que «a Roberto se lo habían llevado».

Después de estar escondida unos días en la casa de unos parientes en San Miguel, su madre le dio dinero para que se fuera a la provincia de Santa Fe. Allí nació su hija Nilda Silvana.

«Todo esto no lo hago para pedir venganza, sino para pedir justicia. Hoy creo en la justicia divina, soy testigo de Jehová. Por mis seres queridos, por los 30.000, adultos, jóvenes, niños que fueron asesinados por estos asesinos que hoy no se arrepienten», dijo con la voz temblorosa y compungida antes de concluir su declaración.

María Asunción Artigas, desaparecida

Para la familia Artigas, instalada en el populoso barrio de La Teja, al lado de la refinería de la estatal ANCAP, en Montevideo, todo comenzó después del golpe cívico-militar en Uruguay, en junio de 1973.

El 30 de agosto el Ejército uruguayo allanó la vivienda en un operativo dirigido por el coronel José Gavazzo. «Se llevaron a todos mis hermanos», contó Dardo Darío Artigas, antes de recordar palabras textuales de ese militar ya fallecido que tuvo activa participación en el plan de coordinación represiva de las dictaduras del Cono Sur conocido como Plan Cóndor. «En esta casa se respira aire tupamaro».

Rubén es llevado al cuartel en La Paloma, a 240 km de Montevideo, y luego trasladado a la cárcel de Libertad.

En diciembre de 1973, Asunción se casa con Alfredo Moyano, a quien llamaban Freddy, y Alberto con su esposa. Tiempo después, este último se exilió en Suecia.

Rápidamente, Asunción y su esposo viajan a la Argentina para solicitar el asilo, que obtienen el 4 de enero.

Después de vivir unos años en Palermo, su hermana y su cuñado se mudan a Berazategui. Para entonces, Dardo, que tenía 17 años, vivía con ellos. A fines de 1977 es secuestrado en un procedimiento «relámpago» en la estación de trenes.

Según su relato al tribunal, estuvo secuestrado un día en un recinto en el que «había un gran patio y mucha gente joven, tirada boca abajo con las manos separadas y las piernas separadas. Por turno te llevaban a otra sala a torturarte», aseguró. Dijo que lo liberaron junto a otros tres jóvenes cerca de las vías del tren. Cuando llegó caminando a la casa de su hermana «ella estaba muy enojada conmigo». María Asunción ya estaba embarazada. «Nosotros no lo sabíamos».

El 30 de diciembre ella y Freddy fueron secuestrados en su casa de Berazategui. Fueron vistos por sobrevivientes en el Pozo de Quilmes y en el Pozo de Banfield. Mientras Argentina gritaba los goles del Mundial, Asunción entraba en sus dos últimos meses de embarazo. María Victoria nació en cautiverio el 25 de agosto de 1978 en el Pozo de Banfield, centro clandestino que funcionaba como maternidad.

El médico Jorge Vidal falsificó el certificado de nacimiento y la beba fue apropiada por el policía Víctor Penna y su mujer María Elena Mauriño. En 1987 fue recuperada por Abuelas de Plaza de Mayo. Desde entonces vivió en Uruguay con sus abuelos maternos.

Cuando, tiempo después, su madre viajó a la Argentina para saber qué pasaba con su hermana, con quien había perdido todo contacto, encontró su casa «destrozada». Infructuosas fueron las denuncias ante la CIDH, en Amnistía Internacional y los habeas corpus.

Su hermana militaba en los GAU (Grupo de Acción Unificadora), dijo su hermano menor, que al iniciar su testimonio recordó que su abuela por parte de padre «siempre nos inculcó a todos los nietos la importancia de llevar el apellido que tenemos», antes de precisar que años después hicieron una investigación y «logramos saber que pertenecemos al árbol genealógico del primo hermano de Artigas, que es el prócer en Uruguay».

Posteriormente declararon brevemente Francisco García Fernández, sobreviviente del genocidio que estuvo en cautiverio cincuenta días en la Brigada de San Justo, luego en una subcomisaría de Laferrere y más tarde preso en Devoto y en La Plata; y Jorge Heuman, sobreviviente, que permaneció cuatro meses en la Brigada de San Justo. Ambos fueron interrogados sobre Rafael Chamorro.

Otro represor falleció en la impunidad

El presente juicio por los delitos perpetrados en las Brigadas de la Policía bonaerense de Banfield, Quilmes y Lanús, conocida como El Infierno, con asiento en Avellaneda, es resultado de tres causas unificadas en la causa 737/2013, con solo dieciséis imputados y apenas dos en la cárcel, Miguel Osvaldo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale. Inicialmente eran dieciocho los imputados, pero dos fallecieron.

En octubre de 2021 falleció en la impunidad Miguel Angel Ferreyro, el represor acusado por Nilda Eloy de violarla «reiteradamente» en El Infierno de Lanús. Esta semana, el tribunal informó a las partes del fallecimiento de otro imputado. Se trata de Emilio Alberto Herrero Anzorena, que fue integrante del Ejército Argentino y actuó como jefe de la Sección Central de Reunión del Destacamento de Inteligencia 101. En diciembre de 1977 pasó a la Escuela Superior de Guerra.

Herrero Anzonera gozaba de prisión domiciliaria y monitoreo electrónico, cumpliendo condena por las causas «La Cacha» y «Brigada de San justo». Además del presente juicio, debía ser juzgado por los delitos perpetrados en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio conocido como «1 y 60», en La Plata, que viene bastante demorado.

Este debate oral y público por los delitos cometidos en las tres Brigadas comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia. Por esos tres CCD pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas de ellas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos prestarán declaración en este juicio. El tribunal está integrado por los jueces Ricardo Basílico, que ejerce la presidencia, Esteban Rodríguez Eggers, Walter Venditti y Fernando Canero.

Las audiencias pueden seguirse por las plataformas de La Retaguardia TV o el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria. Más información sobre este juicio puede consultarse en el blog del Programa de Apoyo a Juicios de la UNLP.

La próxima audiencia se realizará el martes 21 de junio a las 8:30 de manera virtual en el Tribunal Federal de La Plata.