Por Gabriela Calotti

En la segunda audiencia semipresencial desde que comenzó el juicio oral y público por los delitos de lesa humanidad perpetrados en las Brigadas de Investigaciones de Banfield, Quilmes y Lanús (con asiento en Avellaneda) se escucharon tres testimonios desgarradores: dos mujeres relataron los secuestros de sus padres. Una tercera pidió justicia por su hermana y clamó por el paradero de su sobrina, nacida en cautiverio.

Con una foto de su padre en blanco y negro que sostuvo durante todo su testimonio, Nancy Carmen Rizzo relató la noche del secuestro y el allanamiento brutal en la casa donde vivía con su papá, su mamá María Angélica Ábalos y sus hermanos pequeños Ana, Raquel y Fernando. Ella tenía doce años.

A las 23:15 del 17 de noviembre de 1976 «tiraron las puertas abajo, la de adelante. Entraron por todos lados. Eran gritos […] yo me había agarrado de la pierna de mi papá y uno de los hombres me pegó con un arma en el estómago», contó.

En la vereda quedó una zapatilla de su papá, a quien una vecina «vio cómo lo metían en el baúl de un coche y vio que en el baúl había otra persona».

«Mi papá era delegado metalúrgico. Trabajaba en la fábrica Cegelec. Militaba en la JTP (Juventud Trabajadora Peronista). Yo crecí viendo la foto de Perón y Evita en mi casa. Fuimos a Ezeiza. En mi casa todos los días se hacían reuniones», explicó en el marco de la audiencia número 61 de este juicio que comenzó en 2020.

Según testimonios de dos sobrevivientes del genocidio, Nilda Eloy y Horacio Matoso, José Rizzo estuvo secuestrado en la Brigada de Investigaciones de Lanús con asiento en Avellaneda, conocida como El Infierno.

«Los meses siguientes pensábamos que iba a volver. Así que, como teníamos toda la casa rota, nos quedamos repartidos en casas de vecinos. Nos juntábamos y nos veíamos con mis hermanos en los recreos», precisó la hija mayor de esta familia cuyo único sustento era el salario de su padre, a quien la empresa Cegelec dejó sin indemnización. «Los vecinos fueron familia, familia más que los de la propia sangre», aseguró.

«Mi mamá salía a buscarlo todo el tiempo», aseguró Nancy.

«Sabemos que hasta diciembre del 76 estaba vivo», sostuvo. Fue el padre de los hermanos Oscar y Ernesto Solís, también secuestrados en El Infierno, quien les informó sobre José. «Mi papá les dijo que era de Tablada».

Con los años, Nancy y sus hermanos dejaron muestras de sangre en el banco del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), por si llegaban a encontrar restos. «En 2009 fueron identificados los restos de mi papá. Eso permitió recuperar el cuerpo y recuperar la historia», afirmó.

«Según el EAAF, mi papá ingresa a la morgue del cementerio de Villegas el día 31 de diciembre de 1976 a las doce de la noche», sostuvo, antes de indicar que leyendo un enorme expediente de esa entidad conoció el testimonio de Nilda Eloy. Al conocerla, supo íntimamente que había visto a su papá porque, él les decía «las nenas» y cuando Nilda vio a Nancy y a su hermana Raquel les dijo «¡ahhh, ustedes son las nenas!».

Nilda, fallecida el 12 de noviembre de 2017, les aseguró que cuando a ella la trasladaron de El Infierno, el 31 de diciembre de 1976, José Rizzo estaba en ese centro clandestino con vida.

En la sección Policiales del diario La Opinión del 1º de enero de 1977 aparece una noticia sobre un enfrentamiento. «Es mentira. Mi papá llevaba 44 días desaparecido», afirmó.

Según el testimonio de Nancy, el cuerpo de José Rizzo ingresó «a la morgue junto con otros cinco cuerpos NN que fueron abatidos en un enfrentamiento». De esos «cinco cuerpos fueron identificados tres. El acta de la morgue donde se hizo la autopsia forense está firmada por un médico de la policía, el doctor Pablo F. Anglade, que ya fue acusado y absuelto». Las cinco bolsas fueron enviadas a la Asesoría Judicial de La Plata luego de 1983. «Cuando el EAAF las pide en 2004, le envían solo dos y luego la tercera. Faltan dos bolsas de esa exhumación, que nunca se pudieron encontrar», sostuvo la testigo.

A raíz de su denuncia, el Tribunal Oral Federal Nº 1 que lleva adelante este juicio, presidido por el juez Ricardo Basílico, ordenó las diligencias pertinentes para averiguar el destino de esas bolsas faltantes.

En su declaración, Nancy Rizzo aseguró que «en Villegas las exhumaciones correspondían a cuerpos enteros», y reclamó a los jueces: «Ustedes son el Estado», enfatizó.

