Por Carlos Ciappina

Pocos procesos de la historia tienen la suerte de poder ser fechados precisamente. En el caso de la historia de las naciones, en general son fechas bisagra, fechas de cambios profundos. El 25 de mayo de 1810, el 14 de julio de 1789, el 6 de agosto de 1945 o el 17 de octubre de 1945.

El 17 de octubre es, también, una bisagra en la historia nacional. Hoy por hoy, hasta quienes pertenecen a partidos «progresistas» –históricamente férreos opositores al peronismo y hoy herederos del socialismo y el comunismo argentinos que forman parte del Frente de Todos– celebran esta fecha por su relevancia histórica.

La derecha conservadora, el liberalismo y el neoliberalismo mantienen su postura cerrada en considerarla el inicio de la «segunda tiranía». Una fecha nefasta e «intragable».

Ante un hecho y una fecha de significados tan múltiples, de interpretaciones tan diversas que aún retumban en nuestro presente, vale la pena preguntarse qué fue aquel 17 de octubre.

La respuesta debe ser primero de carácter histórico: el 17 de octubre de 1945 el peronismo no existía. El Partido Justicialista no existía. Eva Perón casi no tuvo participación en la movilización y, claro, no era aún Evita. Es necesario aclarar estos puntos que parecen obvios pero no lo son: desde el presente se interpreta muchas veces el 17 de octubre como una antesala programada por el peronismo. La realidad histórica es muy diferente: el 17 de octubre nadie sabía lo que iba a ocurrir. La moneda estaba en el aire y los actores sociales jugaron sus cartas sin tener planificados los movimientos que seguirían.

Y, entonces, ¿qué fue lo que ocurría ese 17 de octubre?

Simple y complejo a la vez: había un coronel –Juan Domingo Perón– que a cargo del Departamento Nacional de Trabajo había comenzado en 1943 la tarea de reconocer a los sindicatos, arbitrar a favor de las demandas y necesidades de las y los trabajadores y comenzar a señalar en sus discursos y arengas que era necesario y posible construir una Argentina donde quienes trabajaban dejaran de ser objeto de la represión estatal para ser sujetos de derechos laborales y sociales.

Que el coronel no había calibrado la profundidad de lo que decía y hacía, lo demuestra la creciente oposición del «poder real» (las poderosas organizaciones e instituciones de la Argentina oligárquica); pero, y sobre todo, las dudas crecientes de sus propios camaradas de armas –los militares nacionalistas– que lo habían designado en los sucesivos cargos de secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y vicepresidente.

Tantas fueron las dudas de los generales, que el 12 de octubre ellos mismos (no la Sociedad Rural o la UBA o el Partido Socialista y Comunista) decidieron terminar con la carrera del coronel «obrerista», lo detuvieron, lo expulsaron de sus cargos y lo encarcelaron en Martín García.

Al parecer, hasta allí pensaban llegar los generales nacionalistas. El 12 de octubre de 1945 el poder real económico, las embajadas norteamericanas e inglesas y los partidos políticos tradicionales (léase partido conservador, radicalismo, socialismo y comunismo) coincidían con los generales: el problema era Perón y se había hecho lo correcto al expulsarlo del poder.

El propio Perón imaginó que su «tiempo político» había quizás terminado: sin el apoyo de sus colegas de armas y con todo el país oligárquico en contra, poco podía hacer para continuar su obra. Las cartas que comparte con Eva Perón son contundentes: imagina su retiro de la política.

Lo que ocurre a partir de ese momento es lo que le dará al peronismo una fecha de nacimiento simbólicamente inextinguible: el 13 de octubre y los días sucesivos comienzan a darse en las barriadas industriales del Gran Buenos Aires, de Rosario y de Córdoba reuniones de grupos de obreros y obreras en las puertas de las fábricas, en las plazas de las localidades del conurbano. Recordemos que no existe ningún «partido peronista» (existirá recién desde noviembre de 1946), recordemos que la CGT no era «peronista» y que en su propio seno había fuertes divergencias sobre si protestar o no por la detención del coronel «amigo».

¿Y entonces? ¿Quién se moviliza? Las y los trabajadores. La presión por hacer algo crece los días 14 y 15 de octubre. Los diarios –todos oligárquicos– reseñan brevemente las asambleas a las puertas de las fábricas, los paros parciales y en general la «inquietud obrera». Nadie logra, sin embargo, encuadrar o centralizar estas reuniones y protestas. La propia CGT se reúne el 16 de octubre y propone un paro general para el 18.

En un hecho inédito, la movilización popular se amplió durante el 16 y estalló el 17 de octubre –un día antes de la huelga decretada–.

El hecho que fundaría al peronismo y partiría en dos la historia de la Argentina no resultaría de la convocatoria de un líder a las bases ni de la organización y movilización del movimiento obrero organizado: la movilización surgiría por voluntad y vocación del pueblo trabajador en forma espontánea y masiva. Detenerse en la filmación del discurso de Juan D. Perón el 17 de octubre por la noche nos muestra claramente el carácter espontáneo de la movilización: por más que busquemos entre la multitud, no hay carteles, identificaciones partidarias ni sindicales ni banderas. Es una multitud que agita lo único que tiene para agitar: pañuelos, sombreros y gorras.

Así, el hecho fundante del mayor movimiento político de la historia nacional lo protagoniza la clase trabajadora. Toda la jornada es de ella. Tanto es así que, cuando finalmente Perón es traído al balcón de la Casa Rosada (los generales temían una masacre al encontrarse sorprendidos por la movilización), inicia su improvisado discurso con la palabra «trabajadores».

Quizás sería interesante hoy recuperar ese sentido iniciático de la «lealtad». Usualmente se destina esa palabra a la lealtad del pueblo con su líder. Pero quizás el sentido profundo del 17 de Octubre es la lealtad que Juan D. Perón guardó desde aquella movilización con la clase trabajadora. El peronismo tendrá como sello fundacional el hecho –intolerable para las élites argentinas– de ser el resultado de la imposición de la clase trabajadora por sobre todo el orden oligárquico del momento. Perón es repuesto a la vida política y puesto en carrera presidencial por la clase trabajadora, en un hecho inédito de la historia nacional y latinoamericana. Esa reposición inaugurará la lealtad que será, de allí en más, recíproca. No solo de los «peronistas» hacia su líder, sino, y fundamentalmente, de Perón hacia quienes trabajaban, que fueron, en definitiva, quienes lo llevaron realmente al poder.