Por Ramiro García Morete

«La vida se abre al andar, en venas de mil caminos / La vida no pide avanzar, avanza». Recorriendo alguna ruta del noreste argentino junto a su familia, vio los cerros colorados y con apenas trece años pensó: «Me voy a dedicar a la música y quiero viajar». Aunque no tuviera muy claro cómo: «No me veía tocando en una orquesta –recordará–. En ese momento no sabía qué podía llegar a hacer».

Y es que en la casa del barrio Mondongo siempre había habitado la música. Con padres médicos y de férrea militancia peronista en los setenta, desde León Gieco o folklore argentino y uruguayo a trova cubana sonaban cotidianamente en el Hitachi gris. Ese mismo grabador en el que la niña de cinco o seis registraba sonidos domésticos o era entrevistada por su hermana –futura periodista– en imaginarios programas de radio. Allí ya tocaba la flauta dulce, porque según los docentes de Musideas aún era muy pequeña de estatura para tocar la guitarra.

Sin embargo a los diez ya tomaría las seis cuerdas –más precisamente la guitarra de su madre– e iniciaría una relación de por vida… pero no única. Ya desde entonces se gestaría un vínculo familiar con la escritura a través de agendas, cuadernos anillados y diarios que se extendería al día de hoy. Quizá por ello en su home studio en Barrio Norte hoy no solo la acompañan el cello que nunca tocó, el violín que sí, el teclado midi y las dos yamahas con cuerdas de nylon. También se apilan –junto a libros de astrología maya y sahumerios– pilas de textos personales y entre ellos, registros de viajes que –según anunciará– contienen su(s) próximo(s) disco(s). Desde el sur del país hasta Colombia, desde New York hasta España, viajaría siempre que se pueda y del modo que se pueda.

«Recuerdo esa imagen como muy fuerte –dirá sobre aquel momento epifánico en el norte–. Pero no es que estuve todo el secundario pensando eso. En un momento apareció la biología. Siempre me gustaron las letras, la filosofía. Pero bueno… más me gusta la música». Tras la secundaria en Bellas Artes, comenzaría a estudiar Composición Electroacústica en la UNQUI y llegarían los escenarios: el rock con La Saga de Sayweke, un dúo de folklore, un dúo de violines. Y luego la composición electroacústica e inclusive un período en el que estaría más cerca del teatro que de la música. 

Pero «nunca me distancié de las cuerdas de nylon –dirá–. Aunque la decisión costó un montón». Con las mismas dudas que a los trece –»sin una orquesta»– pero con la solvencia de los años, a mediados de 2015 iniciaría un largo pero sostenido proceso que involucraría –como si fuera poco– el nacimiento de dos niñas. Con la guitarra y la voz como norte, retomaría aquel vínculo primario no solo desde la sonoridad sino más bien desde una forma de diálogo. Igual que de niña, inventaría una palabra y con ella un lugar más imaginario que irreal. Y es que a través de piezas delicadas pero intensas, confluiría toda su inquietud existencial y emocional abordando deliberadamente los tópicos universales pero con una impronta personal. «El Deseo», «El Amor», «La Historia» y otros grandes asuntos interpelados no tanto con grandilocuencia sino más bien con intimidad, entre sutiles arreglos incidentales y una narrativa consciente, propia de esxs cantatautorxs que supieron formarla. Ritelurio, en el 2020, sería entonces el despegue de un nuevo camino en el andar de Loi Sanguinetti.

«Para mí es un espacio propio, un lugar de encuentro personal conmigo, de reencuentro con el sonido de la guitarra clásica con cuerdas de nylon, las canciones, la vuelta a mi origen musical y a las influencias de mi niñez y adolescencia –introduce Sanguinetti sobre Ritelurio–. También es el poema que da inicio al disco… y es una palabra inventada para describir ese lugar propio. Es un lugar físico, simbólico, onírico que toma diversas formas».

«Después de haber indagado a varios estilos y formaciones –se explaya la artista– sentí las ganas de volver a lo que siento como mi origen musical. Atravesada por los procesos que estaba viviendo y las preguntas que interpelaban en ese momento». Y enfatiza: «Si algo caracteriza a mis temas son las preguntas que las motorizan. No sé si tengo respuestas».

Sanguinetti reconoce que «costó muchísimo tiempo tomar la decisión de animarme a hacer mi proyecto solista. También tiene que ver con otros miedos e inseguridades de presentarse sola y autogestionar sola: el sonido, idea, letras, producciones». Por eso, más allá de algunas «orquestaciones», «lo que motivó el disco fue ese sonido más intimista y ese diálogo entre voz y guitarra. Edgardo Cardozo, un cantautor argentino y cancionista, me dio el empujón: confiá en que con la guitarra y la voz está diciendo muchísimo. Confiá en tus canciones».

Las canciones de Sanguinetti saben combinar cierta suavidad y fluidez de su voz con cierta tensión y complejidad armónica en la guitarra. «Hay cuestiones que son decisiones de interpretación y otras que no, que se salen del control –responde–. La verdad es que no busco cantar suave o dulce, creo que son propias de mi voz. Sí hay decisiones en la interpretación de la expresión, lo recitado o lo cantado. Todo en función del texto, de lo que se relata en la canción o el ritmo que esté haciendo con la guitarra».

De cara a la fecha que tiene este domingo en La Bicicletería y con un tema a estrenar el 15 de octubre, cuenta que «ahora sigue presentando ´´Ritelurio, armando el disco físico, y que las canciones suenen. Lo presenté en noviembre pasado, empecé a tocar y luego volvimos a encerrarnos… Y bueno… es reinventarse todo el tiempo».