Su padre fue asesinado de tres disparos. Cuando Nancy y sus hermanos recuperaron los restos, le faltaban las manos y le habían arrancado dientes.

Aunque agradeció que la «atiendan después de 45 años», consideró que «no hay reparación que valga». «A mi papá le robaron la muerte. A mí el Estado me robó la vida que yo quería tener. Yo era Nancy Rizzo. A partir del 17 de noviembre del 76 empecé a ser la hija de», dijo con firmeza pero con el dolor de tantos años.

Ya de grande, con su hermana buscaron hablar con amigos de su padre, como el «Gallego» Fernández. «Y pude entender toda la parte de la militancia de mi papá».

La misma noche que secuestran a José Rizzo, también se llevan a Héctor Galeano, contó. El 20 de noviembre secuestran a Ricardo Chidíchimo, «el meteorólogo», y a Jorge Congett, «el abuelo». «Todos militaban» en la zona oeste. Días antes, el 10 de noviembre, secuestran a Gustavo Lafleur, también de ese grupo.

«Tengo los restos de mi papá, pero no me dicen quién lo mató», sostuvo Nancy, que en estos años tuvo serios problemas de salud y sin embargo reunió la fuerza necesaria para declarar el martes por segunda vez en un juicio.

«Ustedes nos hacen esperar mucho tiempo. Miren, yo lo pienso, a lo mejor del lado ignorante: si uno tiene mucha cola en una ventanilla, abre una ventanilla más. Ustedes no se dan cuenta. Gente que se muere. Yo tuve un ACV […] se va la vida. Tanto tiempo esperando. Son 46 años», insistió antes de reclamarles a los magistrados que tengan «la grandeza para hacer justicia en serio».

Nancy Rizzo también lanzó un reclamo hacia la dirigencia metalúrgica, pues en ese sector «no hubo reparación de legajos» de obreros víctimas del terrorismo de Estado.

Héctor Galeano, delegado de Entel que sigue desaparecido

«Mi padre se llamaba Héctor Armando Galeano. Fue desaparecido el 17 de noviembre de 1976 a las 23:30 horas. Era trabajador telefónico. Era santiagueño. Tenía 45 años cuando lo secuestraron, lo llevaron, lo desaparecieron», afirmó su hija,Celia Alicia Galeano, que también tuvo entre sus manos una foto de su papá en blanco y negro.

«En mi casa estaba mi madre, Dominga Vélez, mi padre, mi hermana mayor, Ana María Galeano, mi hermano César, Estela Edith, mi otra hermana, y yo, y mis sobrinas Griselda y Gabriela. Siendo las 23:30 horas sentimos unas fuertes frenadas de auto, golpes en la puerta… mi padre se levantó, miró por la ventana, y no alcanzó a ponerse el pantalón. Estaba en calzoncillos y camiseta. Fue derrumbada la puerta del comedor», relató antes de precisar que de pronto «entre catorce y dieciocho personas estaban entre el comedor, el baño y el patio. Afuera había jeeps y Falcon y soldados en la vereda».

Los represores obligaron a la familia a encerrarse en las habitaciones. «Pasados unos minutos, sentimos que lo llevaban a golpes, a patadas. Se quejaba de los golpes y nombraba a mi madre, ‘Dominga, Dominga’», contó Celia, que por entonces tenía dieciséis años.

Su madre y sus tíos fueron infructuosamente a la comisaría de San Justo.

Por otros testimonios supieron que su padre estuvo secuestrado en la Brigada de San Justo y en El Infierno de Lanús.

La familia Galeano vivía en Villa Constructora, una populosa barriada de San Justo que tiene más de dieciséis detenidos-desaparecidos por el terrorismo de Estado.

Durante su declaración, Celia contó que su papá había adherido al peronismo desde muy joven. «Fue militante político», sostuvo su hija, sobreponiéndose con esfuerzo a la angustia de los recuerdos.

En 1975 su papá había empezado a trabajar en los Talleres de ENTel en Ciudadela. «Estaba orgulloso de trabajar en una empresa del Estado», en la que también trabajaban sus hermanos y un cuñado. «Lo menciono porque era una familia de trabajadores y les había costado mucho, desde jóvenes, venir del campo, de Santiago, para poder conseguir trabajo en Buenos Aires», precisó.

Su mamá también era santiagueña. Se habían conocido en el mismo pueblo, en Pinto, cuando tenían veinte años.

Entrados los años setenta, Galeano militaba en el Peronismo Auténtico. Con otros compañeros de diferentes sectores gremiales «habían armado el grupo del oeste», dijo Celia, antes de mencionar a Jorge Congett, municipal de La Matanza; José Rizzo y Gustavo Lafleur, que eran metalúrgicos; a Ricardo Chidíchimo, empleado del Estado; y a otro compañero, Santos Eulogio Rodríguez. También estaba José Luis «Chiche» Cáceres, que falleció en El Infierno.

