Durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), encabezados por Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2007 y 2007-2011) y Dilma Rousseff (2011-2015 y 2015 -2016), más de 36 millones de brasileños salieron de la pobreza, y en 2015 la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) había declarado a Brasil como un país libre de hambre.

El golpe de Estado que impuso el gobierno de facto de Michel Temer (2016-2018) y construyó el camino para la llegada al gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro (2018-2022) y de su ministro de Economía, el neoliberal Paulo Guedes, generaron un brutal retroceso para los brasileños.

Un informe de la Red Brasileña de Pesquisa en Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional (Red Penssan) señala que más de 33 millones de brasileños sufren hambre y más de 125 millones padecen inseguridad alimentaria (el 58,7 % de la población). Datos que representan un retroceso de treinta años en la lucha contra el hambre en ese país.

En 2021, Jair Bolsonaro eliminó el programa Bolsa Familia, que había sido creado por Lula en 2003 y con el cual se asistía a millones de brasileños. El mandatario de ultraderecha remplazó el programa por otro denominado Auxilio Brasil, pero de mucho menor alcance.

El desempleo en el gigante suramericano alcanzó el 11,6 %, lo que en números concretos representa a 12,4 millones de personas. A ello se suma que el 40 % de las personas que tienen trabajo se encuentran en la informalidad, es decir, 38,6 millones de brasileños y brasileñas.

A principios de esta año, un informe de UNICEF señaló que «en Brasil, más de 18 millones de niños y adolescentes (el 34,3 % del total) viven en hogares con ingresos per cápita insuficientes para adquirir una canasta básica de bienes. Pero la pobreza en la niñez y la adolescencia es aún mayor. Esto porque, para entender la pobreza, es necesario ir más allá de los ingresos y analizar si las niñas y los niños tienen garantizados sus derechos fundamentales».

El estudio advierte que «el 61 % de las niñas y los niños brasileños viven en la pobreza, siendo pobres monetariamente y/o privados de uno o más derechos».

Un reciente estudio del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) muestra que, en los últimos dos años, en el gigante suramericano el número de niños y niñas de 6 y 7 años que no sabía leer o escribir subió de 1,4 millones (2019) a 2,3 millones (2021), lo que representa al 40,8 % de los niños y niñas de esa edad en Brasil.

Las políticas de Bolsonaro, quien definió la pandemia como «una gripecita», llevaron a que 31.456.865 se contagiaran y 668.110 fallecieran a causa de la covid-19 (datos al 13 de junio de 2022).

El pasado 11 de junio se confirmó la privatización de una de las mayores empresas estratégicas de Brasil, Electrobras, la empresa eléctrica más grande de Latinoamérica. Privatización que afectará la soberanía y la seguridad energética de ese país. Esto se da en el marco de un programa de gobierno que fue anunciado en 2020 y que pretende privatizar 115 activos estatales.

Según señaló la agencia EFE, además de Electrobras y la empresa de Correos, en la lista están: la Compañía de Abastecimiento de Minas Gerais, la Empresa de Trenes Urbanos de Porto Alegre, la Compañía Brasileña de Trenes Urbanos de Minas Gerais y Nuclebras Equipos Pesados, dieciséis puertos, seis carreteras federales, incluyendo la que conecta las ciudades de Sao Paulo y Rio de Janeiro, una de las más importantes del país, veinticuatro aeropuertos, entre ellos el de Viracopos, que es una de las mayores terminales de cargas del país, los terminales para vuelos regionales de Rio de Janeiro y Sao Paulo. Y se señalaba que el gobierno de Bolsonaro también pretendía subastar los derechos para explorar y explotar petróleo y gas en áreas marinas, incluso en el presal, el horizonte de explotación en que Brasil descubrió gigantescas reservas.

Por ese motivo, no sorprende que de cara a las elecciones de octubre el panorama sea muy complejo para el mandatario ultraderechista y la imagen de Lula da Silva se consolide cada vez más.

En uno de sus últimos artículos, el sociólogo brasileño Emir Sader señaló que «a menos de cuatro meses de las elecciones del 2 de octubre, en la encuesta espontánea de Datafolha, la más prestigiosa de Brasil, en la primera vuelta Lula da Silva llega al 48 por ciento mientras Bolsonaro alcanza el 27. Aun cuando Sergio Moro ya no está en la encuesta, porque ha renunciado a ser candidato, Bolsonaro solo aumenta uno por ciento. La diferencia entre los dos favoritos, que era de 17 puntos, subió a 21».

Lula representa la esperanza para un país arrasado por las políticas neoliberales de Bolsonaro y Guedes.