Por Gabriela Calotti

En su declaración como sobreviviente del genocidio frente al Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata, Teresa Laborde Calvo puso de manifiesto su indignación, su bronca y su dolor frente a una Justicia que tardó 45 años en empezar a juzgar los delitos de lesa humanidad perpetrados por la dictadura cívico-militar en las Brigadas de la Policía bonaerense de Banfield, Quilmes y Lanús.

Adriana Calvo de Laborde, su madre, no pudo llegar a este juicio, que comenzó el 27 de octubre de 2020. Falleció el 12 de diciembre de 2010 como consecuencia de un cáncer que se declaró poco después de la segunda desaparición de Jorge Julio López.

Los tres hijos de Adriana, Martina, Teresa y Santiago, reafirmaron con emoción ante el tribunal, la valentía de su mamá, su entereza, su claridad y su memoria. Fundadora de la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos, Adriana Calvo fue uno de los pilares en la reconstrucción de circuitos represivos, en particular el Circuito Camps, que integran, entre otros centros clandestinos de tortura y exterminio, los llamados Pozos de Banfield, de Quilmes y de Lanús.

«Siempre fui Teresa, la que nació presa. Nací desaparecida y torturada. Este relato ya lo conocen por mi madre. No es que venga a aportar ninguna prueba. Es todo lo que me contaron después», afirmó al iniciar su declaración en la audiencia número sesenta de este juicio oral que se lleva a cabo de forma virtual.

Teresa aseguró que el propósito de su testimonio es, en primer lugar, agradecer a las familias de las mujeres que estando también en cautiverio en el Pozo de Banfield impidieron haciendo «una muralla humana» que los represores la arrancaran de los brazos de su madre como hicieron con otros bebés nacidos en el centro clandestino que era conocido como una «maternidad».

«Los bebés de Eloísa Castellini, de Cristina Navajas, de Silvia Valenzi, de María Adela Garín y de Gabriela Carriquiriborde todavía no están. No sabemos dónde están. Y los que lo saben, están sentados en sus casas», sostuvo Teresa Laborde Calvo, ante el tribunal integrado por los jueces Ricardo Basílico, Esteban Rodríguez Eggers, Walter Venditti y Fernando Canero.

«Quisiera saber qué impedimentos jurídicos tienen para no mandarlos a la cárcel o para no allanar los lugares donde sabemos que hay información sobre todos los bebés que faltan. Los archivos no los quemaron», enfatizó, pese a la angustia que le quebraba la voz, porque quince de los diecisiete acusados están en sus casas.

Quisiera saber qué impedimentos jurídicos tienen para no mandarlos a la cárcel o para no allanar los lugares donde sabemos que hay información sobre todos los bebés que faltan

Teresa Laborde Calvo


Adriana Calvo fue secuestrada embarazada en su casa en Tolosa el 4 de febrero de 1977. Había estudiado física. Estaba casada con Miguel Ángel Laborde, diplomado en Química. Ambos eran docentes universitarios e investigadores. Horas después, la patota armada lo secuestró a él.

De la Brigada de Investigaciones de La Plata la trasladaron al Destacamento de Arana y luego a la Comisaría 5ª. En el traslado al Pozo de Banfield dio a luz el 15 de abril de 1977 en un patrullero Falcon. «Mi mamá estaba con los brazos atrás y vendada. En el Cruce de Alpargatas vine a llegar. No tuvieron ni siquiera la deferencia de desatarle las manos. Mi mamá contó que quedé colgando. Que se ponía de lado para que me apoyara en el piso», relató Teresa el martes.

«Llegamos al Pozo de Banfield. Bergés le sacó la placenta a golpes. La hicieron subir por esa escalera. A mí me dejaron en una mesada […] Ya contó ella todas las cosas tremendas que le hicieron. No las quiero repetir porque me voy a emocionar bastante. Es terrible que ese señor esté sentado en su casa. Me parece inadmisible», sostuvo refiriéndose a Bergés.

Allí, Adriana Calvo estuvo secuestrada con Patricia Huchansky, María Eloísa Castellini, Manuela Santucho, Cristina Navajas, Alicia D’Ambra, Silvia Mabel Isabella Valenzi y María Adela Garín. Ellas «nos salvaron la vida», aseguró Teresa.

«Pasaba de celda en celda. De brazo en brazo. Todas me querían tener un poquito. A pesar de todo lo que estaban pasando, tenían amor para darme», conto en un testimonio desgarrador.

«Mi mamá fue la primer testigo» sobreviviente que declaró en el histórico Juicio a las Juntas militares, en 1985, contó antes de entender que «un juicio no es justicia, y con los años lo fuimos comprobando».

Teresa contó las dificultades que significó «ser hija de Adriana» a quien fuera de la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos, «la consideraban una loca de atar» porque «mi mamá decía que no se había hecho justicia».

Fue enfática entonces al reafirmar que «si están sentados en sus casas es porque todavía tienen el poder».

Para ella, la segunda desaparición de Julio López «fue el terror total. Fue un mensaje clarísimo para todos los sobrevivientes. No fue una amenaza aislada», sostuvo antes de contar el pavor que la invadió al ser ella también blanco de amenazas.

Nuevamente volvió a reclamar al tribunal: «Les pregunto a los que tienen que impartir justicia, a ver si dejan de ser parte del problema. ¿Se pueden imaginar lo que significó para los sobrevivientes la desaparición de Julio López?», preguntó.