«Todos compañeros peronistas. Todos compañeros que están desaparecidos. Todos compañeros que fueron llevados en noviembre del 76 de la zona. Todos ellos fueron vistos en El Infierno de Avellaneda», sostuvo.

ENTel, empresa de telefonía estatal creada por Juan Domingo Perón en 1946 y privatizada en los noventa por el neoliberal Carlos Menem, cuenta con más de cuarenta delegados desaparecidos durante la dictadura cívico-militar.

«Mi padre Héctor Galeano está desaparecido. A 46 años tengo que decir que fue torturado y asesinado», afirmó Celia, antes de precisar al tribunal con la voz quebrada que su madre esperó a que ella declarara el 17 de octubre de 2018. «Un día antes la internamos. Ella sabía que yo iba a declarar. Podía marcharse porque […] un poco de justicia se iba a hacer por su marido», contó. Su madre falleció el 18 de octubre. «Se fue con él», dijo.

Rosaria Valenzi sigue buscando a su sobrina «Rosita», nacida en cautiverio

Su hermana, Silvia Mabel Isabella Valenzi, fue secuestrada en La Plata el 22 de diciembre de 1976, cuatro días después del secuestro y asesinato de su esposo, Carlos López Mateos, perpetrado en 14 y 67, casi frente al Hospital de Niños. El 12 de diciembre ya habían secuestrado a la madre y a la hermana de Carlos, Nelly Mateos de López y Noemí López. «Ellas no aparecieron más», contó Rosita Valenzi, que desde hace décadas reclama justicia por el secuestro de su hermana y la búsqueda de su sobrina.

Carlos y Silvia militaban en la organización Montoneros. Vivían por Plaza Azcuénaga. Silvia estaba embarazada al momento del secuestro.

En abril de 1977 «a mi mamá le llega un anónimo y le decían que mi hermana había tenido familia en el Hospital de Quilmes, que había tenido una nena. Que fuera a buscarla», explicó al tribunal. «Mi mamá fue el 10 o 12 de abril de 1977. La nena nació el 2», precisó.

En el hospital, ubicado a una cuadra de la Brigada de Investigaciones de la Bonaerense en Quilmes, «el doctor García le mostró el libro de partos. Acá nació la nena», le dijo a su madre. Pero el director del nosocomio, Iriarte de apellido, «la sacó poco menos que a empujones».

En aquel angustiante episodio intervino una enfermera llamada Generosa Fratasi, que increpó a Iriarte a que le dijera la verdad a la mamá de Silvia. Su familia supo que la nena había nacido prematura, pesaba 1,9 kg y se llamaba Rosa. Según la información que pudieron recabar, Fratasi estuvo en el parto. La testigo afirmó al tribunal que la enfermera desapareció a la semana. La partera, María Luisa Martínez, fue quien «mandó el anónimo a mis padres. Lo escribió su consuegra para que no le reconocieran la letra». Sin embargo, «también desapareció María Luisa».

Pudo saber que a su hermana la llevó al hospital «una patota de policías acompañados por Bergés […] El doctor García no los dejó entrar a la sala de partos. Ahí le pudieron sacar la dirección de mis padres y la partera manda el anónimo», explicó. Con la hija de la partera habló con la vuelta de la democracia en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo.

Por testimonios de Adriana Calvo y de Ana María Caracoche, Silvia estuvo secuestrada en la Comisaria 5ª de La Plata y en el llamado Pozo de Quilmes. Luego de dar a luz, fue trasladada al Pozo de Banfield.

Al concluir su declaración Rosario agradeció a la «enfermera, a la partera y al médico que estuvieron en el parto» de su sobrina y reclamó «que se haga justicia […] que alguien hable y diga dónde está la nena. Bergés debe saber», sostuvo, antes de preguntar en voz alta: «Me gustaría saber si él tiene una hija de esa edad, porque tenía mucho interés en que nadie se lleve a la nena», afirmó en alusión a su sobrina.

Silvia permanece desaparecida, pero «a Rosita la seguimos buscando», afirmó. Aplausos y sentidos abrazos cerraron los testimonios de esta audiencia.

El presente juicio por los delitos perpetrados en las Brigadas de la Policía bonaerense de Banfield, Quilmes y Lanús es resultado de tres causas unificadas en la causa 737/2013. Este debate oral y público comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia. Por esos tres centros clandestinos pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos prestarán declaración en este juicio.

Las audiencias pueden seguirse por las plataformas de La Retaguardia TV o el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria. Más información sobre este juicio puede consultarse en el blog del Programa de Apoyo a Juicios de la UNLP.

La próxima audiencia se realizará el martes 12 de abril a las 8:30 de manera virtual.