Por Ramiro García Morete

«Yo no tengo casa. Yo soy mi propia casa». Las primeras semanas de pandemia no fueron fáciles para nadie. Tampoco para ella y su incontenible efervescencia. Encerrada en un cuarto muy pequeño en la casa de sus padres del barrio San Carlos, donde «no tenía lugar para nada». La computadora, la cama, la ventana, el espejo. Mucho espejo, como cuando era niña. Su madre asegura que tiene una relación profunda con el rito de maquillarse o probar vestuarios. «Y mis ganas monstruosas de querer salir al exterior y actuar». Mucho café, oscuridad, dormir de día, vivir de noche. Todo confluiría en un fanzine no casualmente intitulado Desorden. Tras algunas instancias de pánico y ansiedad, probaría haciendo videopoesía. Pero «nada se puede comparar al teatro».

Y es que todo lo que ve, escucha o siente, lo imagina en escena o atravesado por el cuerpo. Como le ocurriría con la poesía de Clarice Lispector: «Lo vi en escena». Y es que al distenderse ligeramente el aislamiento comenzaría un taller de pintura con María Ricabarra, artista responsable de bellas y delicadas piezas. «Cuando hacés algo con el placer no de tener fin, de ver qué pasaba con ese lenguaje nuevo». Además de fascinarse con las flores y los colores, forjaría un vínculo con su profesora que incluiría intercambio de poesía. Y al descubrir a la autora de «Agua Viva» se vería interpelada: «La poesía es como un diálogo constante con ella misma. Un poco lo que me estaba pasando a mí».

Algo así le ocurriría también con la poesía de Marosa di Giorgio. «Y después encontrarme con algo un poco más luminoso que son los colores de esas flores que empecé a pintar. ¡Poder pintar un color! ¡Algo que no sabía que se podía!». Y entonces detiene el relato y confiesa: «Yo estoy haciendo una libre asociación». Del mismo modo que narra su propio proceso, pensaría una obra que funcionaría como un meta relato: una actriz y poeta buscando las palabras que expresen su mundo interior. Una construcción ficcional de emociones reales. «El poeta finge el dolor que verdaderamente siente», diría Pessoa.

Casi como un juego de mamushkas donde el personaje, la actriz y la dramaturga se revelan en capas y erotismo, poesía en carne viva e intensidad, bajo una atmósfera casi onírica rodeada de plantas, luz y memoria. O algo de eso. O no sé. La duda como estado vital y no como parálisis de esta artista que pasará de la primera a la tercera persona con facilidad. Por eso el personaje dirá: «Esta obra se podría llamar ‘´Como un jardín eterno’´. No sé». Aunque Glenda Pocai sepa que ni sus pies son raíces, ni sus cabellos hojas ni ella es un jardín eterno. Pero que la escena -o donde sea que su cuerpo y voz declamen- es su casa. 

«Es una actriz que está buscando las palabras y está todo el tiempo haciendo libre asociación -cuenta la actriz-. Un disparador, una imagen que le gusta y empieza a escribir. Es una obra donde el personaje no se aleja mucho de Glenda. Hay mucho de mí ahí». Pocai reconoce que todo lo que le atrae lo piensa de modo escénico: «Ya sea un libro o una imagen. Con esta obra me paso y también con la poesía de di Giorgio que aparece todo el tiempo. En lo erótico, en el mundo de las plantas como un ser que respira y una flor con forma de concha, con formas sexuales. Lo erótico está todo el tiempo, de una manera solapada y muy surrealista». Y continúa casi como un monólogo: «Este personaje está buscando las palabras y cuando no le gusta, borra. ‘´Voy de nuevo´», dice. Muestra el mecanismo de poder salir y entrar de nuevo en escena. Ella misma se prende las luces. Arma la escena como pinta un cuadro. Coloca las flores como lo quiere poner. La luz rosada y un diálogo constante con ella como planta. Sus pies como raíces. Su pelo como hojas. No necesito ser podada: me adapto al espacio en que me encuentro».

La obra, que dura aproximadamente cuarenta minutos, muestra el escenario «lleno, pero lleno de plantas. Y ella en el medio. Por debajo aparece la figura de su abuela Rosa en una de las plantas». Y añade: «Es un collage. Un poco de todo que yo lo voy armando para contar algo que tampoco está segura. Porque el personaje duda. Tiene unas ansias creativas que la desbordan y no para de probar. Y es de noche y está sin dormir. Aparece la luna brillante y todo tiene una cuota de fantasía».

Sobre el final revela: «Hace mucho tiempo que estoy de acá para allá sin llegar nunca a una casa. Yo no tengo casa. Yo soy mi casa. Me armé mi propio ecosistema».

Actuación y dramaturgia: Glenda Pocai. Dirección: Rocío Pasarelli. Vestuario: Consuelo Fuertes. Iluminación y objetos: Anabella Candia.