Julio López, albañil y militante oriundo de Los Hornos, fue un sobreviviente clave en el juicio al ex director de Investigaciones de la Bonaerense, Miguel Osvaldo Etchecolatz, uno de los dos imputados en este juicio que está en la cárcel. López fue secuestrado por segunda vez el 18 de septiembre de 2006 y permanece desaparecido.

«La impunidad trae más impunidad, decía mi mamá», sostuvo Teresa.

El calvario de la hija mayor

Martina Laborde, su hermana mayor, declaró el martes por primera vez y por ello pidió paciencia antes de iniciar un relato que llevó adelante con mucha angustia, pausas y silencios.

«Nosotros vivíamos en La Plata. Mi papá y mi mamá son de Lomas de Zamora. Se conocieron en el tren a La Plata camino a la universidad. Mi vieja estudiaba física y mi papá química. Finalmente se casaron y se fueron a vivir a La Plata porque ahí tenían su vida social, su trabajo, sus amigos, y el proyecto era que nosotros vivamos en La Plata y construir toda su vida ahí», afirmó al iniciar su testimonio.

El día del secuestro de sus padres ella había ido a dormir a la casa de su abuela por primera vez. «Nunca más volví a mi casa después de ese fin de semana», contó. Durante tres meses no supo nada de sus padres. Le decían que se habían ido de viaje pero ella no podía creer que se hubiera ido «sin darme un beso».

Ese día se llevaron también «medallas de oro de mis viejos. Los dos eran promedios de la UBA. Se robaron alhajas, dinero, todo lo que podían. Unas lacras», sostuvo.

Su tía Marta y su tío Jorge se hicieron cargo de ella y de su hermano Santiago mientras recorrían comisarías e iglesias, buscando a sus padres.

La anotaron en un jardín de infantes de Adrogué. «Parece que en esa época era normal anotar a chicos sin padres y sin papeles en escuelas y jardines», sostuvo con ironía Martina, que recordó los innumerables testimonios de su madre. «Mi vieja puso el cuerpo millones de veces contando lo que había vivido y exigiendo justicia», aseguró.

Contó que después de recuperar la libertad, sus padres «empezaron a avisarle a todas las familias con quienes compartieron cautiverio, que fueron unas cincuenta familias. Les avisaban a las madres».

«Mis viejos son como mis héroes de la historia argentina», resumió Martina al destacar la valentía de sus padres al testimoniar en el año 1985.

«Mi vieja, además de luchar por un país más justo […] nos decía que lo hacía por nosotros, para que algún día vivamos en un país mejor. Además de eso, fue mamá, fue docente, fue investigadora, fue activista gremial, fue amiga, fue compañera y estaba al frente de todas las marchas, de todos los reclamos de justicia, dejó su vida por un país mejor», sostuvo su hija mayor a modo de homenaje.

Sin perder de vista el actual juicio, agregó: «Y después de 46 años, seguimos acá exigiendo justicia, que llega tarde y a cuentagotas. La virtualidad me hizo ver en el living de su casa a estos tipos como Bergés, estos soretes».

Los sobrevivientes reconstruyeron la historia

Santiago Laborde tenía un año y medio cuando la patota de civil irrumpió en su casa. A él lo rescató Dori, una vecina que les gritó «¡al nene me lo dejan!».

«De la casa dejaron solamente las paredes. No solo eran genocidas, sino que también eran rateros», aseguró Santiago, que ya tiene 46 años.

Recordó que al recuperar la libertad sus padres no quisieron irse a Alemania a vivir, posibilidad que se les abría por ser científicos. En cambio, se fueron de La Plata y se mudaron a Temperley.

Santiago recordó claramente que a los nueve años, un domingo a la mañana, sus padres le contaron a él y a sus hermanas el secuestro del que habían sido víctimas.

«Era muy complicada la infancia» en medio de una sociedad que elegía entre dos opciones, «mirarte mal o raro» o aquellos que «te abrían la casa y el corazón como jamás vi». «Fue una infancia diferente» porque había que «asimilar tanta tragedia», porque «había un mundo de la puerta de casa para afuera y otra de la puerta para adentro», aseguró.

«Tanto mamá como la Asociación nunca bajaron los brazos. Se fueron a España a declarar, armaron los Juicios por la Verdad», dijo en su declaración, y contó que vivieron «de cerca» todo el recorrido de las leyes de impunidad y su impacto en las víctimas sobreviviente y familiares.

«En la adolescencia fue verla a mamá y a sus compañeros armar de a pedacitos, de a datos, de centro clandestino por centro clandestino, alegato por alegato, porque no unificaban las causas. Porque los sobrevivientes tenían que reconstruir la historia porque el Estado no lo hacía», sostuvo con voz pausada y firme al relatar aquella lucha por memoria, verdad y justicia que sigue teniendo a su madre como un ejemplo.

En cambio, del lado de los represores «ni sus hijos están orgullosos de ellos», concluyó Santiago Laborde, que cerró su testimonio con «no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos. Son 30.000 compañeros detenidos desaparecidos presentes, ahora y siempre».

El testimonio de Adriana Calvo fue exhibido en video en la tercera audiencia de este debate oral y público que tiene lugar una vez por semana.

El presente juicio por los delitos perpetrados en las Brigadas de la Policía bonaerense de Banfield, Quilmes y Lanús es resultado de tres causas unificadas en la causa 737/2013. Este debate oral y público comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia. Por esos tres centros clandestinos pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos prestarán declaración en este juicio.

Las audiencias pueden seguirse por las plataformas de La Retaguardia TV o el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria. Más información sobre este juicio puede consultarse en el blog del Programa de Apoyo a Juicios de la UNLP.

La próxima audiencia se realizará el martes 5 de abril a las 8:30 hs de manera virtual.